Vestigio 01: Sinfonía del vacío.

Vino y boleros.
Algo que jamás podía faltar en una tarde lluviosa.

Para Ainsley, la lluvia no era un simple fenómeno del clima, sino el inicio de su temporada más vulnerable; un rincón helado de su psique que nadie en el mundo había logrado conocer jamás. El agua golpeando con violencia sorda contra el cristal del ventanal marcaba un compás fúnebre, mientras la voz raspada y antigua en el tocadiscos llenaba cada espacio de la casa con una melancolía pesada, casi física.

«Ya no estás más a mi lado, corazón... en el alma solo tengo soledad...»

Una lágrima solitaria y tibia rodó por su mejilla, trazando un camino lento hasta perderse en el cuello de su suéter holgado. Ainsley inclinó la copa de vino, tomando un sorbo amargo que le quemó la garganta, mientras fijaba la mirada en el techo blanco. En la nada. Estaba sumergida en el silencio absoluto de su hogar, esa casa grande y fría que con el paso de los años se había transformado en un monumento de la ausencia.

Recordar lo sucedido años atrás no era un simple ejercicio de la memoria; era una tortura sistemática, una herida viva que se negaba a cerrar.

Ella pensaba que él la había abandonado. Pensaba que, al final, ella nunca había sido suficiente para retenerlo.

Sabía perfectamente el límite ético y personal que había cruzado al involucrarse con su profesor. Lo que comenzó en la penumbra de las aulas como una atracción prohibida e impulsiva, pronto se transformó en su propio abismo. Para él, quizás, solo había sido una distracción pasajera, un juego de seducción sin consecuencias para llenar sus tardes libres. Para Ainsley, en cambio, fue la primera vez que entregó el alma entera, con una devoción ciega y torpe. Fue su primer amor.

Pero un día, él simplemente desapareció. Sin notas sobre la mesa, sin llamadas a medianoche, sin una sola huella que seguir.

Durante meses, Ains vivió en una agonía suspendida, convencida de que en cualquier momento escucharía sus pasos regresar por el pasillo. Pero la espera terminó por pudrirse en rechazo; asumió que la había utilizado como a un juguete desechable y que la había abandonado sin el menor remordimiento. Ella jamás sospechó —y la ignorancia continuaba carcomiéndola— que el hombre por el que lloraba no se había ido por voluntad, sino porque la muerte se lo había llevado en silencio bajo circunstancias oscuras que jamás salieron a la luz.

El rasgueo suave de las guitarras de Los Panchos volvió a traerla al presente, rompiendo la parálisis de sus pensamientos. El disco continuó girando y la melodía cambió con una lentitud cruel.

«Es la historia de un amor, como no hay otro igual, que me hizo comprender todo el bien, todo el mal...»

Dejó la copa sobre la mesa de centro con un choque sordo y se levantó despacio del sofá. Subió las escaleras con pasos pesados, como si sus piernas arrastraran el peso de una condena. Cruzó el marco de la puerta de su habitación, donde la sombra de la tarde ya se había apoderado del espacio, y se dirigió directamente al fondo del armario.

De la repisa más alta bajó una pequeña caja de madera gastada. Se sentó en el borde de la cama, colocó la caja sobre sus piernas y retiró la tapa con sus manos temblorosas. Un aroma a humedad y a flores secas inundó el aire.

Dentro reposaba un mazo de cartas marchitas que nunca se atrevió a enviar, un par de fotografías borrosas cuyos bordes se deshacían... y en el fondo, envuelto en papel de china, algo pequeño y suave.

Con los dedos temblando por un escalofrío invisible, desdobló la prenda diminuta.

La ropa de bebé.

Un mameluco blanco de tela fina con botones de tela suave que jamás llegaron a abrocharse. Una ropa de bebé que nunca conoció la piel de nadie.

