El estudio queda en absoluto silencio, bañado por esa intensa luz roja. Solamente yo, la barra y el reflejo del espejo.
Me acomodo los tacones, me acerco al tubo y froto mis manos para asegurar el agarre.
Subo una mano bien arriba, posiciono la otra a la altura del pecho y siento cómo se activa todo mi cuerpo: la fuerza en el abdomen, los hombros firmes y la postura estilizada.
Doy un paso de impulso, despego los pies del suelo y comienzo a girar con fluidez, controlando la bajada centímetro a centímetro hasta tocar tierra suavemente.
Me miro al espejo, ajusto la respiración y me preparo para la siguiente repetición.
