Confesionario religioso

LEER BAJO SU PROPIO RIEZGO | CONTENIDO INAPROPIADO +18
CONFESIONARIO RELIGIOSO

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En los albores de la humanidad, al principio de los tiempos, cuando la religión era más simple, cuando la humanidad solo conocía a un Dios sobre todas las cosas, se elaboraron los primeros templos. La primera ciudad en ser construida fue la ciudad de Enoc/Henoc, la cual fue fundada por el primer errante, por el hijo maldito, el creador del fraticidio: Caín.

En su temor por la vida ante la marca que Dios le otorgó, ante la inmortalidad que le fue impuesta, en los primeros siglos de vida todo se volvió un aprendizaje continuo. En busca del perdón, Caín inauguró el primer templo dedicado a Dios. A diferencia de sus padres, de su hermano, Caín jamás escuchó el Evangelio de Dios. Por lo que no sabía la forma correcta para acercarse a Él, a su gracia celestial, por lo que se vio obligado a expandir sus opciones. En las primeras épocas, todos los humanos que comenzaban a repoblar la tierra eran descendientes de Adán y Eva, y al pasar de los siglos, cuando ya sus padres ascendieron al cielo, miles y miles de nuevas almas comenzaban a explorar el mundo, hasta que los errantes encontraron su asentamiento, lo cual en aquel entonces eran solo apenas algunas casas que servían como almacenes para el uso propio de Caín.

Enoc prosperó, creció gracias a la llegada del "Pueblo de Dios". Esta generación de hombres y mujeres pensantes conocía la verdad del Evangelio. Fueron instruidos en vida para adorarlo, para seguir sus leyes y mandamientos, y a través de la oración, algo que para Caín era nuevo, podían tener una comunicación directa con Dios siempre y cuando sus almas fuesen dignas. Entre los nuevos errantes que llegaron a Enoc, estaban los por sí mismos llamados "Khabir". Un khabir era un jefe que durante generaciones funcionaba como guía, explorador y jefe moral del grupo de errantes, y la generación del khadir que llegó a Enoc era próspera y abundante, poblada mayormente de mujeres jóvenes y atractivas.

Entre todas esas mujeres, existió una de las primeras sacerdotisas de la humanidad, la cual llevaba por nombre Zoia. Era una mujer que deslumbraba belleza, de preciosa personalidad, con una calidez sin igual, con un deseo por el conocimiento que sobrepasaba su prudencia. Caín, como guía viva durante siglos, tenía los conocimientos más avanzados hasta la fecha sobre medicina, sobre higiene, sobre teoría y práctica, lenguaje, señas, defensa personal, siembra, sobre la crianza de animales, entre otras cosas. Para una mujer como ella, él era como una fuente interminable de información, y deseosa de saber más, fue ella la que abandonó su "rectitud y firmeza" como hija del Khadir para hablarle no solo al hombre, sino al rey de la ciudad, el cual en ese entonces era él, Caín.

El Khadir, por más que estuviera en contra de las acciones de Zoia, no podía interferir. Sus redes protegían a la heredera con recelo y cautela; sin embargo, dentro de las instalaciones de Cain, ningún guardia tenía autoridad. Como una polilla atraída hacia el fuego, la mujer volaba hacia su destrucción, o quizás hasta el refugio que siempre le fue negado por sus obligaciones. Tras meses de charlas profundas, largas, que se volvieron rutina, la relación entre ambos había dejado de ser la de un rey y su discípula a la de una mujer enamorada de un hombre.

Todos los días, cuando el templo angular quedaba vacío, la única que cumplía con sus labores en el lugar era Zoia y las mujeres jóvenes del clan del Khadir, ya que él le otorgó la propiedad a Zoia como un acto "de fe". Cuando en el fondo, solo deseaba mantenerla más controlada. Caín era un ente imponente. En las épocas de oro, los humanos no eran pequeños, eran mucho más altos que en la actualidad. Zoia medía 2 metros con 65 centímetros. Era especialmente alta, proveniente de una descendencia bendecida por Dios, llena de prosperidad. Era el ejemplar de una mujer perfecta. Caín, como hijo primogénito de Adán y Eva, productos de una creación artificial, no podía calificarse como un humano. La raza que se les asignó a Adán y Eva y a Caín y Abel era la raza de "Los primeros". La particularidad con esta raza es que no necesitaban tener un alma pulcra para tener constante comunicación con el cielo, y así mismo, por colateral, por las bendiciones que esto representa. Como primero/primus, Caín en su adultez medía 2 metros con 90 centímetros.

