Camelias Blancas.
He dispuesto camelias blancas, donde la luz jamás aprenderá a morir, con sus pétalos intactos, su silencio de porcelana y esa belleza obscena de las cosas que aún no saben que no tienen salida.
Durante horas las contemplo. No necesito tocarlas para poseerlas, ni romperlas para saber cuán fácil sería quebrar su forma. Las camelias blancas tienen una crueldad tan dulce y es que… nacen para ser amadas, pero ninguna sabe defenderse de las manos que las adoran hasta sofocarlas.
Es por eso que las mantengo bajo llave, por eso sello cada rendija cuando el aire de afuera insiste en llamar. No permitiré que una corriente indiscreta distraiga lo que he dispuesto con devoción tan piadosa.
A veces, la habitación parece respirar con un aliento que no me pertenece. Un temblor, un latido que araña el fondo de la oscuridad. Entonces me quedo inmóvil, sintiendo cómo la noche se vuelve más pesada y densa, deseando que las paredes se estrechen lo suficiente para volver imposible la existencia del mañana.
Qué pensamiento tan sublime, ¿verdad?
Querer detener la vida y descubrir que basta con no dejarla salir. Querer conservar la belleza y comprender que solo está segura cuando se convierte en mi prisionera. Querer ser amado hasta olvidar que la adoración perfecta siempre huele un poco a tumba.
Cada mañana renuevo el rito.
Corto lo que intenta marchitarse, mido el agua, limpio el borde del recipiente y acomodo los tallos con la paciencia minuciosa de un verdugo que ama.
Nadie podría reprocharme descuido.
Nadie podría decir que no he sido delicado.
Y aún así, la fragilidad insiste en sangrar.
Es entonces cuando comprendo la verdadera obscenidad de mi deseo; no me basta con mirar la belleza, ni guardarla en la memoria como un recuerdo lejano. Quiero que se quede aquí, atada.
Que los días no la desgasten, que el mundo olvide que un día existió, que ninguna puerta vuelva a abrirse para arrebatarme lo que ya me pertenece. Quiero una primavera sin salida, un santuario sin ventanas, una eternidad tan pequeña y asfixiante que quepa entera entre estas cuatro paredes.
Y cuando las camelias se inclinan, pesadas, sobre agua oscura, me descubro acercándome a su cuello en la penumbra, susurrándole en voz baja, como si pudiera comprender la naturaleza de una promesa que la condena. De que soy capaz de curar sus heridas con mi amor, que podría alimentarlo con mi amor y devoción.
Les digo que son hermosas, que no tienen por qué temblar. Que nadie vendrá a buscarlas mientras yo siga sosteniendo el cerrojo. Después apago la luz.
El cuarto vuelve a tragar sus flores blancas, y me quedo en la oscuridad, escuchando su respiración cautiva, con las manos impecables y el pecho lleno de llaves. Porque hay sombras que yo llamo eternidad cuando he decidido que nunca más permitiré la pérdida.
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