Gerard Lamont Cambio su foto de perfil
5 D

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    ⠐ㅤ𝕺 𝖎 𝖉 𝖍 𝖈 𝖍 𝖊 ㅤ𝕾 𝖍 𝖆 𝖒 𝖍 𝖓 𝖆ㅤ⠐

  ❝ 𝑷𝒐𝒓𝒒𝒖𝒆 𝒎𝒊𝒍 𝒂𝒏̃𝒐𝒔 𝒅𝒆𝒍𝒂𝒏𝒕𝒆 𝒅𝒆 𝒕𝒖𝒔 𝒐𝒋𝒐𝒔
     𝒔𝒐𝒏 𝒄𝒐𝒎𝒐 𝒆𝒍 𝒅𝒊́𝒂 𝒅𝒆 𝒂𝒚𝒆𝒓, 𝒒𝒖𝒆 𝒑𝒂𝒔𝒐́,
     𝒚 𝒄𝒐𝒎𝒐 𝒖𝒏𝒂 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝒗𝒊𝒈𝒊𝒍𝒊𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒏𝒐𝒄𝒉𝒆. ❞

               — 𝐒𝐚𝐥𝐦𝐨 𝟗𝟎:𝟒.
 
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  La carta apareció traspapelada entre informes, confesiones y numerosas quejas sobre el herbolario de ojos raros y padres exhibicionistas.

Llevaba el remitente de un muchacho entusiasta de buscar palomas en los tejados y respuestas necias en los chismógrafos. Suspiró, recordándose que debía ser indulgente con el espíritu festivo de la gente. Después de todo, ya no estaban en el siglo XVI.

Algo en su fuero interno se enternecía ante la idea de una travesura infantil. No era ajeno al espíritu aventurero de la juventud, aunque, si se le preguntaba, jamás había sido un muchachito desobediente. Quizá algo veleidoso y respondón, pero nunca necio.

Suspiró.

—Dejad a los niños ser niños —se recordó mientras leía el acertijo.

  𝐶𝑎𝑚𝑖𝑛𝑜 𝑒𝑛 𝑠𝑖𝑙𝑒𝑛𝑐𝑖𝑜,
  𝑚𝑖𝑠 𝑜𝑗𝑜𝑠 𝑏𝑟𝑖𝑙𝑙𝑎𝑛 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑.
  𝐷𝑖𝑐𝑒𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑡𝑟𝑎𝑖𝑔𝑜 𝑚𝑎𝑙𝑎 𝑠𝑢𝑒𝑟𝑡𝑒,
  𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑛𝑜𝑐ℎ𝑒 𝑠𝑜𝑦 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑑𝑒𝑐𝑖𝑑𝑒 𝑡𝑢 𝑑𝑒𝑠𝑡𝑖𝑛𝑜.
  ¿𝑄𝑢𝑖𝑒́𝑛 𝑠𝑜𝑦?

—Niñerías. —respondió sin pensar, depositando la carta sobre la pila de documentos que ya había revisado y que tendría que archivar.

Algo en su visión periférica le hizo alzar la vista.

Frunció el ceño y examinó la mano que segundos antes había sostenido la carta. Le faltaban las cicatrices, los callos y las durezas. Era su misma mano, sí, pero como si nunca se hubiera roto los huesos, como si jamás hubiese empuñado un arma hasta desgarrarse la piel.

Un largo mechón de cabello azabache le cayó sobre los ojos. Se lo apartó, peinándoselo hacia atrás con un gesto impaciente. Demasiado largo. Tendría que encontrar una tira de cuero para recogérselo.

Fue al ponerse en pie cuando comprendió que algo estaba terriblemente mal.

Su estatura seguía siendo la misma. Sus hombros conservaban su anchura, su cuerpo la robustez de un muchacho criado para combatir desde que aprendió a andar. Sin embargo, sus huesos se sentían más ligeros, la musculatura menos endurecida y el rostro, aunque familiar, había perdido los ángulos que los siglos terminarían por acentuar.

Alzó la vista hacia el cristal de una vitrina.

Allí estaba Alistair. El noveno príncipe exiliado de los MacLaomainn.

Dieciséis años.

El cabello oscuro, los ojos grises, las facciones todavía jóvenes. Ninguna de las marcas que el tiempo, la guerra y el deber habían dejado en él. No era un extraño quien le devolvía la mirada, sino aquel muchacho que había sido antes de que la vida comenzara a cobrarle sus deudas.

—¿Qué car...?

Se interrumpió. Cerró los ojos y respiró profundamente. Quinientos años de existencia no le habían enseñado a tolerar las impertinencias de la magia.

Abrió los ojos.
—Voy a encontrar al gato.

Una pausa.

—Y después, al brujo.

Porque una cosa era permitir que los niños fueran niños y otra muy distinta consentir que le hicieran perder cinco siglos de edad sin siquiera solicitarle permiso.

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