El zumbido no cesaba. No era el estruendo reconfortante del metal que solía adormecer sus demonios en el bar, ni el choque seco de los guantes contra el costal. Era un sonido disonante, agudo y constante. El canto de las cigarras. Un sonido que Shiki, moldeada por la mano de hierro de Shimaya, nunca había asociado con la paz, sino con el preludio del desastre.

Estaba en una habitación que no reconocía, pero que se sentía asfixiante. El aire olía a moho, a podrerumbe y a algo metálico... sangre seca. Shiki intentó moverse, pero sus extremidades estaban pesadas, como si sus propias extremidades hubieran sido borradas y reemplazadas por plomo.

—¿Shiki?

Una voz infantil, dulce y extrañamente cruel, rasgó el zumbido.

—La función va a empezar.

Shiki parpadeó. Su visión estaba fragmentada, distorsionada. Por un momento, vio su propio rostro en un espejo roto: ya no era el de una mujer de 28 años. Era el de una niña, con un cabello rojo anaranjado que nunca tuvo. Y sus ojos... sus profundos ojos oscuros estaban ausentes, reemplazados por un iris violeta intenso, que parpadeaba con una luz que no era de este mundo.

—No... esa no soy yo

Pensó, pero la voz infantil en su cabeza se rió.

—Sí, lo eres. Eres lo que él hizo de ti. Un monstruo. Y los monstruos siempre son abandonados.

El pánico, su miedo más profundo y oculto, se materializó. No había nadie más. Aly no estaba. Su padre no estaba. Solo las cigarras y la oscuridad.

De repente, una figura apareció en la puerta entreabierta. Era Shimaya. Pero no el anciano. Era una sombra inmensa, con uniforme militar y ojos que brillaban como carbones encendidos. Tenía a Aly en una mano, inconsciente.

—Hiciste un buen trabajo, Shiki.

Dijo la sombra, con la voz de Shimaya que resonaba.

—Pero es hora de desechar lo que ya no sirve. Ella ya no te necesita. Nadie te necesita.

Shiki intentó gritar, pero de su boca solo salió un sonido mudo.

La sombra cerró la puerta de golpe, pero la habitación comenzó a encogerse. Las paredes, cubiertas de un papel tapiz oscuro, se transformaron en carne que latía. De las grietas, comenzaron a emerger manos. No eran manos humanas. Eran manos pálidas, huesudas, idénticas a las que aparecían en la visión borrosa de su infancia.

Las manos se abalanzaron sobre ella, no para dañarla físicamente, sino para aprisionarla. Shiki luchó con un instinto que no recordaba tener. Se vio a sí misma, reflejada en la imagen borrosa y pixelada que ahora dominaba su realidad.

Estaba atrapada. Su rostro estaba comprimido entre dos barras de metal frío que se cerraban como una mandíbula. Su cabello rojo anaranjado caía en mechones irregulares alrededor de su cara. Sus ojos violetas estaban fijos, paranoicos, mirando hacia una oscuridad que la consumía. Sus propias manos, cubiertas de vendas desgarradas y sangre seca, intentaban separar las barras con una desesperación inhumana. La comisura de su boca estaba arqueada en una sonrisa maníaca y rota, una expresión de puro terror transmutado en locura.

—Cuando las cigarras canten...

Susurró una voz, la suya propia, pero distorsionada.

—...nadie regresará.

Shiki se dio cuenta de que no estaba luchando por salir de la habitación. Estaba luchando por no desaparecer en su propia mente. Las manos huesudas se cerraron alrededor de su garganta, borrando la imagen de la chica atrapada en la pantalla de su propia conciencia.

Tumbada bajo la lluvia...

¿A dónde te has ido?

Ya no estás.

Ya no existes.

La oscuridad se tragó el violeta de sus ojos. Shiki, desapareció. Solo quedó el sonido de las cigarras, que continuó cantando en el silencio abismal, un canto que nadie escucharía, porque nadie regresaría.

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Y desperto sudando, sus ojos estaban aterrados. Aquellas pesadillas habian vuelto una vez mas.

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