在深夜最深处独自燃烧。那是一场梦,一朵不洁之花的滑落——一旦光芒熄灭,它便将坠入地狱。
Dahlia se metió en la cama con la misma urgencia con la que otras veces se mete bajo el agua caliente cuando el cuerpo ya no aguanta más. Llevaba horas con esa presión sorda entre las piernas, ese hormigueo que le subía por la panza cada vez que se cruzaba de piernas o se movía en la silla. Ahora, por fin sola, se quitó la ropa de un tirón y la tiró al piso sin mirar.
Se abrió las piernas y se tocó. Un jadeo salió de sus labios al percatarse que se encontraba empapada. Los dedos se deslizaron con facilidad sobre los labios hinchados, y el simple roce le arrancó un suspiro largo, casi de alivio, a la vez que sus parpados caían, no con la intención de ponerle rostro a ese toque, porque era suyo, le pertenecía, y nadie en ese momento era merecedor de robar su propio protagonismo, lo hizo con afán de concentrarse, de disfrutar sin la vergüenza impuesta por la sociedad.
Circuló el dedo medio alrededor del clítoris, despacio al principio, sintiendo cómo se endurecía bajo la yema. No quería apurarse. Quería sentir cada segundo de esa necesidad que la tenía tachada desde la tarde.
Sin esperar mucho más, y guiada por su propia necesidad, empujó dos dedos adentro y se mordió el labio para retener cualquier sonido que de sus labios amenazara en salir. Movió la mano con un ritmo lento y profundo, el pulgar dibujando círculos cada vez más firmes sobre el botón hinchado, jugando consigo misma al encontrar ese punto de placer que le provocaba arquear ligeramente la espalda. Su otra mano subió a su pecho, apretó un pezón y lo rodó entre los dedos hasta que el dolor dulce le hizo gimotear.
Respiraba, erróneamente, por la boca. Su pecho subía y bajaba con rapidez, podía oír el sonido húmedo de sus propios dedos entrando y saliendo, y eso la excitaba todavía más. Se concentró en la sensación: el calor que le subía por el vientre, el temblor en los muslos, la forma en que el placer se iba acumulando bajo el ombligo como una bola pesada que necesitaba soltarse.
Entonces aceleró. Los dedos golpeaban más rápido, más profundo, buscando ese punto que la hacía abrir la boca sin sonido, su clítoris latía bajo el pulgar con necesidad. Las caderas empezaron a moverse solas, empujando contra su mano, pidiendo más. Ya no pensaba en nada. Solo sentía. La necesidad cruda de llegar, de soltar, de que el cuerpo se quebrara de una buena vez.
Cuando el orgasmo llegó, fue fuerte y sucio. Se le contrajo todo el bajo vientre, los dedos se le quedaron atrapados dentro mientras las paredes se apretaban en oleadas, y un gemido bajo y ronco le salió de la garganta. Siguió frotando el clítoris mientras temblaba, exprimiendo cada espasmo hasta que las piernas le quedaron blandas y el cuerpo se le derritió contra el colchón.
Se quedó así un rato, con los dedos todavía adentro, respirando agitada, la cara caliente y el sexo latiente. No había silencio poético ni sombras. Solo ella, sudada, satisfecha a medias y ya empezando a sentir otra vez esa pequeña hambre que nunca se apaga del todo.