01.

— ¿Día 0?

La noche había dejado de significar algo para él. Al principio la esperaba, después la disfrutaba y, con el tiempo, simplemente aprendió a soportarla. Había caminado bajo lunas que ya nadie recordaba, cruzado ciudades que terminaron convertidas en ruinas y visto bosques desaparecer bajo el hierro y las cenizas de los hombres.

Sí , había amado algunas cosas; había confiado y había esperado que alguien permaneciera: el último error, ese fue el último.
Los secretos nunca duran, jamás lo hacen. Y sí de pura suerte algo permanecía en secreto, inventaban rumores.
Los hombres lo llamaron monstruo, los religiosos decían pecado, los nobles llamaron bestia cuando dejaron de necesitarlo y los pobres lo llamaron demonio cuando tuvieron miedo. Así de fácil fue un descarte.

Y quienes decían quererlo fueron los peores, el odio de un enemigo podía soportarse, el desprecio de un desconocido también, pero la decepción de alguien a quien habías entregado una parte de ti permanecía. Por eso dejó de entregar nada: ni confianza, ni afecto, ni promesas, ni siquiera el nombre con el que tantas personas lo conocieron y maldijeron.

Si alguien lo odiaba, le devolvía el odio. Si alguien despreciaba, hacía que lamentara haber pronunciado mi nombre.

Si alguien intentaba herirlo, ya no encontraba nada que pudiera romper, porque hacía mucho tiempo que había endurecido algo que nadie tocaba, ni tampoco llegaba.

Siglo XVIII.— Suiza.

Aquella noche llegó a un pueblo que no aparecía en ninguno de los mapas. Había llovido. El camino estaba cubierto de barro y las ramas de los árboles parecían dedos de almas en pena que intentaban arrastrarte al bosque con ellos. Entonces, descendió de su caballo, sin prisa. No tenía a dónde regresar. Nunca lo tenía. Una casa pequeña a sus espaldas, de piedras y paja, quizá madera, con una luz encendida detrás de una ventana.
¿Un hotel?¿Hostal?

Al adentrarse el olor del cigarro, alcohol, risas de hombres y mujeres compartiendo la noche como si fuera la última y quizá era así. Quién sabe que pobre desgraciado amanecería muerto, decapitado o quemado mañana.

“Pobres diablos ”
Fue ese el primer pensamiento de Bill.

Eligió una mesa, la más lejana.

“dame lo mejor que tengas”.
Fue lo único que dijo y Bill se recargó en el respaldo de la silla. El cartel le dió la bienvenida a través de la ventana ¿gästgivaregård?

—¿Quién eres?

Su voz atravesó el ruido, tan de repente, molesta.

Bill ni respondió y observó al frente, a la danza que se hizo en medio del salón por quién sabe que tontería.

Ella entrecerró los ojos ¿Quién se cree?

—Te estoy hablando.

¿Qué estaba captando?. Hacía siglos que nadie le hablaba de esa manera.
Cómo explicarlo...
Sin miedo, sin reverencia, sin odio. Simplemente como si fuera una persona. Bill se levantó y la mujer retrocedió un paso pero no se fue. Era pequeña, rubia, ojo azul y claramente desafiante.

—Me llamo Satoru.

La mentira salió con naturalidad. Ya no recordaba cuántas veces había cambiado de nombre, de origen. Ciertamente, era lo que menos le importaba.

—Yo soy Novalie.

»Novalie«.

Encantador, un nombre sueco para alguien que le embona como anillo al dedo. Quizá porque sonaba demasiado bonito para pertenecer a alguien que todavía vivía en un mundo tan cruel y despiadado.

—Te felicito.
¿Normalmente eres tan agresiva con tus clientes?

Le dijo cortésmente, volviendo a su silla y tomando el vaso en su mano, dándole un sorbo.

—Sólo a los interesantes.
¿Estás perdido?

Bufó, divertido. Qué palabra tan pequeña.

—No.
Bill miró el techo, solo unos cortos segundos antes de mirar a Novalie.

—Solo estoy cansado.

Novalie guardó silencio y entonces ocurrió algo que, personalmente, le resultó mucho más aterrador que cualquier cruz, cualquier espada o cualquier cazador.

—Entonces sígueme, Satoru.

La miró.
No entendía pero no era como no se hubiera detenido. Cuando menos lo vió, iban subiendo al segundo piso por escaleras de madera desgastadas que probablemente, al igual que él, habían visto demasiado.

—¿Por qué? No me conoces.

Ella se encogió de hombros.

»Maldita.«

—Porque está lloviendo.

Qué estupidez y que excusa tan tonta.
¿Una invitación?¿Para él?. Una desconocida. Nada más. Y, sin embargo, sintió miedo. No el miedo que había sentido cuando alguien intentaba matarlo. Era distinto; mucho peor.

Porque después de tantos años sin tener nada, por primera vez tuvo algo que podía perder por culpa de los hombres, de las religiones, estigmas. Y era estúpido ¿Porqué pensaba eso sí apenas hace unos momentos atrás quería arrancarle la garganta?

Y odió a Novalie por ello.
La odió porque su voz había conseguido atravesar parte de una muralla que había construido durante siglos.

Y lo peor de todo era que una parte de él ya sabía que, si se quedaba demasiado tiempo, volvería a querer algo. Y él ya no sabía cómo sobrevivir a eso.

»Novalie, creo que te has condenado«.

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