#obsession
La presencia de Haru en aquella habitación era como la de un depredador que tenía a su presa en sus garras. Sus manos descansaban sobre sus rodillas, cada segundo de silencio era la acumulación de presión que amenazaba con aplastar las paredes donde mantenía en cautiverio a su amor. Estaba muy lejos del arrepentimiento de haberle fallado a su promesa de dejarlo ir, sin embargo, sentía una satisfacción tan perversa, una devoción que se alimentaba incluso en la falta de aire. El encierro fue su obra maestra, su único altar donde podía adorar a Lucien Delacroix sin interferencias.
— He descubierto algo visceral y desagradable sobre mí mismo. — murmuró al cabo de un rato, sacó de sus bolsillo el encendedor, inclinó su cabeza y prende el cigarrillo que descansaba entre sus labios. Sin apartar la mirada del menor, continuó. — Puedo soportar muchas cosas, Lucien. Tu desprecio, el veneno de tu odio, incluso si decidieras mutilarme con tus propias manos. Todo es ruido de fondo.
Mostró una pequeña sonrisa, sentía de alguna manera placer por tenerlo ahí, frente a él, atado de manos, por segunda vez consecutiva… frustrándole el escape al exterior. Dejó ir el humo, uno denso que bailaba con el inexistente viento que había.
— Pero la idea de que vuelvas a marcharte… — su tono de voz se volvió un siseo, arrastrado. — Ah… esa idea es un parásito que devora mi razón. Es la única verdad que mi sangre se niega a digerir.
Despacio se incorporó, sin apartar los ojos de él, apagó con la punta del pie el cigarrillo. Su silueta proyectaba una sombra que parecía envolver al francés por completo, existía una ternura que resultaba más aterradora y perturbadora que cualquier violencia explícita en su expresión, una contradicción que solo existía porque Lucien era la victima sagrada de su obsesión; la misma criatura a la que habría querido preservar en ámbar y a quien, por el terror paralizante de perderla, había reducido una posesión inerte.
— No voy a insultarte fingiendo que esto es por tu bien. Soy perfectamente consciente de lo que estoy haciendo, estoy rompiéndote para que no puedas irte.
Su voz descendió, convirtiéndose en un murmullo que podía adherirse a la piel ajena como el mismo sudor.
— Quería tenerte tan cerca que tu respiración fuera mía. Quería dejar de preguntarme cuándo sería la última vez que vería tu rostro, cuándo desaparecerías en la nada. Y ahora… — hizo una pausa, acercándose al menor y quedar en cuclillas, sostuvo su mentón con tanta suavidad, quería mirar esos ojos azules que quizás… solo quizás reflejarían la decepción o todo lo contrario. — Ahora estás aquí. Para siempre, incluso si esto es el infierno, es nuestro infierno. Por favor… eres lo único que tengo, no tengo nada más, sonríe.
Lo contempló con devoción enfermiza en absoluto silencio, no estaba buscando perdón por lo que había hecho, sin embargo, si Lucien lo condenaba, él sería feliz.
— Dime, Tsubaki… — su mirada se volvió gélida, posesiva. — ¿Todavía recuerdas cómo te miraba antes de todo esto? Porque yo solo puedo recordar cómo te miro ahora… como mi propiedad más preciada y mi prisión más amada.
Tsubaki 椿
Decidió que el silencio seria su mejor compañia en ese momento, y es que Lucien no podia razonar con tranquilidad, pues sus sentimientos impedian que llegara a un entendiniento de la situación. Ama a Haru, su sentir no desvanecio, ni sufrio fluctuaciones durante el tiempo que estuvieron separados.
No entiende como es que Haru termino de ese modo, con esa obsesión que, pese a no ser sana, ocasiona en Lucien una lucha de sentimientos encontrados. Fue el japonés quien decidió terminar todo, alejarlo de su vida y pretender seguir como si nada, como si la existencia del rubio francés no importara.
— Dijiste que me liberarias, que no importaba si debias comenzar de cero nuestra historia. Dime, ¿Por qué haces esto? Estaba...dispuesto a intentarlo. —la voz del rubio escapó suave, en un murmullo, conteniendo el dolor del nudo en su garganta.
Sus azules se encontraron con esos ambares que continuaba amando cuando Kuromori rompio la gelida dostancia entre ellos. Lucien sintió un escalofrio recorrerle la espalda en cuanto el tacto de los dedos de Haru sostuvieron su montón.— En tus ojos podia apreciar el amor, uno tan sincero, tan puro, como si mi sola existencia llevara consigo el brillo del sol. Ahora...esa mirada está cubierta por algo denso y oscuro.
