Kuromori añadido nuevas fotos a Escritos
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Las luces del recinto se extinguieron de golpe, sepultando el escenario en una penumbra absoluta. Solo permanece un resplandor azul colbato, denso y negrusco, que perfila con nitidez la silueta de Haru mientas las primeras secuelas electrónicas emergen en el aire. La batería programada avanza con cadencia pesada y acompasada; el bajo retumba con pulso telúrico. A su lado Gyro deja que las cuerdas de la guitarra permanezcan sumergidas en una marejada de ecos y reverberaciones construyendo una atmósfera sumamente hipnótica.

Entonces, la figura del vocalista cobró vida. Su cabello azabache, liso, largo con una pulcritud impecable, cae de lado sobre un hombro. El maquillaje oscuro enmarcaba su mirada y ancentuaba la pálida fisonomía de sus facciones, otorgándole una elegancia atávica, entrr lo aristocrático y espectral. Vistiendo un atuendo rigurosamente negro, sobrio pero imponente, dominada por una gabardina larga de corte perfecto. La prenda, ligera y holgada a pesar de su estructura, se ondulaba a cada paso como un velo, convirtiendo la mera sobriedad de su figura en una prolongación de la coreografía.

— El aroma del amor y la muerte está en el aire romántico. — La primera frase de la canción soltó en un susurro. Una modulación grave, felina, sensual y aterciopelada, como si estuviera destinada a un solo oído. — Locura, ignorancia o un sueño lunático.

El canto hizo que todos los espectadores del lugar contuvieran el aliento. El espacio entero se contrae hasta volverse íntimo. Kuromori recorrió el escenario con pasos parsimoniosos y meditado. El italiano ya conocía bien esa metamorfosis. Sabía que aquel japonés trasciende su temple habitual en cuanto el foco o alcanzaba. Sin embargo, esa noche la interpretación de aquella canción poseía algo diferente. La lentitud voluptuosa de la melodía parecía moldeaba a la medida exacta de su compostura.

«¿Desde cuándo esa melodía lo trasformaba en otro? ¿Y le sienta de forma tan descarada?», cavila el guitarrista mientras se obligaba a mantener los dedos en el mástil sintiendo que la mirada se le desviaba instintivamente.

Durante el solo, Haru acorta la distancia. Un paso ágil, otro más. El anuncio de su mirada durante la dulce melodía de aquella voz, advierte a Gyro de inmediato.

«No… este maldito japonés, otra vez.»

Sin romper el hilo del tema, el azabache se posicionó a su lado. Con familiaridad tranquila, apoyó su mano sobre la cadera del guitarrista para acompañar el balanceo de la música. Inclinó un poco su rostro y deja caer la siguiente estrofa a escasos centímetros de su oreja.

— Brilla. Humedeciendo la noche para que se vuelva santa. — una cercanía milimétrica que transformó un gesto escénico en una provocación que enloqueció al público, especialmente al femenino. — Lluvia. Bañándome con las gotas fui tocado… tus dedos, ojos, con mi lengua… erótico.

El italiano tensiona los nudillos, determinado a no errar una sola nota. La voz cavernosa del japones resuena más dentro de su pecho que en los propios monitores, su aliento y ese suspiro o gemido agudo erizaron su piel.

« Concéntrate. No lo mires.»

Cede a la tentación solo unos milisegundos. Terrible error… los ojos delineados de Haru sostienen los suyos con fijeza abismal, y una media sonrisa coqueta, muy pequeña que adornaban su rostro, antes de volver al centro de la escena, le guiña un ojo y toca su largo cabello rubio.

« Maldito seas…»

El siguiente acorde rozó el abismo del destiempo. Mientras que el japonés seguía cantando, el faldón de la gabardina se deslizó tras una mano asciende con lentitud desde su torso hasta la curva del cuello, dibujando sobre su propia piel la cadencia sombría de la melodía.

— Tus ojos brillantes como el zafiro se están nublando, cerca de la luna… — de rodillas, extasiado por el momento, mueve con lentitud y sensualidad sus caderas de arriba hacia abajo, balanceándose mientras todos repetían el coro. — Tus pechos palidecen la luz la luna…

La multitud estalla en un bramido de euforia. Algunos asumían que, la presentación no era más que un pasaje minuciosamente ensayado, otros… no tanto. Haru era más que consciente de que lo era, la diferencia radica en que Gyro jamás podrá lograr desarrollar inmunidad a semejante juego.

Cuando la ultoma nota se extingue en el delay y la oscuridad regresa, Haru agradece y sostiene una botella de agua manteniendo la seriedad que lo caracterizaba tras concluir su presentación. El italiano se aproximó, con la guitarra aún a cuestas y las pulsaciones aceleradas.

— Puedo soportar con estoicismo tus despliegues… o mejor dicho, homosexualidades y coqueterías en escena. — protestó el rubio, ajustando la correa del instrumento con falso enojo. — Pero exijo que dejes de cantarme de esa manera en el oído a mitad de mis solos. Es una maldita distracción, Kuronyan.

El japonés bebe un sorbo con pausa, antes de articular palabra, manteniendo ese temple inalterable que llegaba a desesperar al italiano.

— Consideré que añadía un matiz de tensión orgánica a la ejecución. — responde tranquilamente, encogiéndose de hombros.

— ¡Por poco pierdo el compás de la frase y me ejecutas un acorde en falso!

— Sin embargo… ¿fallaste? No, lo hiciste increíblemente bien, incluso tu tono de voz al acompañarme. Te felicito. En consecuencia, la fórmula fue un éxito absoluto.

Sin decir una palabra más, Kuromori se da la media vuelta. Se quita la gabardina y la cuelga en su hombro, perdiéndose a uno de los camerinos a descansar. Gyro contempló su retirada, negando con la cabeza e incapaz de amortiguar un resoplido de resignación mezclado con una sonrisa involuntaria.

— Qué sujeto tan exasperante…

Después de todo, ya debería acostumbrarse. Si el antiguo guitarrista lo aceptaba sin rechistar, ¿por qué él no?

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