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No le molestaba la lluvia, en lo absoluto, de hecho prefería empaparse completamente de cualquier tipo de agua antes de permanecer en la superficie, porque era la lluvia su esperanza en gotas, era el viento frio su refugio, eran los mares tan oscuros como el manto del cielo nocturno, su santuario.
Estar ahí en el territorio que conocía, entre esas aguas yde esas criaturas gigantes y extrañamente hermosas, esas que eran únicamente de él, lo que le albergaba en el ser un sentido de pertenecía valiosa; un ancla tambaleante que aún lo mantenía con firmeza atrapado entre el quedarse un poco más o finalmente dejar de frenar su destino y desvanecerse en la penumbra del olvido.
Sintió el golpeteo suave del uno de los esqueletos que custodiaban sus mares contra su mano. Hè Xuán bajó la mirada y se topó con aquellas grandes cuencas vacías iluminadas con una llama suave tintada en dorado que de igual manera le observaba con intensidad, aunque no dejaba de chocar suavemente contra la palma del supremo, sintiendo en su huesudo ser la tribulación que cargaba este dentro de sí.
Segundos después, más peces esqueléticos se acercaron y rodearon a su amo entre pequeños aleteos que salpicaban las obviamente empapadas tunicas del azabache, quien ni siquiera se molestaba en apartar sus largos mechones de cabello que le cubrían casi por completo el rostro. No dijo nada, no necesitaba hacerlo, sus criaturas le entendían sin siquiera tener que intercambiar palabras o darles órdenes, estas por si solas se apartaron luego de permanecer junto a él al menos unos cinco minutos más.
La devastación necesitaba estar solo.
Sintió la lluvia que no paraba de caer sobre él, sobre su dominio, suponía que se debía a que esta reflejaba de esa manera todo el caos que cargaba en su interior. Que gracias a su estoica forma de ser pocas veces se permitía exteriorizar, que prácticamente nunca expresaba ni siquiera en lo más profundo de sus pensamientos.
Porque no importaba.
Porque incluso siendo un fantasma con su nivel, fuerza y poder: era invisible para el resto.
Porque esa energía espiritual suya era tan sutil que pasaba totalmente desapercibida y, a menos que se dedicará a buscarlo, jamás lo hallarían.
Ser invisible no era un problema, estar en silencio, no dañar mas de lo necesario o destruir innecesariamente, no había sido una circunstancia por la cual preocuparse. Pero era ahí, bajo las aguas negras y drenadas de territorio y la lluvia cayendo sobre su cabeza, donde el mundo empezaba a aplastar sobre sus hombros agotados.
No secuestionaba a profundidad sobre su realizada venganza porque simplemente era un tema complicado incluso para si mismo.
Sí, lo había logrado, había cumplido su objetivo de asesinar al maldito de Shī Wúdù por todo el daño que le causó en vida y el odio inquebrantable que le seguía causando aún después de haberle arrancado la cabeza de su cuello sin remordimiento.
Porque cumplir el objetivo que lo mantuvo con 'vida' para sobrevivir durante contra las atrocidades del monte Tonglu y, al final salir victorioso como una de las cuatro Calamidades, jamás sería para él un arrepentimiento.
Porque no podía; el odio, el amor y el inmensurable deseo de hacer justicia por el destino que le fue arrebatado no solo a él, sino a toda su familia, lo mantuvo cuerdo durante esos doce años y los siglos siguientes.
Porque no se arrepentía, no había una sola gota de remordimiento en su alma por la transgresión hacia Shī Wúdù, ni en su vida, ni en la actualidad y en las reencarnaciones siguientes si llegase a recordarlo.
— Shī QīngXūan.
El susurro salió suave, apenas audible de entre sus labios fríos y pálidos. Hé Xuán cerró los ojos cuando el recuerdo del antigüo Maestro del Viento se reflejó en sus alargadas y doradas pupilas. Mientras a pasos lentos pero firmes salía de las negras aguas hacia la superficie donde el blanco de la tierra contrastaba con el lúgubre paisaje donde la lluvia parecía querer volverse también dueña su mundo.
El odio hacia el menor de los hermanos Shī, con el pasar de los siglos había menguado, aún si le resultaba insufrible, aún si se repetía a si mismo que lo odiaba con cada parte de su cuerpo marcado por la muerte, sufrimiento y hambre.
Odiaba a Shī QīngXuan por ser la causa de su destino arrebatado.
Lo odiaba porque confió en su disfraz sin cuestionarlo jamás.
Lo odiaba por ser esa luz que en vida él mismo llegó a tener.
Lo odiaba por esa maldita terquedad que lo llevó a ignorar las oportunidades que le dió para que no se entrometiera y su venganza no llegase a él, aunque fuese precisamente él quién debería estar ocupando su lugar.
Lo odiaba porque prefirió a su hermano antes que a él.
Lo odiaba porque lo hizo amarlo.
Pero sobre todo...
Lo odiaba porque cuando se cuestionó no dañarlo más de lo que ya había hecho: Shī QīngXuan lo llamó por otro nombre para que lo salvara, aquel nombre que conocía de memoria y entre sueños, siendo un disfraz que ya no existía.
Lo odiaba porque Shī QīngXuan llamó a la persona equivocada.
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Nym
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