Kuromori Creó una nueva historia/capítulo
1 D

Rapto. | #secuestro_obsesión_locura

Rapto.

Rapto.

La paciencia nunca fue una virtud moral, para Kuromori era una estrategia de observación. Durante varias semanas, el rechazo sistemático de Lucien, las respuestas secas, la manera en que le esquivaba la mirada y el uso constante de "Doctor Kuromori " solo lograban alimentar más esa certeza oculta de que el diálogo convencional fracasó.

Fue entones que su mente dejó de buscar soluciones éticas y empezó a diseñar un plan de retención. No siguió al francés como un sucio acosador, siempre se mantuvo atento y anotaba en un pequeño cuaderno los horarios del fotógrafo, la hora exacta en que salía de su departamento, la ruta que tomaba hacia el estudio fotográfico, claramente conocía su cafetería favorita y sobre todo los días en que asistía como voluntario al refugio de animales. Aprendió a calcular a la perfección los tiempos de los semáforos, los puntos ciegos de las cámaras de seguridad del trayecto y las calles secundarias con menos flujo peatonal a partir de las siete de la noche.

Sabía con exactitud cuándo Delacroix bajaba la guardia; y era en ese instante en que cruzaba el callejón posterior al estudio, donde el ruido del tráfico disminuía y el rubio solía buscar las llaves de su departamento, dejando en su lenguaje corporal el cansancio evidente.

Sus intenciones no estaba el lastimarlo. Tampoco aterrarlo de forma vulgar, lo que estaba planeando no era un acto de violencia ciega. Pero si un reajuste forzado de las circunstancias, tenía la habitación de huéspedes de su casa perfectamente preparada, despojada de cualquier objeto con el que Lucien pudiera lastimarse o intentar forzar la cerradura, pero abastecida impecablemente como quien esperaba a un invitado de honor.

Solo faltaba el detonante final, la última oportunidad que le daría a la razón.

La lluvia caía ligera sobre el asfalto, amortiguando el sonido de la ciudad. Lucien ya había pasado seguro a la puerta de su estudio fotográfico, ajustó el abrigo contra el viento frío de la tarde, no había dado más de diez pasos cuando la figura alta y delgada de Haru emergió de la penumbra junto a su vehículo estacionado.

— Lucien.

El tono de voz del japonés sonó sutil, haciendo que el francés se detuviera en seco. Al volverse, la expresión de Lucien cambió al instante; gélido e indiferente, algo que tanto le había costado ensayar haciendo erguirse de inmediato.

— Doctor Kuromori. — respondió el rubio frío, sin ofrecer un solo paso de acercamiento. — Pensé que habíamos dejado bastante claro que no tenemos nada más que discutir. Por favor, hágase a un lado.

El azabache mantuvo sus manos en los bolsillos de su abrigo, observando cada pequeño detalle de la postura ajena. La manera en que alzaba el mentón, el dolor que se esforzaba reprimir en esos ojos azules, la tensión en sus hombros.

— Solo necesito diez minutos. — dijo voz baja, era un último intento por mantener el marco de la civilidad. — Diez minutos sin ese filtro de tu orgullo y sin mi cobardía pasada. Escúchame.

— No voy a escuchar nada. — interrumpió el francés firmemente, intentando rodearlo para dirigirse a la avenida principal. — No le debo su tiempo ni su paz mental. Con permiso.

El rechazo fue tajante, una puerta cerrada, por milésima vez. En ese preciso instante, algo dentro de la mente de Haru hizo un suave chasquido. La fachada del profesional paciente se disolvió completamente, dando paso a la fría resolución del hombre que ya no tenía nada que perder. La paciencia se apagó, dejando únicamente el mecanismo del plan que llevaba semanas ensayando.

Y, antes de que Delacroix pudiera dar el segundo paso, la mano de Kuromori salió de su bolsillo con velocidad, su agarre no vaciló; sujetó el antebrazo del más bajo con fuerza, bloqueando los puntos de presión para anular la respuesta rápida del músculo.

— ¿Qué crees que haces…? ¡Suéltame! — exclamó el rubio, la sorpresa quebró en ese momento su postura educada. Intentó tirar hacia atrás, pero el japonés era más pesado, un poco más alto y estaba apoyado con firmeza sobre sus pies.

Kuromori no pronunció una sola palabra, el silencio que guardó fue mucho más perturbador y peligroso que cualquier amenaza.

Aprovechó el ángulo ciego del pasaje y la ausencia de transeúntes a esa hora, dio un paso al frente, usando su propio cuerpo para acorralar la figura de Lucien contra la puerta trasera de su vehículo. Con la mano libre abrió la portezuela previamente desasegurada, mientras que con el brazo que aprisionaba al rubio ejerció un empuje constante, metódico e irrenunciable hacia el interior del asiento posterior.

— ¡Haru, no te atrevas! — Lucien forcejeó, su voz bajó por el pánico instintivo al comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo, sin embargo, el agarre en su muñeca y la presión contra su pecho no cedió ni un poco.

— Tranquilo… — susurró el japonés cerca de su oído, su aliento cálido y esa voz aterradoramente calmada heló la sangre del rubio. — Ya lo intentamos a tu manera, Rushi-chan. Ahora lo haremos a la mía.

Fue así, que sin perder la serenidad, Haru inclinó el torso de Lucien hacia el interior, bloqueando cualquier intento de patada o empuje con su propia pierna y cerró la puerta de un golpe seco. El seguro automático se activó de inmediato desde el control central.

El azabache rodeó el auto con pasos serenos, subió al asiento del conductor, ajustó el espejo retrovisor y cruzó la mirada a través del cristal con los ojos azules y alterados de Lucien, que intentaba en vano forzar la manija desde adentro.

Encendió el motor, puso la direccional y se incorporó al tráfico de la ciudad en completo silencio, conduciendo con la tranquilidad de alguien que simplemente regresaba a casa con algo que le pertenece.