Un suspiro entrecortado se le escapó del pecho al acariciar la prenda. El llanto, contenido durante horas tras el escudo del alcohol, brotó de pronto en un sollozo ahogado y violento que le sacudió la espalda entera. Apresó la prenda contra su rostro, buscando desesperadamente un rastro de vida, pero solo encontró el olor a guardarropa y a olvido.

— Perdóname, fue mi culpa... —murmuró contra la tela, con la voz rota y deshecha—. Perdóname...

El dolor de sostener esa pequeña prenda la arrastró inevitablemente al origen de su naufragio, a la noche en que todo se rompió para siempre.

. . .

El primer sentido en regresar aquella madrugada no fue la vista, sino el olfato.

Ainsley no había despertado suavemente; emergió desde una densidad helada y pegajosa. Lo primero que llenó sus pulmones fue un aire frío, antiséptico, saturado de yodo y alcohol medicinal. Un olor estéril que no pertenecía a su habitación, ni a las sábanas de lino, ni a la lluvia constante.

Intentó mover la mano, pero sus dedos pesaban. Un pitido rítmico, agudo y distante, marcaba un pulso que no sentía suyo.

Beep... beep... beep.

Cuando logró abrir los ojos, la luz fluorescente del techo de la sala de urgencias le atravesó las pupilas como agujas de vidrio. A su izquierda, una bolsa de suero dejaba caer sus gotas con lentitud tortuosa hacia una vía intravenosa clavada en el dorso de su mano.

En ese instante la memoria regresó de golpe.

El bote de plástico blanco sobre el lavabo. El sabor metálico de las pastillas acumulándose en su lengua. La desesperación ciega por apagar su silencio sordo que él había dejado en su vida. La incapacidad absoluta de sostener la soledad ni un solo segundo más. La urgencia de dejar de esperar a alguien que no iba a cruzar la puerta jamás.

— Todo está demasiado silencioso... —intentó murmurar, pero de su garganta solo salió un rasguño seco, una ráfaga de aire sin voz.

La puerta de la habitación se había abierto.

Entró un hombre maduro, con filipina azul y una bata blanca que llevaba abotonada solo esta la mitad. Tenía una carpeta metálica en la mano y la mirada cansada de quien ha pasado toda la madrugada en un turno de emergencias. Detrás de él, una enfermera ajustó el ritmo del gotero antes de retirarse en silencio cerrando la puerta tras de sí.

El médico se acercó al costado de la cama. Miró el monitor, anotó algo en la hoja adjunta a la tabla y luego fijó la vista en la pelirroja. No había en sus ojos enojo ni juicio manifiesto, solo una compasión austera, profesional.

—Señorita Volkova. — había pronunciado su apellido, su voz era grave, pausada—. Qué bueno que ha vuelto. Estuvo inconsciente casi treinta y seis horas.

Ainsley movió la cabeza apenas un milímetro, buscando formular la única pregunta por la que había intentado destruirse. Pero las palabras no salían.

— Su madre la encontró en el suelo del baño a tiempo. —continuó el doctor, apoyando los brazos sobre el borde metálico de la cama—. El lavado gástrico y los medicamentos de soporte lograron estabilizar su ritmo cardíaco. El fármaco que ingirió causó una depresión respiratoria severa, pero logramos revertir el fallo hepático agudo. Vas a sobrevivir.

Ains cerró los ojos un instante. Un peso amargo le oprimió el pecho: sobrevivir. La palabra sonaba a condena. Significaba regresar a la misma casa, al mismo silencio, a la misma certeza de que él la había dejado sin mirar atrás.

— Sin embargo... —la voz del médico cambió de tono, volviéndose más densa, midiendo cada sílaba — la sobredosis masiva y la hipoxia posterior generaron complicaciones graves en su sistema reproductor. Cuando llegó a urgencias, presentaba una hemorragia intrauterina severa.

Ainsley lo había mirado sin comprender, con la mente nublada por los fármacos.

