A veces pienso en ti
cuando encuentro un pincel olvidado
o cuando la tarde se tiñe de colores
que alguna vez quisiste guardar sobre un lienzo.
Recuerdo tus manos,
manchadas de pintura,
dibujando mundos que solo tú podías ver.
Decías que cada color tenía una historia,
y yo quería creer que, entre todas ellas,
había una que hablaba de nosotros.
Pero el tiempo fue borrando tus recuerdos,
uno por uno,
como quien pasa una mano húmeda
sobre una pintura todavía fresca.
Quizá ya no recuerdes mi nombre,
ni aquella canción que escuchábamos,
ni las tardes en las que pintabas mientras yo te miraba en silencio.
Quizá tampoco recuerdes cuánto te quise.
Y, aun así,
me gusta pensar que alguna parte de ti
todavía reconoce ciertos colores.
Tal vez un día tomes un pincel
sin saber por qué,
y dibujes un cielo parecido al de aquella tarde,
una flor que alguna vez me regalaste,
o dos siluetas caminando bajo la misma lluvia.
Y aunque no recuerdes quién fui,
quizá tu corazón recuerde
lo que tu memoria ya no puede contar.
Porque hay amores que se borran de la mente,
pero permanecen escondidos
en los colores que alguna vez aprendimos a amar.