Se me ha instalado una sensación extraña en el estómago y me recuerda a la primera vez que realicé una inserción aerea. Fue hace doce años, una operación en la cordillera del Hindu Kush.

Acabó como todas las que vendrían después, en un baño de sangre.

No es relevante.

No necesito ni cerrar los ojos para revivir el salto por aquella compuerta. La adrenalina. El vacío en el estómago. La pérdida de control al abandonar la seguridad del suelo metálico. El aire frenando mi cuerpo al descender a más de 200 km/h. El tirón seco al abrir el paracaídas.

Ahora recuerdo el salto.

Tengo el mismo vacío. La misma falta de control.

Pero sin la adrenalina.

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