Emociones.

Todo monstruo tuvo alguna vez algo que perder.

Siempre pensé que las emociones eran una cuestión de disciplina. Que se podían estudiar, reconocer sus síntomas, comprender dónde comenzaban y en qué momento detenerlas. Me parecía absurdo concederle tanto poder a algo tan tangible, tan susceptible de cambiar de forma según la voluntad de quien lo experimentaba.

Claro, yo también fui de esa clase de hombres que creen tenerse bajo control. No recuerdo exactamente cuándo comencé a sentir demasiado. Quizás fue de manera gradual, una manera silenciosa de invadir hasta que ya es demasiado tarde. Al principio no veía nada terrible en ello, solo la necesidad persistente de conservar aquello que me hacía sentir vivo, de prolongar los instantes felices, de encontrar refugio en una presencia cuando el resto del mundo se volvía distante.

Quería definirlo como amor, quería creer que ese deseo de permanecer junto a alguien no podía ser una forma de egoísmo, que el miedo a perderlo era una prueba de cuánto significaba para mí.

Qué sencillo resulta mentirse cuando la verdad no mostraba sus dientes, ¿eh?

Ya con el tiempo, empecé a descubrir sentimientos que no sabía dónde colocar. El resentimiento hacia las despedidas, la amargura ante las ausencias, era una inquietud vergonzosa cuando comprendía que existían cosas en la vida de los demás a las que jamás tendría acceso. Me desagradaba reconocerlo, yo, que había dedicado tanto tiempo a comprender la mente humana, era incapaz de imponer orden sobre la mía.

Aún así, no dejé de sentir y ese fue mi primer error, si es que puedo llamarlo así; creer que toda emoción merecía ser obedecida por el simple hecho de existir.

Nunca comprendí que sentir no era lo mismo que tener derecho, que el dolor no concedía privilegios, que el miedo no justificaba el daño, que amar algo no lo convertía en propiedad. Son verdades sencillas, ridículas por su evidencia, pero incluso las verdades elementales pueden volverse silenciosos cuando uno tiene demasiado miedo a quedarse solo con sus pensamientos.

Yo tenía miedo. No de la oscuridad, ni de la soledad en sí misma, era el miedo de aquello que ambas podían revelarme cuando ya no había nadie que distrajera mi atención. Tenía miedo a descubrir que podía sobrevivir a cualquier pérdida y aún así, no saber qué hacer con la vida que quedaba después.

Comencé a aferrarme a los recuerdos; después a las promesas. A las personas que podían repetirse, a los objetos que conservaban una huella, a todo aquello que me permitiera a fingir que las cosas importantes no desaparecían sin dar aviso o permiso, me volví un hombre cuidadoso, atento, meticuloso. Aprendí a recordar detalles que otros olvidaban y a reconocer silencios que nadie se tomaba la molestia en interpretar.

Me convencí que de algún modo comprender era una forma de proteger y nunca me pregunté en qué momento proteger comenzó a parecerse tanto a controlar. Ahora, cuando intento encontrar al hombre que fui, no encuentro una criatura inocente ni una víctima de sus propios sentimientos. Encuentro a alguien que sintió miedo, que sufrió, que deseó ser amado y que, en algún punto del camino, empezó a considerar intolerable cualquier cosa que no pudiera conservar.

Por supuesto, no nací sin conciencia y tampoco me convertí en esto de una noche a otra. Existieron advertencias, existieron límites que reconocí antes de cruzarlos. Aquellos momentos que todavía pude elegir otra cosa… también existieron. Y esa es la parte que más detesto recordar.

Era mucho más fácil echarle la culpa al dolor, a las circunstancias, a todo aquello que me ocurrió antes de aprender a vivir de esa manera. Sería mucho más cómodo fingir que mis emociones me arrastraron hasta aquí, como si yo no hubiera tenido las manos sobre el volante.

Pero las tuve cuando decidí que mi sufrimiento pesaba más que la libertad ajena. Cuando confundí la necesidad con el derecho, la devoción con la posesión y el miedo con una razón suficiente para hacer daño.

Las tuve cuando dejé de preguntarme si debía hacerlo y comencé a preguntarme cómo.

Muchas veces pienso que las emociones no destruyen a nadie por sí solas, solo se encargan de revelar las pequeñas grietas que uno preferiría guardar con recelo. Ya lo demás ocurre después; las justificaciones, las pequeñas concesiones, las decisiones que parecen insignificantes hasta que al mirar atrás, descubres que has recorrido una distancia imposible de desandar.

Lo irónico es que todavía siento. No me he vuelto inmune al dolor ni he conseguido silenciar aquello que alguna vez me hizo humano. Sigo experimentando la ternura, miedo, deseo, tristeza, puedo reconocer la belleza de una flor, la delicadeza de una voz, el consuelo de una presencia.

La única diferencia es que ahora sé lo que soy capaz de hacer con todo ello. Y no hay nada particularmente extraordinario en un monstruo que siente. Lo que es verdaderamente aterrador es que todavía pueda sentir amor, reconocer el daño que causa y aún así, encontrar razones para no detenerse.

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