La gélida brisa de la tormenta que se avecinaba rozó la piel de Lirael Thornwick con la furia de un augurio ancestral; aquel frío mordaz no solo atravesó sus carnes y sus huesos, sino que amenazó con helarle hasta la mismísima alma.
«En verdad, debería haber adquirido más atavíos…», murmuró para sí en un suspiro que se desvaneció en el viento.
Rara vez cruzaba los senderos del mundo, y por ello jamás había sentido la necesidad de proveerse de ropajes más abrigados.
Si bien sus vestiduras eran escasas para los inclementes estándares de estas tierras, hasta entonces le habían bastado bajo el aire seco de las estepas.
—¡Juro por los antiguos poderes que, de no hallar un refugio pronto, pereceré en este páramo helado! —se lamentó al vacío, consciente de que ninguna voz le respondería.
Mas su plegaria, tan poco refinada como honesta, pareció hallar eco en los dioses. Entre los oscuros pinos escarchados que poblaban la espesura, distinguió la boca oscura de una gruta o, quizás, los vestigios de unas ruinas olvidadas.
Revivida por la esperanza, y haciendo acopio de sus últimas fuerzas, enderezó el paso hacia el único remanso de salvación a leguas a la redonda.
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—¡Por fin! —exclamó con un hilo de voz, donde el alivio y el agotamiento pugnaban por prevalecer.
Recuperado el aliento y la lucidez, pronunció con premura los vocablos de un conjuro menor para avivar una llama sobre un lecho de piedras. La hoguera fue efímera, apenas un suspiro de calor debido a la escasez de leña seca, pero las rocas circundantes retuvieron la calidez, irradiando un consuelo que, en aquellas circunstancias, valía más que todo el oro del reino.
Tras una travesía que se había prolongado durante casi una eternidad de siete días, Lirael dejó caer su cuerpo contra la fría piedra de la pared.
Cerró los ojos con pesadez, entregándose al descanso mientras la tormenta bramaba en el exterior