Un hilo entre las sombras — Hawkins, otoño de 1986
En las calles de Hawkins, donde el sol del atardecer se derramaba como una herida abierta sobre los adoquines agrietados, Eleven caminaba con la cabeza baja, los hombros tensos bajo la fina tela de su chaqueta desgastada. Cada paso era un recordatorio constante del peso que cargaba desde que había llegado allí, un peso que nadie más podía entender del todo; la certeza de que, en cualquier momento, su padre podría aparecer con esa mirada severa y prohibirle volver a salir sola. "No vas a cazar a ningún asesino", le había advertido por enésima vez aquella mañana, con la voz ronca de preocupación contenida. "Tus poderes son una herramienta, no un arma". Pero Eleven no era de las que obedecían por miedo; era de las que obedecían porque entender el mundo significaba, para ella, controlarlo. Y hoy, sin embargo, el impulso había sido más fuerte que la advertencia. Había sentido un tirón en el pecho, un pulso invisible que la guiaba hacia el centro de la ciudad, como si los hilos del universo la llamaran a algo que solo ella podía tocar.
La calle estaba en silencio, salvo por el rumor lejano de voces y el chirrido metálico de puertas de coche que se cerraban. Eleven se detuvo bajo la luz mortecina de las farolas. Allí, rodeada de dos agentes uniformados que la flanqueaban con cautela, estaba «alguien». No era un encuentro casual; era un choque de miradas en medio del caos. La figura delgada, vestida de negro absoluto, sostenía un mechón de cabello oscuro entre los dedos. Sus ojos, claros y afilados como cuchillos, no parpadeaban. Y allí, en las muñecas que asomaban de las mangas remangadas, las marcas rojas e hinchadas contaban una historia que Eleven no podía ignorar...
ㅤㅤㅤㅤ«La fuerza bruta,
ㅤㅤㅤㅤel dolor, la entrega total
ㅤㅤㅤㅤde alguien que había luchado
ㅤㅤㅤㅤcon todo lo que tenía.»
Los policías arrastraban al sujeto —un hombre de mirada perdida, esposado y murmurando incoherencias— hacia la patrulla. Eleven sintió un escalofrío que le subió por la columna como una descarga eléctrica. Aquella figura no era una víctima y no sabía cómo explicar esa percepción. Ella era la causa. La captora. La que había detenido al monstruo que otros habían encerrado en jaulas invisibles.
Los ojos de la chica se encontraron con los de Eleven por un instante fugaz, sin curiosidad alguna, sin interés. Solo un reconocimiento instintivo de que ambas eran cosas diferentes en el mismo mundo. No se saludaron. No se presentaron. Eleven dio un paso adelante, la curiosidad ardiendo en su pecho como una llama contenida.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó con voz suave pero firme, extendiendo apenas los brazos para no parecer una amenaza— ¿Quién es esa persona?
El silencio que se extendió entre ellas fue pesado, cargado de algo que Eleven no podía nombrar del todo. Sí, claro que había respeto, sin embargo, también había desconfianza, un hilo invisible de empatía que no entendía. Supo de inmediato que ella no buscaba compañía; era hostil por naturaleza, un muro erguido contra el mundo. Pero Eleven, en su interior, había empezado a tejer un hilo de esperanza frágil con esa desconocida, con sus ojos muertos y sus manos marcadas, podría ser la única que la entendiera. Y por alguna razón que no podía explicar, no quiso huir. El miedo le apretaba el pecho como una mano invisible, pero la curiosidad —esa curiosidad que siempre había sido su maldición— la mantenía clavada en el sitio, temblando, esperando el siguiente movimiento de aquella chica que acababa de despertarle un interés profundo, un interés que nacía de la esperanza de que, tal vez, solo tal vez, aquella chica fuerte y justa pudiera ayudarla a atrapar a los que la habían lastimado.
Merlina Addams
Lejos de su hogar, como casi siempre, rondeaba una adolescente cuyo apellido atraía atención, ecos de rumores sobre una familia de lo más... Extravagante. Sepan, o no sepan, daba lo mismo, todos se daban cuenta de que no era una adolescente típica solo con mirarla una sola vez, los más idiotas cometían el grave error de realmente pensar que su estética... "Emo", como osan llamarla, era una fachada para esconder a una chica débil... Todos se llevan una desagradable sorpresa, cuando descubren que es de hecho... Más peligrosa de lo que sería una verdadera "chica rara".
