El acero cortó el aire con un zumbido limpio, implacable, repitiéndose en una cadencia perfecta que reflejaba siglos de disciplina inquebrantable. Una y otra vez, el brazo se elevaba y descendía en un arco impecable; buscando en el esfuerzo físico una respuesta que su mente se negaba a procesar. En su mano, el Colmillo Sagrado vibraba, pero no con la sed de sangre que un arma de su calibre debería poseer, sino con un pulso tibio, casi piadoso. Un pulso que a Sesshomaru le asqueaba.
A pocos metros, los demonios menores que habían osado cruzar su camino parpadeaban, sacudiendo la cabeza con una torpeza ridícula. No habían miembros cercenados, no habían gritos de agonía ni el dulce aroma de la sangre derramada impregnando la hierba; sino solo una confusión momentánea que se disipaba con el viento. Y en medio de esa quietud antinatural, Sesshomaru compartía el mismo desconcierto, camuflado bajo una fina capa de desprecio y una frustración sorda que amenazaba con agrietar su gélida compostura.
¿Por qué? La pregunta golpeaba las paredes de su orgullo como un eco eterno. ¿Por qué su padre, el gran general perro, le entregaría un objeto tan flagrantemente inútil? Tenseiga no era un arma; era una burla forjada en metal. Una herencia que parecía gritarle en silencio que su inmenso poder destructivo no era suficiente, o peor aún, que no era de fiar.
¿Acaso su padre se mofaba de él desde el más allá? ¿Acaso, en su infinita condescendencia, jamás lo consideró un digno sucesor de su legado, prefiriendo relegarlo a portar una espada que no podía matar?
La sola idea hacía que sus dedos se apretaran alrededor de la empuñadura hasta que los nudillos se le volvían blancos. El contraste era una herida abierta en su vanidad: mientras él cargaba con el peso de un instrumento de salvación que aborrecía, la Tessaiga permanecía en manos de ese híbrido insignificante. Un ser que ni siquiera merecía llevar el apellido de su estirpe. La espada de Inuyasha resolvería cualquier disputa en un pestañeo, devorando ejércitos y abriendo caminos de destrucción con un solo movimiento. Esa era la verdadera fuerza. Eso era lo que a él, por derecho de nacimiento y pureza de sangre, le correspondía.
¿Qué había de bueno en Inuyasha para recibir tal bendición?
Un ser débil, impulsivo, contaminado por la mortalidad humana.
¿Y qué había de malo en él, el primogénito perfecto, el epítome del poder y la gracia demoníaca?
Sesshomaru detuvo el filo a milímetros del suelo, respirando la pesadez del bosque. Sus ojos dorados se entornaron, fijos en la nada, atrapados en el bucle de una obsesión que consumía sus pensamientos. No importaba cuántas veces blandiera la espada de la vida; en su interior, el vacío de la incomprensión y el peso del rechazo paterno seguían siendo la única verdad irrefutable.