Una montaña de músculos con una fuerza abismal. Los guardias o civiles no se atrevían siquiera a mirarlo fijamente cuando caminaba, y donde entrase, la orden de retirarse estaba implícita. Esa mañana, entro en silencio al "Templo del Khadir". Que fue el nombre que se le asignó después de haberlo obsequiado, y en el confesionario, de rodillas, ella rezaba, oraba, suplicaba en susurros. Del otro lado del confesionario no había ningún religioso, no había nadie capacitado para la ordenanza, por lo que él pudo acercarse lo suficiente sin que nadie alertara de su presencia, hasta que sus susurros fueron audibles para él.

[—Perdóneme, padre, pues he pecado. De cierto os digo que conozco su palabra y sus enseñanzas, y conozco que el pecado empieza desde el pensamiento hacia los impulsos. De cierto sabéis que soy una mujer que no se ha casado ni ha concebido un hijo; mas he pecado en el deseo de entregarme como mujer al rey de la ciudad. ¿Es impropio en una mujer sentirse deseada cuando las caricias suelen ser tan reconfortantes que ascienden a lo placentero? Libra mi mente del pecado, y si hay pensamientos impuros que se alejen de tu sendero, guíame de nuevo hacia él.]

De pie, oculto en la sombra de una columna, Caín observaba el semblante frágil y grácil de Zoia, entregada a su convicción. Por un instante, alzo la mirada hacia lo alto del templo, hacia el enorme ventanal por donde se filtraba la luz solar. Cuando bajó la mirada, Zoia miraba sobre su hombro; quizás se percató de su presencia, y él pudo presenciar el momento en que aquellas mejillas generalmente imperturbables se encendieron en un sonrojo intenso. Sus piernas temblaron por un momento. Abrió su boca; sin embargo, no salió ninguna palabra, ninguna frase. Observo sus labios temblar, sus ojos sin saber a dónde mirar, a lo que él aprovechó para acercarse otro paso. Lento, corto, deliberado, hasta que estuvo detrás de ella. Zoia apretó sus dedos en el suave cojín donde sus rodillas descansaban, hasta que susurró.

[—Mi señor... ¿Puedo saber desde cuándo estáis ahí? Yo... yo estaba..]

—Tú estabas haciendo lo que tenías que hacer, no os preocupéis por el resto.

Su voz cortó la vacilación en la mujer. La mano derecha del gigante se acercó lentamente hasta el hombro desnudo de la mujer, y por primera vez, sus ásperos dedos teñidos por el imposible trabajo la tocaron. Fue un roce gentil, cálido, deslizándose solo por su hombro. Un suspiro caliente brotó de los belfos de la castaña. De inmediato, con su zurda intentó cubrir su boca, lo que generó en él una sonrisa pequeña, adornada de un oscuro matiz silencioso. Le había gustado ese sonido, y una parte de él deseaba escuchar más, necesitaba más. Caín quitó su mano de su hombro e inclinándose hacia ella, hasta su oído, al grado donde su barba acarició el lóbulo de su oreja. En un tono lo suficientemente grueso y bajo para que solo ella le escuchara, susurró.

—¿Por qué le pides perdón a Dios por algo que puedo cumplirte si me lo llegases a pedir?

Zoia no podía responder. Sus muslos se apretaron por instinto, su aliento se tornó errático y, entre sus dedos, debido al frío del lugar, escapaba el vaho que ella inútilmente intentaba callar de sus respiraciones. Caín la sujetó con ambas manos de la cintura y, conforme él se levantaba, la alzó con él, buscando ponerla de pie. Las rodillas de Zoia temblaban, al grado donde tuvo que sujetarse del banquillo frente a ellos para no caerse. A sus espaldas, Caín adentró sus dedos por los bordes del vestido de la mujer, ascendiendo por su curvilínea cintura. La piel de la mujer, pese al frío que los rodeaba, parecía arder entre sus fríos dedos. Caín continuó ascendiendo hasta que sus dedos se hundieron en la suave carne de sus pechos. Cuando el apretón dominó su pecho, el primer gemido escapó de sus labios. No podía contenerlo, no podía aguantarlo. Bajó la cabeza, mientras su cabello desordenado caía hacia el frente. Sus piernas seguían temblando muy ligeramente, y pese a que sus instintos le suplicaban detenerse, ella en el fondo anhelaba que esto sucediera.