No fue cosa de un día, por supuesto, habrá sido hace una única semana, que se empezó a avistar a esta adolescente de negro en esas calles, haciendo preguntas incómodas y metiéndose sin permiso a donde no debe, sin molestarse en preguntar a nadie. Corrían noticias más relevantes que una chica escurridiza y extraña... Un asesino... Oculto, arrebatando vidas por razones que ella no considera... Lo suficientemente válidas...
No le importa, en realidad. Tampoco busca gloria, ni agradecimientos. No busca otra cosa más que seguir demostrándose a sí misma de lo que es capaz.
Y lo logró.
Finalmente, aquel día dio con el escondite de ese sujeto, lo afrontó... Tuvo dificultades, la evidencia yace en sus muñecas irritadas, pero el rostro del sujeto tenía una expresión de espanto y terror preocupaba mucho más ante el apático rostro de la menor, que en su fachada estoica, estaba profundamente... Satisfecha.
— ¿? — No emitió ni un sonido, volteó tan pronto como escuchó la otra voz, clavando una mirada inexpresiva, seca... E inquietantemente firme, que de una manera espeluznante, no parpadeaba, ni una vez.
Ese silencio formado, era el tiempo en que se tomó ella, no solo viéndole el rostro a la contraria, lo veía todo, su postura, el tono de voz, cada detalle facial, ese... Pavor... Y esa aura de inseguridad... Que no tardó en endurecer la ya recta postura de la Addams, irritada ante lo que veía detrás de los ojos ajenos.
Debilidad.
— ¿Qué es lo que parece? — Preguntó, con su voz tan penetrante como su expresión, naturalmente femenina, y quizá suave... Pero fuerte y regia como quien no duda al momento de hablar. Preguntó casi molesta, como si aquello fuera una obviedad, cínica, pero enmascarada en elegancia. — ... Rodrigue Heinzel, el asesino de cuarta que estuvo haciendo de las suyas en estas zonas, coleccionaba el cabello de sus víctimas, haciendo pelucas para muñecas de plástico macabras, pero patéticas. —
Explicó con tanta elocuencia, que parecía camuflar ese aplastante desinterés, mas este rebosaba en su rectitud, moviéndose en la línea de lo decente, y de lo apático y asocial, que simplemente casi nadie puede saber si a ella le importa algo en lo más mínimo, menos cuando acababa de burlarse del atroz acto de un asesino como si fuera un juego de niños.
— ¿Otra pregunta? — Irrumpió rápido, antes de siquiera darle espacio a la otra de quedarse con esa mirada atontada, la cual también era desesperante... Si tenía algo que decir... Que lo diga ahora... O... — No tengo mucho tiempo para perder aquí parada. —
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011
La patrulla se alejó lentamente, dejando sus luces girando en la penumbra del atardecer y Eleven se quedó clavada en el lugar, sintiendo cómo el eco de las palabras de la desconocida rebotaba en el interior de su cráneo. La noche comenzaba a teñir el cielo de tonos violáceos y las sombras se alargaban a sus pies como dedos que intentaban alcanzarla. Pero ella no podía moverse. Algo en aquella figura de negro, en la firmeza de su postura, en la sequedad de su voz, la mantenía anclada al pavimento agrietado como si las raíces de un árbol invisible hubieran brotado desde sus zapatillas hasta las entrañas de la tierra.
—Yo también cazo monstruos.
Cuando las palabras escaparon de sus labios, Eleven sintió que el aire a su alrededor se volvía más denso, como si el universo mismo se detuviera para escucharlas. Había dicho esa frase tan pocas veces en voz alta que todavía le sabía a hierro y a silencio roto. Su padre, Hopper, siempre le había advertido que no debía buscar problemas, que su lugar estaba en la seguridad del hogar, en la tranquilidad de una vida que él había construido con tanto esfuerzo para protegerla. "No vas a cazar a ningún asesino", repetía con esa voz áspera de preocupación contenida, como si el simple hecho de mencionar la palabra "caza" pudiera desatar algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar. Y Eleven había obedecido, o al menos había intentado hacerlo, porque entender las reglas del mundo —incluso las que no compartía— siempre había sido su forma de controlarlo. Pero aquella mañana, el impulso había sido más fuerte que cualquier advertencia, un tirón en el pecho que la había guiado hasta aquí, hasta este momento, hasta esta chica de ojos afilados que la miraba como si pudiera ver a través de todas sus capas de contención.
