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[ Nᴏᴄʜᴇ ᴇɴ Pᴀʀɪ́s ]
Odette avanzaba por las calles de París, dejándose llevar por el bullicio de la noche, hasta que un aroma inconfundible hizo que sus pasos se detuvieran. No era el perfume de una boulangerie ni el de algún elegante restaurante francés ; era carne al pastor.
Giró la cabeza y, para su sorpresa, encontró un pequeño puesto de tacos de metal instalado en plena calle. La estructura era sencilla, con una plancha humeante, una trompa de pastor girando lentamente sobre el fuego y varias botellas de salsas acomodadas junto a las servilletas.
—No puede ser… ¿tacos en París? —murmuró, acercándose divertida.
Sin siquiera pensarlo, pidió varios tacos al pastor y de suadero. El taquero señaló una pequeña mesa colocada a unos pasos del puesto, así que Odette tomó asiento, acomodándose mientras observaba con curiosidad cómo preparaban su inesperada cena.
Vio cómo cortaban finas láminas de carne dorada directamente sobre las tortillas calientes. Después añadieron cebolla picada, cilantro fresco, un poco de salsa y, por supuesto, la respectiva piña sobre los tacos al pastor.
Odette recibió su plato con una sonrisa casi infantil.
—Mire nada más… y yo que venía a París a hacerme la interesante.
Tomó primero uno de pastor. El olor de la carne, mezclado con el cilantro, la cebolla y la piña, hizo que se le abriera todavía más el apetito. Le dio una mordida y enseguida cerró los ojos, disfrutando el sabor.
—Esto sí es comida internacional —dijo entre risas—. El Louvre tendrá sus obras, pero yo ya encontré mi patrimonio cultural.
Después tomó uno de suadero. La carne, mucho más suave y jugosa, terminó de convencerla. Le dio otra mordida y asintió con absoluta satisfacción.
—Uf... lo mejores.
Para acompañar aquella inesperada cena mexicana en territorio francés, tenía su inseparable Boing de mango. Le dio un trago y contempló por unos segundos el movimiento de las calles parisinas.
París tenía la Torre Eiffel, el Sena y sus elegantes cafés… pero aquella noche, para Odette, el verdadero lujo era estar sentada en una pequeña mesa junto a un puesto de tacos, con un plato lleno frente a ella, un taco de suadero en una mano y su Boing de mango en la otra.
Miró el taco que estaba a punto de terminarse y sonrió.
—Definitivamente… valió la pena venir a París.
Hizo una pequeña pausa.
—Aunque mañana voy a necesitar caminar hasta Madrid para compensar esto.
Dannie
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Lianna Beenedetti
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