Septiembre llega con sus lacitos amarillos, sus discursos de manual y sus frases de cartón pintado que las marcas y las redes sociales repiten como loros para limpiar su conciencia durante treinta días.
Pero la oscuridad no avisa con calendarios corporativos.
Vivimos en una época donde el mundo te exige producir hasta el último gramo de tu alma, mientras te empuja de frente a una soledad de cementerio, rodeado de pantallas que brillan demasiado y de ruidos que no te dejan escuchar tus propios pensamientos. Nos enseñaron a cargar con todo en silencio, a disfrazar las grietas de fortaleza y a sonreír con la precisión de un autómata para no incomodar a los demás.
Y cuando las fuerzas se agotan y el cuerpo pesa como el plomo, te das cuenta de que la salud mental no se arregla con un consejo tonto de autoayuda ni con una palmada en la espalda.
Hablar de esto no es un protocolo de temporada. Es el acto más urgente y valiente de resistencia. Es voltear a ver al que tienes al lado —ese que tal vez está librando una guerra invisible bajo una fachada de normalidad— y ofrecerle una tregua real en medio del caos.
No te rindas frente al silencio. Quédate un poco más, aunque duela.
— Mr. Godman.