Día 1: Susurro
Un destello de la infancia.
A los diez años, el mundo de Amelia medía lo que abarcaban los inmensos pasillos de la gran mansión familiar. Entre paredes revestidas de madera oscura y techos altísimos, la pequeña solía buscar refugio en el estudio de su abuelo. Era allí donde el tiempo parecía detenerse, sostenido únicamente por la voz grave y cálida del anciano, quien le susurraba historias al oído que la hacían sentarse en el borde del sillón, con los ojos abiertos de par en par y el pecho lleno de una esperanza infinita. Él le prometía que el mundo exterior era vasto, lleno de maravillas por descubrir, y que ella poseía la fuerza necesaria para conquistarlo.
Sin embargo, los susurros en aquella casa no siempre venían de los labios de su abuelo.
Mientras los ventanales altos dejaban pasar la fría luz de la tarde, por los pasillos y detrás de las pesadas puertas corrían otros murmullos, voces sigilosas que no se atrevían a decir su nombre en voz alta. Los empleados y los parientes lejanos la miraban de reojo desde las esquinas, señalándola en silencio con miradas cargadas de expectativas y silenciosa envidia. En cada rincón se comentaba lo mismo con tono de advertencia y codicia: ella era la elegida, la niña destinada a heredar la imponente fortuna del abuelo.
Y así, sentada en medio de aquel silencio dorado, la pequeña Amelia aprendió muy pronto que, en ese lugar, las palabras podían ser una caricia esperanzadora o una sombra que la señalaba antes de tiempo.
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