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[ ] Comienza el 8 de Nisán.

La pascua del pueblo judío se acercaba y la mayoría de gente que vivía en las zonas rurales, aledañas a Jerusalén, subió para poder limpiarse ceremonialmente.

Buscaban a Jesús, preguntándose si realmente vendría. Se escuchaban voces murmurar "¿Ustedes qué creen? ¿Será que no va a venir a la fiesta?

Ante esa incertidumbre, los fariseos y sacerdotes principales habían ordenado que quien viera o se enterara del paradero de Jesús, lo informará para que pudieran arrestarlo.
Una asamblea que se mantuvo en secreto, pero no para quienes estaban cerca del Padre e Hijo.

Salomé presentía esa carga, la pesadez de que el propósito debía cumplirse. Aún no le era revelada la fecha, ni por Dios ni por Raziel, ni ningún otro Arcángel; pero por la travesía en su ministerio de Jesús y los sucesos que estaban ocurriendo, se hallaba cerca.

El recorrido desde el cielo era corto, sin embargo, en esta ocasión quiso hacerlo materializandose físicamente, como un ser humano que seguía a Jesús. Una seguidora fiel de sus obras.

Desde pequeño lo cuidaba y resguardaba junto con María, le proveía sabiduría y conocimientos espirituales para su crecimiento en la fe. Aunque teniendo la madurez necesaria, Jesús seguia considerando a Salomé como una segunda madre, no la subestimaba ni menospreciaba, más en cambio, pedia de su unción en espíritu santo para que le vertera sobre sus dudas y temores.
Es por eso que ella no podía evitar dejar verlo como un pequeño sin protección. Aquel niño curioso por las escrituras y las enseñanzas de su Padre.

Ante aquello y lo que presentía, era menor el tiempo que dejaba a solas a Jesús.

Incluso, durante el viaje de Jericó a Betania, el lugar donde vivía Lázaro; a quien Jesús había resucitado de la muerte y algunas personas lo presenciaron, fue con él. Era el amanecer, una hora prudente para llegar sin levantar multitudes.

Faltaban apenas 6 días para la Pascua. Solo 6 días para la última celebración de Jesús.

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