𝔑𝔞𝔡𝔦𝔢 𝔢𝔰 𝔢𝔰𝔭𝔢𝔠𝔦𝔞𝔩 𝔢𝔫 𝔢𝔰𝔱𝔢 𝔠𝔬𝔫𝔳𝔢𝔫𝔱𝔬.
Se podría decir que la favorita de Monseñor era yo, yo era su madre superiora y las voces en mi cabeza decían claramente que Monseñor me había escogido para cambiar al mundo, mostrarles a todos que Dios bendijo a Monseñor McKellen para difundir toda su divinidad en esta tierra y llevarnos a la tierra prometida de su mano.
Pero había una novicia, una muchacha bella, de cabellos rubios, ella la había observado por la rendija de la puerta,su devoción por su cuerpo le hacía enfadar, era una novicia, tenía que seguir las reglas del convento, no podía estarse pavoneando de esa manera provocando en los hombres la lujuria a su cuerpo. Tendría que darle un llamado de atención.
No puedes rentar a la lujuria a tu cuerpo con los hombres, es pecado, estás en un convento...
Ella asintió entonces aquella conversación había terminado.
Las voces en su cabeza no paraban, se contradecían y pedía a gritos que hiciera algo, que parecía que la novicia se burlaba de ella pero entonces sucedió.
La sonrisa de la novicia fue apenas perceptible.
Estaba de pie junto a una de las columnas del claustro, conversando con otra hermana. Cuando Monseñor McKellen pasó frente a ellas, la muchacha bajó la mirada y dejó escapar una pequeña risita, casi tímida.
ᴾᵉʳᵒ ʸᵒ ˡᵃ ᵛⁱ·
ᴸᵃ ᵛⁱ ᶜˡᵃʳᵃᵐᵉⁿᵗᵉ·
ʸ ᵉⁿᵗᵒⁿᶜᵉˢ ˡᵃˢ ᵛᵒᶜᵉˢ ᶜᵒᵐᵉⁿᶻᵃʳᵒⁿ·
¿𝑳𝒐 𝒗𝒆𝒔?
ꜱᴇ ᴇꜱᴛᴀ́ ʙᴜʀʟᴀɴᴅᴏ ᴅᴇ ᴛɪ.
ᴇʟʟᴀ ǫᴜɪᴇʀᴇ ʟʟᴀᴍᴀʀ ꜱᴜ ᴀᴛᴇɴᴄɪᴏ́ɴ.
ɴᴏ ᴘᴇʀᴍɪᴛᴀꜱ ǫᴜᴇ ᴛᴇ ǫᴜɪᴛᴇ ʟᴏ ǫᴜᴇ ᴅɪᴏꜱ ᴛᴇ ᴇɴᴛʀᴇɢᴏ́.
ˢᵉⁿᵗⁱ́ ᵠᵘᵉ ᵉˡ ᵖᵉᶜʰᵒ ˢᵉ ᵐᵉ ᵃᵖʳᵉᵗᵃᵇᵃ·
Monseñor se detuvo unos instantes para hablar con ella. No parecía haber nada extraño en aquella conversación. Sin embargo, cuando la novicia volvió a sonreír, algo en la expresión de Monseñor cambió.
Fue apenas un instante.
Su mirada permaneció sobre ella un segundo más de lo necesario.
Después descendió hacia el cabello que escapaba del velo de la muchacha.
Monseñor levantó una mano y rozó distraídamente la tela que cubría parte de sus cabellos, como si aquel simple contacto hubiese despertado un recuerdo. Sus dedos se detuvieron por un momento.
Parecía observar el color.
La forma en que aquellos mechones rubios caían alrededor de su rostro.
Aquella misma expresión seria permanecía en su rostro, pero había algo distinto en sus ojos.
Algo que yo no había visto antes.
Entonces retiró la mano.
Su semblante volvió a ser completamente severo.
—Recuerde las reglas del convento —dijo con voz firme.
—Sí, Monseñor —respondió ella.
Y volvió a sonreír.
Una sonrisa pequeña.
Coqueta.
Casi inocente.
Monseñor no respondió. Simplemente continuó su camino con la misma dignidad y rigidez de siempre.
