•Hace 15 años atrás…•
Stella se encogió en el rincón de su habitación, abrazando sus rodillas contra el pecho mientras las lágrimas resbalaban silenciosamente por sus mejillas. Al otro lado de la puerta, los gritos volvían a llenar la casa. Eran tan fuertes que hacían temblar las paredes, tan habituales que casi parecían parte del mobiliario.
Se tapó los oídos con fuerza, intentando bloquear las voces de su padre insultando a su madre, el ruido seco de algo golpeando contra el suelo y el llanto ahogado que siempre venía después. Aun así, nada conseguía silenciarlo por completo.
La sombra de un hombre se proyectaba detrás del vidrio esmerilado de la puerta. Stella cerró los ojos con fuerza, deseando desaparecer, deseando despertar en cualquier otro lugar. Había aprendido a distinguir cada sonido, cada cambio en el tono de voz, cada señal que anunciaba que la noche volvería a ser larga.
Con apenas unos años, ya sabía lo que era el miedo. No a los monstruos debajo de la cama, sino a los que vivían dentro de las personas que se suponía debían protegerla.
Y mientras el eco de otra discusión resonaba en la casa, Stella se prometió en silencio que algún día escaparía de allí. Que algún día tendría un hogar donde los gritos no existieran, donde nadie tuviera que esconderse detrás de una puerta para sentirse a salvo.