°•°•||Jinn tales.
Muchas voces, los mismos murmullos, la misma historia: "A las afueras de la ciudad, atravesando el mar seco, hay un oasis".
Ella, de vida sencilla y monótona, poca credibilidad le daba al relato. Los días eran demasiado pesados para jugar al cazacuentos, y su edad ya no era la apropiada para hacer un viaje tan riesgoso. Pero los suspiros, la frustración, nunca faltaron por culpa de su joven hija, quien sí creía en fantasías.
"¿¡Y qué de bueno tiene ese oasis!? ¡Tenemos agua, comida y un techo aquí! ¡Deja de decir tonteras y mejor ayúdame a guardar las cosas de tu difunto padre que en paz descanse!". Un día, mientras hacía las tareas del hogar, explotó, ya que su hija volvía a insistir con ese cuento sin fundamentos. Su hija, impaciente por revivir una milésima vez esa historia, respondió casi inmediatamente; "¡Tú no me escuchas, por eso no lo sabes! ¡Allí hay un genio! ¡Un hombre que puede concederte lo que sea y solo tienes que encontrarlo!". La misma historia, el mismo personaje.
Los días pasaron fugaces, uno tras otro como gotas de lluvia, y con ellos fueron desapareciendo personas en la ciudad. Primero los más jóvenes, y seguido de ellos quienes iban a buscarlos.
La vida le quitó a su marido. Un cuento a su hija. Ni los vecinos, ni los guardias de la gran puerta de la ciudad, fueron capaces de hacerle desistir de su búsqueda.
Determinada cruzó las arenas, soportó calores infernales y tormentas inclementes. Entre hambre y tristeza creyó ver una cruel broma de la vida, un espejismo del lugar que tanto ansiaba ver. La arena pegada a su cuerpo, pequeñas piedras que punzan el cuerpo que con pesar se arrastra. Y antes de llegar perdió la fuerza, y el mundo oscureció de repente.
•••
Con la vista borrosa y los labios temblorosos, entre sollozos suplicó por ayuda.
Sonriente y malintencionado, ofreció sus poderes para concederle su más grande anhelo: "Traeré de regreso la felicidad y la pasión que se te fueron arrebatadas hace mucho tiempo". Eso exclamó. Y, bajo su propia perspectiva, lo cumplió.
•••
Entre agua y sudor, bajo la sombra de las palmeras.
Sus manos grandes, sus manos fuertes, aferran sus dedos con fuerza a la piel ajena, un agarre tan agresivo como el fuego que abraza a la madera hasta las cenizas.
Los labios rozan la piel con tanta delicadeza. Besos bruscos, besos en zonas que alguna vez fueron exclusivas para un solo hombre. Besos que suben la temperatura, besos como brasas en el trigo seco.
Allí, en el Oasis, hubo placer, hubo dolor y hubo culpa.
"¿Por qué?", "¿Desde cuándo?".
Esas eran siempre sus preguntas.
"Te haré un par de marcas y luego podrás irte a dónde quieras".
Esa era siempre su mentira. Por alguna extraña razón que nadie explicó, decidía creerle.
•••
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