El expediente cayó sobre la mesa de caoba con un golpe sordo, esparciendo una docena de fotografías borrosas bajo la luz amarillenta y parpadeante de la lámpara. El coronel se reclinó en su silla, frotándose el puente de la nariz antes de clavar una mirada exhausta en los agentes de inteligencia reunidos en la penumbra.
—Las apariciones han dejado de ser incidentes aislados —comenzó, con una voz rasposa que delataba demasiadas noches en vela—. Oriente Medio. Europa del Este. Las calles atestadas de neón en Japón e incluso el desierto implacable de Australia. Lo han visto caminar entre la multitud de las grandes urbes y, al instante siguiente, desvanecerse en el aire como si la tierra misma se lo hubiera tragado.
Uno de los agentes extendió la mano y tomó la fotografía más nítida del montón. En ella, apenas se distinguía la silueta de un hombre imponente, de aproximadamente un metro con ochenta y dos centímetros. Su cabello negro, denso y desordenado, se agitaba bajo una tormenta de arena en algún rincón de Damasco. No era un soldado regular; su físico, atlético y moldeado como si hubiera sido forjado a base de un castigo metódico y una disciplina inquebrantable, irradiaba una tensión letal incluso a través del papel fotográfico.
—Los reportes de campo son contradictorios en cuanto a su arsenal, pero aterradores en su consistencia letal —continuó el coronel, paseando la mirada por la habitación—. Algunos testigos juran haberlo visto tensando un arco compuesto desde las azoteas de Praga, abatiendo objetivos en un silencio fantasmal. Otros aseguran que empuñaba una espada, una hoja oscura y veloz en los callejones de Kioto. Y hay quienes han presenciado cómo destroza a pelotones enteros estando completamente desarmado, usando nada más que sus manos y una fuerza bruta abrumadora.
Se hizo un silencio espeso en la sala. La lluvia golpeaba los cristales de la ventana, marcando el ritmo de la tensión que asfixiaba el ambiente.
—Pero hay un detalle en el que todas las agencias concuerdan —el hombre mayor se inclinó hacia adelante, apoyando los nudillos curtidos en la madera—. Tiene una pésima actitud. Una "mala leche" palpable que arrastra consigo como una sombra perpetua. Y lo que es peor: posee una tendencia casi suicida a involucrarse exactamente en los conflictos donde nadie lo ha llamado. Busca el epicentro del infierno por pura inercia, arrojándose a la adversidad con una terquedad absoluta.
El coronel recogió el expediente y lo cerró de golpe, haciendo eco en las paredes desnudas.
—Escúchenme bien. Este hombre es una anomalía sumamente peligrosa. Si alguno de ustedes lo ve en el terreno, si sus redes de informantes captan un solo destello de ese cabello o esa presencia sofocante, no intenten ser héroes. No se acerquen. No entablen combate. Simplemente, repórtenlo de inmediato y corran en dirección contraria.
