— Entonces... Se supone que así se siente, ¿No, Bru?
Murmura, mirando a la hiena junto a ella, que jadea con las patas delanteras posadas sobre el regazo de la rusa.
Ella da la primera calada y suelta el humo el dirección contraria a donde se encuentra su mascota. Le acaricia la cabeza.
— Somos tú y yo. El día que tú me faltes, me voy a morir. — Dice, con los ojos aguados, pero con la mayor sinceridad que existe en ella. — Eres el único que me quiere a pesar de verme en mis peores momentos. Ni siquiera te importa mi aspecto o cuántas veces al día me pongo de malas... — Murmura.
En su cabeza hay personas, que parecen moverse de un lado a otro como pequeños dibujos animados. Suspira.
— Shiki no, Bruce... Es mi amiga y ya le he hecho demasiado daño atándola a mí de por vida. Tú eres mi caballero de la noche. El día que te vayas a ir con papá Dios, recuéstate en mi regazo. — le acaricia el lomo. El animal echa las orejas hacia atrás, dirigiendo su mirada hacia ella. — Me voy a volar la cabeza de una en cuanto dejes de respirar.
La hiena chilla, y apoya su hocico sobre la pierna de la mujer, en un abrazo silencioso que solo ellos dos entendían.