El médico exhaló despacio, bajando ligeramente la carpeta.

— Tuvimos que realizar un legrado de emergencia para detener el sangrado y limpiar la cavidad uterina. Había un desprendimiento completo.

— ¿Un... qué? —logró articular ella, con la voz rota y áspera.

— Un procedimiento de evacuación uterina, Ainsley —explicó el médico con delicadeza firme—. Se encontraba usted en la semana ocho de gestación. No lo sabía, ¿cierto?

El tiempo dentro de la habitación pareció congelarse.

El sonido del monitor continuaba, pero la pelirroja dejó de escucharlo. La habitación pareció perder su centro. Las paredes blancas se distorsionaron y el aire volvió a volverse escaso, denso.

— ¿Gestación...? —repitió en un hilo de voz.

— Usted se encontraba en la octava semana de gestación —le explicó con delicadeza firme—. Estaba embarazada, Volkova. El daño celular por la toxicidad hizo inviable el embarazo. No fue una opción estética ni preventiva, fue una medida de urgencia para evitar una infección sistémica que te habría costado la vida.

Embarazada.

Ocho semanas.

Las fechas se alinearon en su mente con precisión devastadora. Ocho semanas atrás había sido la última noche que estuvieron juntos. La última noche en que él le había tomado las manos, antes de esfumarse a la mañana siguiente sin dejar rastro, sin dejar una nota, sin volver jamás.

No solo había pasado semanas llorando por un amor que creía abandonado; llevana en sus entrañas la única prueba viva de que ese amor había existido. Que en un intento desesperado por escapar del dolor y de la soledad, ella misma, en su desesperación por borrar la sensación de sentirse abandonada, lo había destruido todo.

— No... —un gemido ahogado se le escapó del fondo de la garganta.

— Necesito que te mantengas tranquila, tus niveles de...

— ¡No! —gritó, interrumpiendo el comunicado del doctor, intentando llevarse las manos al vientre, pero el cable de la vía se tensó, lastimándole la muñeca.

Llevó la mano libre hacia su estómago bajo, presionando sobre la bata de hospital. Sintió el vacío. Un vacío físico, frío, definitivo. No había dolor punzante en la piel, solo una ausencia abismal en el centro de su cuerpo.

— Perdóname... —susurró, rompiendo en un llanto descontrolado que le sacudía todo el torso—. Perdóname...

El médico no intentó ofrecer frases hechas de consuelo. Sabía que no había palabras capaces de llenar esa clase de grieta. Se limitó a colocar una mano sobre el hombro de la joven durante unos segundos, comprobó una vez más los parámetros del monitor y caminó hacia la puerta.

— Dejaré una dosis ligera de sedante en el suero —dijo suavemente antes de salir.—

La puerta se cerró.

Sola en la penumbra de la sala de urgencias, se acurrucó de lado como pudo, abrazando sus propias rodillas, hundiendo el rostro en la almohada dura del hospital. El llanto amargo inundó la tela mientras él sedante comenzaba a ir lentamente por sus venas, sumergiéndola de nuevo en una bruma helada.

. . .

De vuelta en el presente, la lluvia continuaba golpeando el cristal de la habitación con una furia constante.

Ainsley permanecía acurrucada sobre la cama, abrazando el mameluco blanco contra su estómago vacante, hundiendo la cara en la colcha para ahogar los gritos que le quemaban la garganta. El llanto no limpiaba nada; solo dejaba un rastro amargo y seco en su piel.

Abajo, el tocadiscos llegó al final del vinilo. El brazo metálico de la aguja regresó a su sitio con un chasquido seco, denso, absoluto, donde solo se escuchaba el murmullo incesante del agua afuera y la respiración corta de una mujer que continuaba muriendo en vida.

0 partes · 6 Puntos de vista · ▲ 0 · ▼ 0 · 0 votos

Índice

Aún no hay partes publicadas.