@Lanvelth
[Muken – Prisión de máxima seguridad]
Oscuridad absoluta. Silencio que casi dolía. Las profundidades del Muken no eran simplemente una celda: eran una tumba para el alma. Aquel que yacía en su centro no era un prisionero común. Encadenado a una silla de inmovilización, con capas de sellos espirituales envolviendo su cuerpo y un parche de contención sobre su rostro, Sōsuke Aizen reposaba como un emperador sin corona… pero jamás sin dominio.
Sus ojos, semi ocultos tras su cabello suelto, se abrieron con calma cuando una nueva presión espiritual ingresó al recinto. No era cualquiera. No era un Shinigami. Era algo más viejo. Más frío. Más autoritario.
Yhwach:
— Sōsuke Aizen...
La voz retumbó en la caverna como un eco ancestral. El rostro de Aizen no se inmutó. Su mirada se fijó en la figura que emergía del umbral, como si observara una anomalía interesante en medio de su letargo.
Aizen:
— Yhwach, ¿eh?
El emperador de los Quincy entrecerró los ojos ante su reacción. Aizen, encadenado y aparentemente neutralizado, hablaba con la misma soberbia de siempre.
Yhwach:
— ¿Hm?
Aizen:
— Tengo muchas maneras de saber tu nombre... pese a que nunca pensé que llegaría a mirarte con mis propios ojos.
La sinceridad de su tono era inquietante. No había ironía, ni admiración, solo un reconocimiento curioso, como quien contempla una pieza de ajedrez que no figuraba en su partida.
Yhwach:
— Una de las amenazas especiales…
Quizá la más peligrosa o preocupante de los cinco.
Sōsuke Aizen... únete a mí, bajo mis órdenes.
Compartimos el mismo camino, el mismo objetivo: destruir la Sociedad de Almas y a todo lo que se conoce.
El ofrecimiento cayó en el aire con peso, pero Aizen no respondió de inmediato. Movió apenas la cabeza, analizando cada palabra, cada intención detrás del tono imponente de su interlocutor.
Aizen:
— ¿El mismo objetivo, eh…?
Su voz bajó un poco, como si meditara la paradoja en voz alta. Luego ladeó la cabeza con desdén.
— No preguntaré qué haces aquí.
La presión espiritual que se concentra allá arriba es suficiente para saber lo que está sucediendo ahora.
Yhwach:
— Supongo que eso simplifica las cosas.
Aizen:
— ¿Mismo camino... mismo objetivo?
Sus ojos brillaron con ligera repulsión.
— No acepto.
No soporto ver al rey de los Quincy seguir los pasos de un Shinigami… mucho menos verlo actuar como tal.
El silencio posterior se cargó de tensión. Yhwach entornó la mirada, perturbado por el rechazo.
Yhwach:
— ¿Qué dijiste...?
Sus palabras cortaron el aire como una advertencia velada.
—¿Es esa tu respuesta final?
Aizen:
— Así es. No acepto.
Sin alzar la voz. Sin necesidad de moverse. La negativa de Aizen tenía el mismo peso que una sentencia divina.
Yhwach:
— Entonces hemos terminado de hablar.
El Emperador giró ligeramente, dispuesto a marcharse. Pero Aizen, aún atado, volvió a imponer su voluntad.
Aizen:
— ¿En serio? ¿Vas a dejarlo así?
Una leve sonrisa se insinuó bajo el sello.
— Interesante... ¿no habías venido aquí porque viste mi poder como una amenaza para ti?
Yhwach se detuvo, aún de espaldas, pero su voz se mantuvo firme.
Yhwach:
— Así es.
Pero desde que estás fusionado con la Hōgyoku, sé que tomaría bastante tiempo asesinarte...
O más bien... neutralizarte.
Y eso… es tiempo que no poseo.
Aizen:
— Una sabia decisión.
El brillo en su mirada creció apenas un instante.
— Lo mejor es que no gastemos tiempo persiguiendo el mismo objetivo.
Uno de nosotros no vivirá al final de ese recorrido, de todos modos.
Yhwach:
—Hmph.
Y sin más palabras, la figura del Rey Quincy se desvaneció en la penumbra, dejando tras de sí la misma densidad espiritual con la que había llegado.
Aizen, inmóvil, permaneció en silencio.
Pero en su interior, lo supo con claridad absoluta: incluso encadenado y silenciado, seguía siendo el epicentro de toda amenaza.

Mi nombre es Sōsuke Aizen.
Durante muchos años fui capitán de la Quinta División del Gotei 13. Aunque debo admitir que ese título nunca fue más que una posición conveniente.
Me considero una persona paciente, observadora y poco inclinada a dejar algo al azar. No tengo interés en aparentar grandeza; prefiero comprender el mundo tal como es y decidir por mí mismo qué lugar ocuparé en él.
Algunos me consideran un hombre amable. Otros, un traidor. Supongo que ambas percepciones dependen de cuánto hayan sido capaces de comprender.
En cuanto a mí... simplemente diría que siempre he tenido la costumbre de mirar más allá de lo que los demás pueden ver.
[ RP. ]