#esquizofrenia00
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#apofenia
El frío no pesa, pero se me encaja bajo la piel con una devoción casi quirúrgica. Parpadeo. La luz que recubre este espacio no proviene de ningún sol ni de ninguna lámpara; es una palidez insípida, marmórea, una bruma estática y desprovista de sombra que anula todo contorno hasta volverlo todo implacablemente blanco.
Inhalo. El aire sabe a cal, a polvo extinto, a porcelana pulverizada. No sé quién soy. Intento buscar una sílaba, un nombre, una sola cicatriz conceptual en la pared lisa de mi conciencia, pero no hay nada. Mi mente no es un libro quemado, es una página vacía que jamás ha conocido la tinta. Mi pecho se eleva y desciende con una cadencia simétrica, perfecta, aterradoramente serena. No hay pánico.
El terror es una emoción demasiado ruidosa para este silencio; lo que habita en mí es una cordura que se enrosca sobre sí misma como una serpiente, hasta volverse demencia purificada.
Mis pies no producen sonido al avanzar. Frente a mí, erigiéndose en mitad de esta vacuidad abrumadora, se alza una estructura. Un carrusel. Es monocromático, pulcro, esculpido en un marfil impasible que absorbe la poca realidad que nos rodea.
Sus caballos de yeso y yesca no galopan: están congelados en un brinco eterno, con las fauces abiertas en un relincho mudo y los ojos vacíos mirando fijamente la nada.
En el centro del carrusel, sobre una pequeña mesa de pedestal ornamentada con arabescos blancos, yace un objeto.
Me acerco. El movimiento de mis extremidades se siente ajeno, como si articulara marionetas de cera. Mis dedos, fríos y pálidos, se extienden hacia la mesa. El objeto que descansa sobre ella es una pequeña caja metálica, un mecanismo cilíndrico de música, pulido con un esmero obsesivo.
Su superficie es tan lisa que parece líquida. Al posar las yemas sobre el metal, un chispazo eléctrico me recorre la espina dorsal. Una náusea sutil, sofocante, se anuda en mi garganta.
El objeto me repele; me exige a gritos no articulados que retire la mano, que retroceda antes de que la geometría de este lugar me devore. Y, sin embargo, al mismo tiempo, mis nudillos se cierran sobre él con un pulso magnético, visceral...
Lo conozco... No sé cómo, no sé por qué, pero mis dedos reconocen las ranuras de su manivela con una intimidad repugnante. Es la sensación exacta de tocar un miembro amputado que aún cree sentir dolor.
Giro apenas un milímetro la manivela.
Un chasquido seco retumba en el vacío. No hay música, solo el crujido metálico de un diente rozando con otro. Una calma glacial me envuelve, tan profunda y pesada que roza la parálisis.
El carrusel no se mueve, los caballos no respiran, pero sé con una certeza matemática y desquiciada que al tocar este objeto he encendido algo que ya no podré apagar.
Sonrío despacio, sin saber por qué, mientras el espacio blanco sonríe de vuelta.