La hoja plateada de aquella navaja táctica dibuja una línea - permanente - en la piel de su muslo. Su piel se separa capa por capa al mismo tiempo en que los hilos rojos gorgotean desde el interior.
Así, con la piel erizada por la sensación que aquella herida le provoca, la calma llega. Lame sus dedos, que en algún momento se manchan y para nada intenta ocultar la evidencia de su fechoría. Repite la acción en un pedazo de carne un poco más arriba.
A veces lo hace por el morbo de ver su piel abrirse. A veces lo hace para calmar la ansiedad que la consume, porque descubrió que es la única forma de conseguirlo.
Levanta la navaja, la observa y apenas sonríe al ver las iniciales "A. M." Curioso. Le recuerda aquellos ojos oliva que buscaban los suyos todo el tiempo. Las risas, las promesas, sus hebras castañas enredadas en sus dedos mientras le comía el alma... Aquel servicio del que nunca regresó.
A veces los fantasmas hacen más daño del que deberían. Recordar el pasado no sana. El tiempo no cura las heridas internas, esas que puedes esconder con una simple sonrisa. El pasado y las malas decisiones pesan más de lo que aparentan.
Lo que si limpia con el dorso de su mano son las gruesas lágrimas que caen silenciosas por sus mejillas. De eso sí no debe quedar evidencia.