El fotógrafo volteó el rostro, negándole al azabache el poder verlo a los ojos. Lucien ansiaba volver a casa, estar con Kuronyan, fotografiar y retomar el hermoso romance que tuvo alguna vez con el psiquiatra.
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Kuromori
Soltó una pequeña risa baja, carente de calidez y que retumbó en la penumbra del recinto.
— Sí, yo dije que te liberaría… qué promesa más ridícula y piadosa. — admitió, inclinando la cabeza justo al lado de la oreja del rubio, respirando su mismo aire. — Iba a dejarte marchar creyendo que podía coexistir con tu ausencia, convencido de que el mundo seguiría girando aunque no estuvieras en él. Lastimosamente el silencio que ibas a dejar no me iba a traer paz, sería como una mutilación. Pensar en cada día sin ti sería como morir asfixiado en una habitación sin ventana, rasgando las paredes para poder respirar.
Deslizó la punta de sus dedos desde la mandíbula del francés hasta su cuello, trazando el pulso acelerado con detenimiento, disfrutando de la respuesta involuntaria de su cuerpo.
— ¿Por qué hago esto cuando estabas dispuesto a intentarlo? Interesante pregunta, paciente Delacroix. — mantiene la mirada fija, su tono de voz cayó en un susurro, emponzoñado enfermizo en adoración. — Porque «intentarlo» implicaría la posibilidad de volver a fallar. Implicaría que un día podrías despertar, darte cuenta de lo que soy y volver a cruzar esta puerta. Y yo no voy a apostar tu presencia otra vez. No voy a permitir que el azar o tu voluntad me arrebaten lo único que le da forma a mi existencia. Si para mantenerte a mi lado tengo que convertirme en tu cárcel, entonces seré los barrotes más sellados que hayan existido.
Se inclinó un poco más, apoyando la frente contra el suave hombro del menor, dejando que el aroma de su cuerpo lo envolviera, lo embriagara, suspira.
— ¿Veías el brillo del sol…? — preguntó en un murmuro, con pesadez vuelve a suspirar contra la piel sensible del cuello ajeno. — Qué hermosa ironía, Tsubaki. El sol quema y se pone al final del día; el sol se marcha y deja todo en penumbras. Esta oscuridad que ves ahora no va a desaparecer, porque es la única que puede envolverte por completo sin que la luz de afuera te reclame o te toque.
Esta vez, lentamente buscó de nuevo la barbilla del fotógrafo francés, ejerciendo con firmeza e inflexible agarre para obligarlo a girar el rostro y mirarlo de frente. Sus ojos ámbar brillaban en la oscuridad, desquiciado, sin rastro de duda.
— No quiero ser tu sol, Lucien. Quiero ser tu sombra, quiero que olvides tu hogar, que olvides las fotografías, que te olvides del mundo exterior hasta que tus recuerdos de la libertad sean tan borrosos que esta habitación sea tu único universo. Sé que tu amor no se fue… y voy a alimentarte de él aquí adentro, donde nadie más pueda tocarte, hasta que no sepas dónde terminas tú y dónde empiezo yo.
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Tsubaki 椿
Se mantuvo en silencio, oyendo con tranquilidad, sintiendo como su cuerpo reaccionaba con tanta facilidad a su tacto, a su cercania, logrando que el francés se maldijera a si mismo por ser conciente del diminuto gusto adquirido por esa faceta tan demente por parte de Haru.
Su ceño se mantuvo fruncido, y sus azules mostraban una determinacion y una molestia sincera.
— Eres un idiota, Kuromori. Fue tu culpa que todo escalara hasta este momento. Y ahora, pretendes que me apague porque no soportas la incertidumbre, o el abandono; uno que tu mismo diste el momento propicio para que pasara de ser una oportunidad remota a ser casi una certeza. — bajó su mirada y tragó saliva con dificultad. — Quise y estuve dispuesto a estar contigo aun despues de estos dias de encierro porque te amo, pero no estoy viendo al Mon chat noir que conoci, ese que me miraba como si fuera la mas hermosa rosa del jardin....
Los ojos del francés se cubrieron con una fina y translucida capa de lagrimas. — No sé como comportarme contigo, si soy seco, directo y frio estoy alimentando la culpa que llevas contigo y si soy tan amoroso como siempre, creeras que estás consiguiendo lo que quieres. Cuando ni siquiera era necesario llegar a esto, Dr. Kuromori
Lucien extrañaba a su mascota, se preocupaba por él, por Johnny y Gyro.
