Como todo amante que regresa a los brazos de su peor desgracia, no encontró en ella consuelo, sino una tristeza que le calaba hasta los huesos.
La sangre aún le teñía los labios, pero su pensamiento vagaba lejos, hacia aquella versión de sí mismo que alguna vez creyó capaz de resistirse. ¡Cuánto añoraba la inocencia de los días en que todavía podía mirar sus propias manos sin sentir vergüenza! Ahora solo le quedaba el amargo recuerdo de su resistencia, de sus promesas rotas y de todas las veces que juró no volver a entregarse. La Sed se había marchado satisfecha y él, en cambio, se quedaba con el corazón hecho ruinas, lamentando haber amado tanto la vida como para terminar traicionándola de aquella manera.