Para Siempre

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Lidia Johnson es una joven de veintitantos años que trabaja en el supermercado de Edelweissville junto a su amiga Camila. Es una mujer humilde y honesta. Obtuvo ese empleo para ayudar a sus padres a pagar sus deudas.
Egmont Von Rothstein, por su parte, pertenece a una familia adinerad

{Prólogo}

 

El frío cala mis huesos. El viento azota las puertas y ventanas. Estoy afuera de la casa, la cual es de madera, pintada de blanco y el tejado rojo. Lloro sin consuelo, sentada sobre la tierra, junto a los restos de quien era mi amado. Su cadáver humeante yace en el suelo, cerca de mí. Uno de esos hombres de vigila, me han obligado a ver su muerte; lo único que pienso es en el sufrimiento y el dolor que sintió él al morir así, de esa forma tan cruel. Fue quemado vivo.

El interior es saqueado por el resto de esos hombres, buscan a más como mi esposo, pero no hallarán a nadie porque en la modesta casa, alejada de la ciudad, sólo vivíamos nosotros, mi hija de dos años y una sirvienta, que me ayuda a cuidar a mi bebé. Una familia normal, eso parecíamos; nada raro en la apariencia o el comportamiento nos delató. Él era un hombre cariñoso y en cuanto al trato con los demás ciudadanos era cordial, no se metía en líos y pagaba sus impuestos a tiempo, un buen ciudadano.

Yo, una mujer bondadosa y amable, me gustaba ayudar a los necesitados, no me involucraba en los chismes ni nada parecido; lo único diferente en mi familia era la poca asistencia a la iglesia.

Hace unos días llegaron a la ciudad estos hombres, no más de seis; se suponía que estaban de paso. Se dedicaban a ir de bar en bar, sus actividades se limitaban a la noche, pero no molestaban a nadie. Aquellos hombres estaban en busca de “algo”; ese friolento día pretendían marcharse muy temprano.

Muy de mañana se convocó a reunión importante que se celebró en el ayuntamiento, todos los ciudadanos se reunieron, hasta aquellos hombres. Los seis vestían de negro y sólo se limitaron a observar a los demás; uno de ellos es particularmente extraño, es más joven, como de unos veinte años, su cabello es castaño oscuro, sus ojos son ojos de color café. Su piel es pálida.

Al culminar la asamblea, nos dirigimos a casa con prisa, mi esposo dijo que teníamos que marcharnos, pero ellos llegaron antes de que partiéramos. El joven sabía que de día estábamos débiles y no podríamos defendernos. Me quedé dentro de la casa, oculté a la sirvienta con mi hija.

Han terminado de revisar la casa, se acercan a donde estoy. Me miran con desprecio y puedo asegurar que con odio.

 

—Incendien la casa —dijo uno de ellos, su cabello era negro, con algunas canas. Su rostro tenía algunas arrugas y su mirada era fría.

— ¿qué hacemos con la mujer? —peguntó otro, observaba como sus compañeros prendían fuego a la casa.

 

El joven me miró; siento que mi corazón se detuvo por unos segundos, no podía pensar en otra cosa que no fuera mi hija. Cuando su mirada se encontró con la mía, supe que estaba perdida y que tendría la misma suerte que mi amado. Aquel muchacho sabía lo que era, así como yo supe quién era él. Decidieron que me llevarían con ellos, tratarán de obtener información, pero moriré antes de decir lo que sé.

No sé qué pasará con mi hija, espero que sobreviva y Mireya la oculte bien. 

Mientras yo trataré de sobrevivir a estos cazadores.

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