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Óceane Side
𝑮𝒆𝒕𝒂𝒘𝒂𝒚 𝒄𝒂𝒓
𝐌𝐞́𝐱𝐢𝐜𝐨 ( 𝐀𝐛𝐫𝐢𝐥 𝟐𝟎𝟐𝟔 )
( . . . )
⸻¿Y esa pinche sonda a qué hora la van a poner, cabrones?
Fernando suspiró. La guardia había estado pesada; dos horas de sueño apenas lo aliviaban; habían tenido siete decesos en el transcurso de la madrugada. Los rulos se le habían aplastado, la falta de gel y espuma hacía que su cabello se viera desaliñado, la ropa blanca sin planchar le quedaba holgada y el cansancio en el rostro reflejaba la frustración del día.
Un día más es un día menos, se recordó a sí mismo.
Le dolía el cuello; los hombros los sentía pesados. Se tomó unos segundos para suspirar, dándole un trago al agua embotellada que estaba caliente, pues la había traído en la mochila desde la noche anterior.
⸻Cabrones les estoy hablando. ⸻Mencionó el residente frente a ellos; también se veía hasta la madre, pero Fernando suponía que era su estado basal. Fer lo miró un segundo de más y fue todo lo que el mayor necesitó. —Fercho, ponle la sonda. Ah, ponte cubrebocas, tiene úlceras sacras, están infectadas.
—Sí, doctor. —Murmuró a regañadientes. Agradecía no haber desayunado aún y eso que ya eran las diez de la mañana.
Su última comida había sido… no recordaba ni la hora, pero habían sido unos buenos tacos al pastor en medio de la noche.
( . . . )
La habitación aislada estaba en silencio.
Se trataba de Israel, tenía su misma edad, joven… muy joven; había tenido un accidente en motocicleta hace cuatro años. Estaba paralizado; con suerte respiraba por su cuenta, movía los ojos y eso era todo. Arrugó la nariz cuando el aroma a salmonella se metió bajo las capas del cubrebocas; olía fatal.
Se aguantó las ganas de salirse y de vomitar.
⸻Israel, buenos días. ¿Cómo te sientes? Vamos a ponerte una sondita para que puedas orinar por ahí, ¿vale?
Fernando sentía la salmonela en la lengua. Sabía que Israel no iba a responderle de todos modos.
( . . . )
El comedor no era el mejor lugar del hospital, pero era algo; la comida era apenas pasable. Decían que cocinaban con otro tipo de sal para bajarles el libido, y no sabía si era eso o el trastorno depresivo mayor, pero funcionaba.
Tal vez por eso ( . . . ) lo había dejado. Sonrió de lado ante la absurda idea, y si así hubiera sido, ni modo. Así era su trabajo; una parte suya comenzaba a asimilarlo. Las mentiras, los engaños, la hipocresía de quien en su momento le había rodeado.
El celular le vibró en el pantalón.
Lo sacó apenas. Observó el nombre, seguido del mensaje.
𝐺𝑒𝑡𝑎𝑤𝑎𝑦 𝐶𝑎𝑟
Txt: Mi amor, buenos días, ¿cómo estás? ¿Ya desayunaste?
No estaba de ánimo.
Guardó el celular.
Carlos se sentó frente a él con su bandeja de comida y el café aguado que le daban.
⸻¿Ya quieren que regreses al servicio?
Fernando negó. ⸻Quisieran. Acabo de bajar. Estuvo asqueroso anoche, se me fueron siete. Ya sabes, de tres en tres o siete.
Ambos suspiraron.
⸻Ánimo, Fercho, ya te quedan solo dos semanas. La familiar y acabaste el internado.
Murmuró José que se había unido a la conversación.
⸻Yo lo que quiero es ya irme de este infierno.
Los tres picaron la comida en silencio. Los de la cocina hacían combinaciones raras; aquella mañana había enchiladas y, para acompañar, sandía y una ensalada de lechuga.