[—Mi señor, perdóneme porque eh... eh pecado. Perdone a su... su hija por caer... ¡Mmmhg!~ ante la tentación carnal..]

De su voz quebrada, como un mantra, aún se entregaba a la salvación, mientras las manos de Caín la arrastraban a un callejón oscuro, sin salida. Con un suave tirón, el vestido de sedas blancas, pulcras y cómodas se deslizó por la pálida silueta de la mujer hasta que quedó completamente desnuda. Caín, inclinado hacia ella, aún en su oído, deslizó sus dedos por su cuerpo, por su vientre, por su abdomen, explorando su piel hasta llegar a su centro, a su sexo. Por voluntad propia, como si estuviese realmente incómoda, abrió sus piernas casi inconsciente, y los dedos de su diestra, con una gentileza que pocas veces mostraba, se deslizaron por toda la extensión de sus labios vaginales hasta finalizar en su clítoris, en el cual ejerció una suave presión con su índice.

—Que este templo sea testigo de cómo dejas de ser una Khadir... para volverte la mujer del rey en carne y alma. —Zoia se giró hacia él, buscando su mirada, y con sus ojos consumidos en pequeñas lágrimas, se inclinó hasta él, hasta sus labios, susurrando un frágil susurro antes de besarlo. —[Por favor...] —Cain no sabía si deseaba que se detuviera, si le suplicaba que continuara, o que hiciera algo más; sin embargo, en ese momento la mujer dejó de luchar contra la corriente para aceptar ser consumida por las manos que la ultrajaban, que la hacían sentir barro caliente en manos de un alfarero.

Con su zurda, de un tirón, Caín bajó la parte baja de su atuendo, revelando su miembro, erecto, duro, adornado y remarcado con venas que recorrían toda la extensión del falo. Con la zurda, su mano dominante, sujetó el falo, llevando el glande hasta la intimidad de la joven. Un quejido escapó de Zoia cuando lo sintió en su entrada. Caín era demasiado grande para ella, en muchos aspectos; mas, lejos de acobardarse, casi como si supiese lo que debía hacer, se separó de sus labios para volver su vista hacia el frente. Inclina su torso desnudo hasta quedar su abdomen apoyado en el banquillo. Sus manos sujetadas de la madera se apretaron, sintiendo cómo él comenzaba a empujarse contra ella. Se puso de puntillas, con los muslos temblando de anticipación, hasta que el glande logró abrirla. Un quejido largo, húmedo, casi como un grito ahogado escapó de su garganta. El llanto adornaba sus mejillas mientras las lágrimas caían. Había perdido su virginidad, mas no hubo queja, ni suplica. Sabida de lo que significaba entregarse a un hombre por sus conocimientos, trató de aguantar el dolor hasta que sus paredes pudieron adaptarse al tamaño del hombre, y por cuenta propia, queriendo que el dolor mermara por completo, fue ella quien empujó sus caderas hacia atrás, avanzando centímetro a centímetro hasta que se sintió completamente llena. Un gruñido gutural la hizo golpear la madera. Suspiros, sollozos, jadeos eran liberados. Su cuerpo ya no temblaba, se sentía sin fuerzas, exhausta, por lo que ahí se giró sobre su hombro. Su cabello sudado no dejaba ver sus ojos, solo sus húmedos labios rojizos entreabiertos.

[—Por favor, mi señor... sea gentil con esta mujer... Siento que me falla el aliento..]

Caín se afianzó de la cintura de Zoia y, al oírla, un pesado suspiro escapó de su garganta. Por un momento, cerró sus ojos, "mirando" hacia arriba. Estaban profanando un lugar sagrado, a sabiendas de que era vigilado, juzgado y señalado por las divinidades, y sabiéndose errante, maldito y desterrado, aceptó su pecado, retirándose lentamente del interior estrecho y caliente de Zoia, y al bajar la mirada, los hilos de sangre que adornaban su miembro anunciaban que le había robado lo más valioso que ella tenía, lo digna y pulcra que era. Se sentía demasiado bien dentro de ella, mas no quería lastimarla, por lo que, tal y como le suplicó, comenzó a moverse a un ritmo extremadamente lento, despacio, gentil, hasta que los fluidos de ambos crearon la lubricación acorde para que fuese más placentero.

Así, entre gritos, gruñidos y gemidos ahogados, Zoia se volvió la mujer de Caín, la esposa del rey, siendo su primera vez en el lugar más sagrado del pueblo, bajo la vigilia de Dios. Un pecado que ambos arrastrarían de por vida.

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