ᴾᵉʳᵒ ʸᵒ ᵐᵉ ʰᵃᵇⁱ́ᵃ ᵠᵘᵉᵈᵃᵈᵒ ᵒᵇˢᵉʳᵛᵃⁿᵈᵒ·
ᴴᵃᵇⁱ́ᵃ ᵛⁱˢᵗᵒ ᵃᵠᵘᵉˡ ⁱⁿˢᵗᵃⁿᵗᵉ·
ᴴᵃᵇⁱ́ᵃ ᵛⁱˢᵗᵒ ᶜᵒ́ᵐᵒ ˡᵃ ᵐⁱʳᵒ́·
ʸ ᵉⁿᵗᵒⁿᶜᵉˢ ᵃˡᵍᵒ ᵈᵉⁿᵗʳᵒ ᵈᵉ ᵐⁱ́ ᵗᵉʳᵐⁱⁿᵒ́ ᵈᵉ ʳᵒᵐᵖᵉʳˢᵉ·
—Madre superiora —me llamó Monseñor antes de marcharse.
Levanté la mirada.
—¿Sí, Monseñor?
Él me dedicó una sonrisa tranquila.
—Confío en que todo está en orden.
ᴸᵃˢ ᵛᵒᶜᵉˢ ᵍᵘᵃʳᵈᵃʳᵒⁿ ˢⁱˡᵉⁿᶜⁱᵒ·
ᴾᵒʳ ᵘⁿ ᵐᵒᵐᵉⁿᵗᵒ·
ᴰᵉˢᵖᵘᵉ́ˢ ˢᵘˢᵘʳʳᵃʳᵒⁿ⠃
ᴱ́ˡ ᶜᵒⁿᶠⁱ́ᵃ ᵉⁿ ᵗⁱ·
ᴺᵒ ˡᵒ ᵈᵉᶜᵉᵖᶜⁱᵒⁿᵉˢ·
ᴱ́ˡ ˡᵃ ᵐⁱʳᵒ́·
ᴱˡˡᵃ ˡᵒ ˢᵃᵇᵉ·
ᴺᵒ ᵖᵉʳᵐⁱᵗᵃˢ ᵠᵘᵉ ᵛᵘᵉˡᵛᵃ ᵃ ʰᵃᶜᵉʳˡᵒ·
Aquella noche no pude dormir.
El convento estaba completamente silencioso. Las campanas habían marcado la medianoche y todas las hermanas dormían.
Todas menos yo.
Caminé por los pasillos con una vela entre las manos. Cada crujido de la madera parecía una advertencia. Cada sombra parecía observarme.
Entonces escuché la voz.
No sabía si venía de mi cabeza o de las paredes.
𝙃𝙖𝙯 𝙖𝙡𝙜𝙤.
Me detuve frente a la habitación de la novicia.
Ella no puede presentarse ante Monseñor de esa manera.
Corrígela
Haz que recuerde quién es.
Miré hacia la puerta.
Después hacia mis manos.
Llevaba unas tijeras.
No recordaba exactamente cuándo las había tomado.
Abrí lentamente.
La novicia dormía profundamente.
Su cabello rubio se extendía sobre la almohada y caía por un lado de la cama.
Me acerqué.
Las voces volvieron a hablar.
𝘼𝙝𝙤𝙧𝙖.
Tomé un mechón entre mis dedos.
Las tijeras se cerraron.
Clic.
Un largo mechón cayó al suelo.
La novicia se movió ligeramente, pero no despertó.
Yo respiré profundamente.
—Esto es por tu bien —susurré.
Clic.
Otro mechón.
Y otro.
El cabello comenzó a acumularse sobre las sábanas y el suelo.
Cada corte hacía que las voces sonaran más fuertes.
Así aprenderá.
Así dejará de llamar la atención.
Así comprenderá que solamente existe una voluntad que debe obedecer.
Miré el cabello que tenía entre las manos.
Recordé la mirada de Monseñor.
Recordé su mano deteniéndose sobre aquel cabello.
Recordé aquella pequeña sonrisa.
Y entonces sonreí.
Por primera vez en toda la noche, las voces se quedaron completamente calladas.
Pero desde algún lugar lejano del convento, una campana comenzó a sonar anunciado la llegada del sol.