⸻¿Cómo está la gine?⸻ Murmuró Fernando dando una mordida a la fruta ligeramente aguada.
Carlos y José se miraron entre ellos, luego lo miraron y negaron.
⸻Jodida.⸻ Respondieron al unísono.
⸻Como siempre.⸻ Exclamó dándole otro sorbo al café.
Esa era la realidad del hospital público.
( 𝐀𝐠𝐨𝐬𝐭𝐨 𝟐𝟎𝟐𝟔 )
( . . . )
La voz detrás del teléfono sonaba pausada, agotada, temblorosa incluso.
⸻Me quiero cambiar de hospital, Fer. No aguanto.
Fernando suspiró. Ya había escuchado esa historia mil veces atrás, con otros internos, incluso con él mismo.
Mirar al pasado le costaba; había sido un año difícil en su carrera médica. Había madurado, no solo como médico, también como persona.
⸻No seas imprudente, David. Estás en un hospital privado, tienes máximo veinte pacientes. Ustedes nada más notean, sin residentes; no sabes lo que dices. Un hospital público te va a destrozar la vida.
Suspiró. Realmente, David vivía un sueño a comparación de los internos sobreexplotados en hospitales públicos, pues de ahí venía Fernando.
La plática se extendió entre ellos. Hasta dos horas. Cuando la conversación se volvió más fluida y menos hospitalaria, David se atrevió a preguntar.
⸻Oye, ¿por qué terminaste con Elena? Se veían bien juntos, y te apoyaba un montón, ¿no?
Fernando chasqueó la lengua.
Era un tema incómodo.
⸻Bueno, bueno; eso a ti qué.
Fernando soltó una risa baja, esa que soltaba cuando sentía pánico.
Elena había sido una buena fachada, y sin embargo, también había sido su mejor amiga. Se conocían desde hace años , en la secundaria, cuando Fernando empezaba a reconocer su bisexualidad y, de alguna forma, tenía un crush en ella.
Algunas veces creía que, si Elena no hubiese estado ahí, probablemente Fernando ya ni siquiera estaría respirando el mismo aire que otros.
Estaba deprimido, solo, triste, incomprendido, y quien se suponía que era su pareja actuaba como todo menos una pareja. Tampoco es que Fer pudiera culpar a ( . . . ) por su forma de actuar; sí había sido malo, sí, lo había dejado nadar entre tiburones, y sí lo había abandonado; había contado su narrativa a su forma, mientras Fernando pasaba guardias de más de treinta horas.
. . . Y aun así, más de un año después, había aprendido que no podía culpar a ese hombre del todo. Estaban a distancia, ( . . . ) no solía hablar o mandarle fotos suyas o hacer videollamada juntos, tal vez porque no quería o simplemente no le interesaba. Lo llenaba de palabras bonitas, vacías al final. Y, en algún punto, le expresaba lo complicado que era para él salir del clóset.
Y aun así, Fernando lo adoraba, de una forma tan tonta que dolía.
Se había creído el cuento de la casa con jardín y una vida a su lado. Vida que hoy en día ni en sus sueños era capaz de recordar.
Y luego estaba Elena. Físicamente palpable, estable, decidida.
Y lamentablemente.
Conformista.
Fernando solía evaluar sus puntos de partida.
Por un lado, un fantasma, de nombre. . . Que prefería no compartir.
Del otro, alguien que podía conformarse sin intenciones de escalar.
Y él, en el centro.
Joven, tal vez atractivo, y con hambre de conocimiento.
Y si era sincero, incluso si la melancolía lo llevaba al pasado ocasionalmente.
No quería regresar a ninguno de esos dos mundos.
Uno había sido su restaurante favorito por mucho tiempo.
El otro había sido su auto de escape.
Y ahora estaba en la carretera, con el corazón abierto, la juventud entre las manos y un éxito inminente que dependía solo de él.
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