[Rol Privado con Adan]
Veldora Tempest
La pereza que me da entrenar… pero si no quiero que se repita el cuento de “La tortuga y la liebre” será mejor que me ponga en serio…
- Preparándome en los vestuarios saliendo al rato a la zona de entrenamiento, vi como las exterminadores estaban entrenando unas con otras, algunas pararon al verme mirándome con odio y otras simplemente seguían a lo suyo como no existiera, como si no fuera suficiente llevar la carga de que todo el cielo se fue a la mierda por mi culpa.
Posicionado frente a unos cuantos maniquís de prueba, hice aparecer un bate de béisbol en mi mano inclinando el cuello a ambos lados para crujirlo, en un pestañeo desaparecí del sitio apareciendo detrás de uno de los maniquís, golpeándolo en la cabeza haciendo que esta saliese volando en un home run, en otro instante estaba frente a otro de los maniquís pegándole rápidamente por todas partes de su cuerpo, parecía que habían miles de bates dándole hasta volverlo ceniza, al último maniquí como con el primero aparecí detrás asestándole en la espalda lanzándolo hacia el frente, con eso aparecí en su trayectoria golpeándolo de nuevo y así como si jugase a un partido de tenis conmigo mismo hasta que el maniquí no pudo resistir más rompiéndose en pedazos.
Apoye la punta del bate en el suelo suspire mirando los restos que deje de los tres, alce la mirada hacia las jaulas donde habían bestias con las que entrenaban las exterminadoras y estos se escondieron en el fondo de sus jaulas. -
Tranquilo chicos, no voy a entrenar con vosotros, no soy de los que pegan monstruitos adorables.
- Acercándome a una de las jaulas donde había un cancerbero, me teletransporte dentro frente él y empezar a acariciarle por debajo del mentón a las tres cabezas. -
Siii ¿Quién es un buen chico?, ¿Quién lo es?, Por supuesto que tú grandullón~.
Adán
Apretó los puños, sintiendo de nuevo la asfixia en su corazón, solo de pensar en su pequeño… ese que no era un guerrero (que no débil)l estaba por ahi solo perdido a causa de que durante la batalla estuvo haciendo precisamente para lo qje lo preparó: Salvar vidas.
Mientras Maxi protegía, Abel era quien rescataba, evacuaba y cuidaba. Dos hijos, uno guerrero y otro cuidador, ambos fuertes en sus campos, ambos igual de importantes e irremplazables para él como padre. No podía salir a buscar a Abel, por el miedo a un segundo ataque en el que Podria perder a Maxi. Y desde luego, no iba a dejar que el dolor hundiese a su otro hijo, así que voló hasta la jaula en la que el muchacho se había metido y carraspeó.
—¿Y si entrenas con alguien que podrá defenderse de todos esos golpes? Mocoso.—le preguntó esto último con cariño.
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