/Había pasado la noche en vela escribiendo decenas de invitaciones a sus más cordiales y cercanos conocidos. No fue hasta que la aurora se vislumbró en la mañana que ella por fin terminó su ardua labor. En cuanto puso su último sello personal, se levantó de su mesita y se aproximó a la puerta, dispuesta a mandar todas aquellas invitaciones que habían sido creadas en la luna más hermosa de todas.

La celebración tendría lugar en la Mansión Ivy, una mansión enorme y vieja que había sido heredada de generación en generación. Pese a no vivir ahí, era un lugar amplio para la llegada de muchos invitados; sabía que sería el más adecuado para la celebración.

La mansión tenía muchos cuartos, un gran comedor, varios baños, una enorme librería repleta de viejos libros, un salón de baile, además de lo indispensable, como la cocina y la sala de estar. No era suficiente con ello: tenía túneles que fueron construidos en una época diferente en caso de alguna guerra; sin embargo, estos yacían escondidos por toda la casa. Cada parte de la mansión tenía un aspecto renacentista, simetría perfecta, columnas grandes de mármol y candelabros en cada cuarto. Los jardines estaban bien cuidados y mantenían un podado geométricamente correcto.

Lo más resaltante de la Mansión Ivy no era otra cosa más que su gran jardín, que se extendía hacia el horizonte. Había una especie de laberinto cubierto de rosas del cual, una vez que entraras, no podías salir. Era un bello lugar, pero había que tener cuidado en cada paso, porque las espinas no perdonaban a aquel que sin cuidado se atravesara por donde estaban ellas.

Fue así que todo quedó casi listo para la celebración del aniversario de bodas. ¿Quién diría que ya habían pasado 10 años juntos? Y así seguirían, hasta que la muerte los separe...

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