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Kuromori
En su mente, los pensamientos se desataron como una marea tóxica, escuchar ese apodo salir de los labios de Lucien, empapado en llanto y resentimiento, no le provocó culpa ni remordimiento; más bien, avivó aquel hambre feroz y destructivo. Le fascinaba y horrorizaba a la vez ver cómo su criatura perfecta, la camelia que juró contemplar desde la distancia, comenzaba a marchitarse bajo el peso de su claustrofobia, por dentro, el médico registraba las lágrimas de Delacroix, la tensión de sus hombros, el ligero temblor en su voz; pero el amante obsesivo, el hombre grotescamente devoto a su flor, devoraba cada gota de sufrimiento como una prueba irrefutable de que el rubio aún sentía, de que aún estaba atado a él.
Quizás pensará que no le importa sus amigos y la aparecida mascota, pero no era así, simplemente quería hacer de cuenta que afuera no había nada, la clínica, la música, los hilos con los que solía mover a los demás… nada de eso tenía peso si Lucien Delacroix no estaba en el centro para atarlo a su cordura. Si para conservar la luz del fotógrafo francés tenía que extirparle las alas, lo haría sin parpadear.
Inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos ambarinos recorrieron el rostro del menor, deteniéndose en el rastro trasparente de sus lágrimas.
— Tienes razón, yo fui quien propició el abandono, quien decidió apartarme y aparentar que no existes. — murmuró sereno. — Intenté comportarme como el doctor Kuromori, como el psiquiatra que te devuelve la libertad para salvarte de sí mismo. Pero ese hombre maduro y abnegado… dejó de existir cuando ya no estabas. De verdad, lo juro, quise darte la libertad, pero por ahora no puedes y no me da la gana de que te marches hasta que tú también dependas de mí.
Lentamente levantó una mano y con el dorso de sus dedos, acarició la mejilla del rubio, siguiendo el camino de una lágrima hasta la comisura de sus labios.
— ¿Cómo no me puedo alimentar de tu llanto y de la culpa? No puedes ignorar que estas atrapado a mi red. ¿Estás dudando cómo comportarte? ¿Frío? ¿Amoroso? — hizo una mueca pequeña, una sonrisa hermosa y a la vez perturbadora. — Haz lo que desees, Lucien. Sé distante, ódiame, escúpeme a la cara o llora por la vida que dejamos fuera de nuestro hogar. Cada una de tus reacciones sigue siendo para mí. Tu odio o tu amor, cual sea de los dos, es energía que me pertenece; tu frío es aire que solo yo respiro; el recuerdo de ese apodo es la prueba de que jamás podrás borrarme de tu sangre.
Se acercó más, aún más, hasta que su frente rozó la del rubio, obligándolo a sentir el ritmo descompuesto de su respiración, el roce de sus labios, el susurro de su voz grave.
— Aquel gato negro que conociste no ha muerto, Tsubaki. Simplemente decidió convertirse en una fiera con tal de obtener lo que le pertenece. Si tengo que ser la pesadilla que sepulte tus recuerdos del sol para que no vuelvas a mirar hacia la salida, seré el monstruo más paciente de tu vida. Llora si lo necesitas, rompe tu voz acusándome… pero hazlo aquí, en mis brazos, porque la única certeza que te queda en este mundo es que jamás, ni en esta vida ni en la otra, volverás a estar solo.
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Tsubaki 椿
Las ataduras le impedían alzar las manos para tocarlo, de modo que se limitó a cerrar sus ojos, a dejarse guiar por el cariño por Haru. Sin embargo, una pequeña arruga apareció entre sus cejas; apenas un instante de dolor que no llegó a convertirse en reproche al recordar, al ser conciente una vez más en lo que aquel hombre se habia convertido. El miedo por la perdida le nublaba la mente al psiquiatra. Lucien no conocia el pasado de Haru, pero si podia conectar con el dolor que solo la perdida era capaz de dejar en un alma que no supo transitar por las sombras sin empaparse de ellas.
— No era necesario que llegaras a este extremo, Haru. En tus palabras noto la seguridad de mis sentimientos por ti, o quizas solo es la arrogancia que ha decidido negar sus miedos.— hizo una breve pausa en su palabras. Buscando disolver aquel nudo que nuevamente se formó en su garganta. Lucien estaba odiándose a sí mismo al verse tan sentimental.
— ...Sabes que mis ojos no voltean a ver a nadie más que a ti. Si tu miedo era no perderme pudiste dejarme ir y ser yo quien quisiera buscarte para vivir juntos. Pero no asi, Haru. No de este modo. Dime, ¿seguiras queriendome, seguiras tan tranquilo sabiendo que quizas mis sentimientos por ti al final solo sean lo que haz creado y no lo que una vez floreció como la más bella flor?
Mientras hablaba, Lucien movia un poco sus manos, las ataduras le generaban una molestia.
— Eres un tonto...
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