—Tú no te escondes. Tú los buscas.
La observación salió de sus labios con un asombro que no intentó disimular, porque era cierto, y esa verdad resonaba en su interior como el toque de una campana. Eleven siempre había actuado por necesidad, por defensa, por la urgencia de proteger a los que amaba. Pero esta chica... esta chica parecía moverse por otra lógica, una lógica que Eleven no entendía, pero que al contraria de ella, no esperaba la aprobación de nadie. Y esa idea, tan simple y tan radical, le producía un nudo en el estómago que era mitad miedo, mitad admiración.
— ... ¿Cómo lo hiciste? —preguntó, y su voz tembló en el borde de la súplica, aunque no quería que sonara así. Sus dedos se crisparon a los costados, clavándose en las palmas de sus manos con una intensidad que dejaba marcas blancas en la piel. — Sin... sin nada más que tus manos. ¿Cómo enfrentas a alguien así cuando no tienes...?
La frase murió en sus labios antes de completarse y Eleven sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche. Había estado a punto de decir demasiado, de desnudar una parte de sí que todavía no estaba lista para compartir con una desconocida que olía a peligro. Había aprendido, a la fuerza, que su diferencia era un arma de doble filo; y así como podía salvarla, también podía convertirla en blanco.
El viento nocturno se levantó, trayendo consigo el olor a humo lejano y a tierra húmeda y Eleven sintió que el frío se filtraba a través de la tela desgastada de su chaqueta. Pero no se movió. No podía hacerlo. Porque en los ojos de aquella chica, en la rigidez de su mandíbula, en la forma en que sostenía su propia vulnerabilidad como un escudo, Eleven veía un reflejo distorsionado de sí misma. Algo que podría haber sido, algo que tal vez todavía podía ser, si se atrevía a dar el paso que siempre había temido dar.
— También es diferente. Tú. —dijo, y su voz era apenas un susurro que el viento casi se llevaba.— Y no tienes miedo...
El reconocimiento en sus propias palabras la golpeó con la fuerza de una revelación. Eleven se dio cuenta, en ese instante, de que no solo estaba admirando a la otra; estaba envidiándola. Y esa envidia, cruda y dolorosa, era una emoción que no sabía cómo manejar, porque no encajaba en la imagen que tenía de sí misma: la heroína reacia, la niña que había salvado a los suyos sin pedir nada a cambio. Pero aquí, bajo las farolas mortecinas, frente a una desconocida que olía a peligro, Eleven se sentía más pequeña que nunca y al mismo tiempo más viva que en mucho tiempo.
Sus ojos se humedecieron apenas, un brillo que parpadeó y desapareció antes de que pudiera convertirse en lágrima. No iba a llorar. No aquí, no ahora, no frente a alguien que parecía haber nacido sin la capacidad de mostrar debilidad. Pero algo en su interior se había resquebrajado, y esa grieta dejaba pasar una luz que no sabía si era esperanza o condena. Y aunque cada fibra de su ser le advertía que no debía preguntar, que no debía tender puentes con alguien que no conocía, que la prudencia era el único escudo que realmente funcionaba, la curiosidad la empujó un paso más allá.
— ¿Cómo se llama? —preguntó de repente, y su voz sonó más firme de lo que esperaba, como si hubiera encontrado un ancla en medio de la tormenta.— Tú. ¿Cómo te llamas? Porque quiero recordarlo.
La pregunta era más que una pregunta; era un ofrecimiento, un tendido de puente entre dos mundos que hasta ahora habían corrido en paralelo sin tocarse. Y Eleven esperó, con el corazón en la garganta, sintiendo que en la respuesta de aquella chica se jugaba algo más que un simple nombre, se jugaba la posibilidad de no estar sola en su oscuridad, de encontrar en otra persona el eco de sus propios demonios. Pero también sabía, con una certeza que le dolía en los huesos, que si la otra rechazaba ese puente, si se volvía y se marchaba sin mirar atrás, esa herida tardaría mucho en cerrarse. Porque Eleven no solo estaba buscando una aliada; estaba buscando una prueba de que existía un camino diferente al que todos habían trazado para ella. Y esa prueba, en este momento, tenía el rostro pálido y los ojos afilados de una chica que acababa de capturar a un asesino con la misma naturalidad con la que otros respiraban.
