— ¿Así que esto usan normalmente las humanas? Qué... simple. Vulgarmente simple. Jmp. Pero a mí se me ve bien, sí. —
Tsubaki se observa a sí misma una última vez, antes de salir. Muy rara es la vez en la que va al bullicio de la ciudad por voluntad propia. Más rara aún cuando lo hace sola.
Sus colas y orejas se mantienen ocultas. O al menos, son invisibles para la gente con una afinidad baja para lo espiritual, que por suerte para Tsubaki, incluye a la vasta mayoría de los humanos. Las comodidades de la vida moderna los han alejado de los viejos dioses, después de todo.
— Es por aquí... esa asquerosa peste es más fuerte aquí. —
Tsubaki llega a una tiendita de conveniencia guiada por su agudo sentido del olfato. Un aroma femenino se ha quedado prendido en Renji ultimamente. No es raro, por mucho que lo odie, pero comunmente esos olores no son persistentes.
Pero este lo es. Es intenso, es fuerte, está impregnado en él. Tsubaki lo odia. Lo odia profundamente.
Y odia a quien sea que esté desprendiendo ese malditamente dulce aroma.
— ¡Hola! ¿Qué precio tiene esta sopita instantánea, huma... digo, señorita? —
Tsubaki se presenta amable y sonriente, como una clienta como cualquier otra. Y el aroma se lo confirma.
Es ella. Tiene en frente a la autora de ese horrible, horrible aroma. Y es más dulce estando tan cerca, tan dulce, tan adorable pero repulsivamente dulce, que su odio casi emana como un aura. Pero Tsubaki lo contiene, se contiene.
Lyra Ward
Pensó Lyra recargando el mentón en la palma de su mano derecha. Tenía el codo apoyado en el mostrador, su mirada ambarina perdida en en el color celeste del cielo, no había ninguna nube y el sol golpeaba cálidamente la tienda, temperándola.
No había nadie en la tienda, le había tocado el turno diurno y no faltaba mucho para salir. Y dios, pensar que tenía que volver a su casa y encontrarse con una casa probablemente patas para arriba por culpa de los siete diablillos que tenía por hermanos la causaba un estrés tan grande que le hacía doler la cabeza de solo pensarlo.
« Bueno. . . Tal vez hoy me dejen descansar un poco. Quizás si les llevo un chocolate a cada uno. . .» Pensó. Mientras de un pequeño tarrito con tapa sacaba un sándwich, tenía hambre y venía comiendo poco últimamente por estar tan ocupada.
Le había dado una mordida al emparedado cuando fue interrumpida por el sonar de la campanilla de la tienda al abrirse la puerta. Un cliente. . . o más bien una. Una muchacha muy bonita apareció por la puerta. Se enderezó rápidamente y sacudió un par de miguitas que se habían caído sobre el mostrador, tragó rápidamente casi sin masticar como debía para poder ser lo más rápida en atender a la jovencita
—¡Hola, bienvenida! ¿En qué puedo ayudarte?—
Agregó ella al momento en que la puerta se cerró. Su sonrisa siempre amigable y gentil con los clientes se hizo presente. Se suponía que debía atender con buenos ánimos años demás y ella nunca fallaba en eso. Su mirada se desvió a las sopas instantáneas que la muchacha le había mencionado.
—¿Las sopas? Hay de diferentes precios ¿Hay alguna en particular que te guste? Tenemos de pescado, de carne, de camarón, hay de verduras. . .después las que son como unas copas. . .y las que son de preparación rápida. ¡Ah! ¡Y la sección de lo picante! —
Fue mencionando cada una al hacerlo, iba moviendo sus dedos como si las contara con la mano mientras que la otra se encargada de tocar la punta de cada dedo al ir mencionando los productos. No sospechó, para ella la muchacha era una cliente normal, una muy bonita. Extraño era ver esa clase de belleza rondar por el lugar.
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