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La tenue iluminación del bar apenas lograba distinguirse entre los destellos dorados de las lámparas y las luces que recorrían lentamente las paredes, la música sonaba a un volumen considerable, las conversaciones se mezclaban unas con otras y el tintineo de los vasos acompañaba el movimiento constante de los meseros. En uno de los extremos de la barra, Sumire permanecía sentada sobre un alto taburete, vestida de negro, con el cabello oscuro cayendo sobre sus hombros y una expresión indescifrable adornando su rostro.
Frente a ella descansaban un par de vasos vacíos.
El tercero reposaba entre sus dedos.
No había llegado acompañada ni parecía estar esperando a nadie, su bolso descansaba sobre el asiento contiguo y su mirada permanecía fija en algún punto de la barra, aunque llevaba varios minutos sin prestar verdadera atención a lo que tenía delante. Bebía despacio al principio, con aquella elegancia natural que parecía acompañarla incluso en sus peores momentos, pero cada vez que el camarero se acercaba, Sumire levantaba ligeramente la mano para indicarle que le sirviera otra copa.
No quería conversar, tampoco escuchar consejos, recibir compañía ni responder preguntas innecesarias, mucho menos regresar a casa y enfrentarse al silencio de sus propias habitaciones.
Aquella noche tenía una fecha marcada en algún rincón de su memoria, una de esas fechas que habría preferido borrar del calendario y que, sin embargo, recordaba con una precisión cruel.
Dos meses.
Exactamente dos meses desde que le habían arrebatado algo que amaba con una devoción que jamás habría admitido en voz alta, dos meses desde aquella pérdida que había dejado un espacio imposible de llenar, desde el instante en que comprendió que desear algo con todas sus fuerzas no significaba tener el poder de conservarlo.
Y eso era lo que más detestaba.
La impotencia.
Sumire Mitsui estaba acostumbrada a conseguir lo que quería, había crecido rodeada de personas dispuestas a satisfacer sus caprichos, a resolver sus problemas antes de que siquiera tuviera que pronunciarlos y a apartar de su camino cualquier obstáculo que amenazara con incomodarla, aprendido a confiar en su apellido, en su influencia y, sobre todo, en sí misma.
Pero aquella vez no había servido de nada.
No importó cuánto hubiera querido impedirlo, no importó lo que habría estado dispuesta a entregar a cambio de un desenlace diferente, había sucedido frente a ella, y Sumire no había podido hacer absolutamente nada.
Bajó la mirada hacia el líquido de su vaso, moviéndolo suavemente con un giro de muñeca, una risa breve, carente de alegría, escapó de sus labios.
Qué absurdo.
Dos meses y todavía había momentos en los que su mente regresaba a aquel día sin pedirle permiso, a veces bastaba una canción, una palabra o un recuerdo particularmente insignificante para devolverla a ese instante, otras veces no necesitaba siquiera un motivo. Simplemente aparecía, como si su memoria se empeñara en recordarle una y otra vez que había existido algo capaz de atravesar todas sus defensas.
Se llevó el vaso a los labios y bebió otro trago.
El ardor le hizo entrecerrar los ojos por un segundo, no le importó, necesitaba mantener las manos ocupadas, la mente distraída y el corazón lo suficientemente cansado como para dejar de insistir en aquello que ya no podía cambiar.
El camarero se acercó para retirar los vasos vacíos y observó discretamente la botella que permanecía junto a ella.
—¿Desea que le traiga algo más?
Sumire asintió sin levantar la mirada, deslizando unos billetes sobre la barra para cubrir lo que había consumido.
El hombre vaciló antes de alejarse, pero ella no le concedió la oportunidad de formular otra pregunta. No estaba de humor para explicarle a un desconocido por qué una muchacha como ella había decidido pasar aquella noche sola, bebiendo en silencio y mirando el fondo de una copa como si allí pudiera encontrar alguna respuesta.
—Vuelvo a compartir, a ver si se animan a decirme cualquier tontería incluída. (?)