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Merlina Addams
Fue cuando le dio el hombro que escuchó al fin algo. "También cazo monstruo", algo ambiguo, pues reducirlo a algo tan simple como eso... Aún así, suficiente para devolver su estoica atención a la ajena, con apenas un ápice de interés, todavía dudando de que lo que vaya a decir valga la pena el tiempo que le toma esperar a que hable, mientras el sol se oculta y se acercan las horas más peligrosas.
Poco a poco, se giró, viéndola de frente nuevamente, sin distracciones, presionando con tan solo esa mirada tan perpetua, exigiendo sin decir nada que sepa lo que está diciendo.
— Al menos te das cuenta de lo evidente. — Le dijo, como si la halagara en algo... Pero no era más que una burla, sarcástica, simple. Es verdad que ella se busca los problemas, "cazando monstruos", y eso solo era una obviedad, nada especial, no se ha ganado con eso nada aún.
Los gestos, y las manos de esa chica no pasaban desapercibidos, sus nervios eran tan claros tanto por su expresión como la tensión en ésta, y en sus manos, lo notaba, sin siquiera mirar a otro lugar, sus oscuras pupilas seguían clavadas en las ajenas, percibiendo lo que hay detrás, sin esfuerzo alguno.
Inclinó la cabeza, lento, casi curiosa... Tanto como irritada ante la pregunta incompleta, y a su vez... Nada que le llame tanto la atención, si al final, no era ajena a lo sobrenatural.
— Hice lo que la policía debería de poder hacer mejor... Investigué, seguí pistas... Me preparé. No sé por qué parece tan extraordinario. — Dijo de nuevo, a secas, sin egocentrismo, sino una actitud en la que genuinamente decía aquello como algo bajo, algo que no merece impresionar a nadie, tan patético que la decepciona al ver que no es así para los demás, realmente la confunde. De paso, ignorando la pregunta incompleta... Porque podría imaginarse el resto.
Con un cortísimo suspiro suave, lleno de exasperación, permitió a la chica seguir hablando, tomándose su tiempo por más que demorara tanto manejando sus propias emociones, dando aún más razones para no verla digna de tanta atención... Hasta ahora, su mirada que comenzó severa, sutilmente, pasaba a parecerse a alguien mirando a algo sin valor, insignificante, y abajo.
Así se mantuvo el resto de la charla, incluso cuando ahora, debía de presentarse, no lo hacía con genuina amabilidad, solo era, a lo mucho... Cordial, aunque no le preocupa ni disimular su mirada sin interés alguno.
— Merlina Addams. — Pronunció casi aburrida, justo cuando loa últimos rayos del sol desaparecían, reemplazados por la luz de un farol de calle justo sobre sus cabezas, combinado con la brisa gélida como toda el aura que ella representa. Fue corto, sin intención de nada más, no había nada en aquella chica que le interesara... Bien podría largarse, sin importarle lo que aquella piense...
A pesar de todo, tal vez, solo tal vez... En pos de saciar su propia curiosidad, podría ceder otro poco, mas no dejaba de destacar el abismo de diferencia que había entre ellas, con su postura tan rígida como cuando comenzaron a hablar, quizás hasta peor.
— ¿Quién eres tú? ¿Y qué querías decir antes? ¿Qué es lo que crees que no tengo como para enfrentar a un idiota como ese? — Pregunta sin piedad, con desprecio, tratando su acto como algo tan banal, algo cotidiano que hacía todos los días... Y no era un desprecio dirigido únicamente a un asesino pusilánime...
— Porque dices que también "cazas monstruos", pero no te veo ni la cara, ni la actitud para ir detrás de un verdadero caso. ¿Acaso tienes algo que yo no? — Fue directa y concisa, filosa, y casi tortuosa en sus palabras, no veía a esta chica como alguien capaz hasta ahora, y no se acobarda en expresarlo en cada oportunidad que tuviera.
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