-Llego el momento...

─── † EL PESO DE LA SOLEDAD † ───

La soledad de Kael Draven no era silencio.

Era el crujido de la madera durante la madrugada, cuando el frío se colaba por las rendijas de la cabaña y el fuego agonizaba lentamente. Era el murmullo del lago detrás de los árboles, la respiración distante del bosque y aquella silla vacía frente a la suya que jamás se molestaba en apartar.

Kael había aprendido a vivir solo mucho antes de comprender lo que significaba sentirse solo.

Durante años creyó que ambas cosas eran iguales. Pensaba que la ausencia de voces traía paz; que mantenerse lejos de los demás era la forma más segura de no perderlos. Después de todo, las personas podían convertirse en debilidades, y las debilidades terminaban enterradas bajo una lápida o perseguiéndolo en sueños.

Por eso había elegido el bosque.

Allí nadie le preguntaba por las cicatrices. Nadie intentaba descubrir por qué dormía con un arma al alcance de la mano ni por qué algunas noches despertaba con los puños cerrados y el corazón golpeándole el pecho como si todavía estuviera en combate. Los árboles no exigían explicaciones. El lago no juzgaba la sangre que alguna vez había manchado sus manos.

El bosque simplemente lo aceptaba.

Pero incluso aquel lugar podía ser cruel.

Había noches en las que Kael se sentaba junto al fuego con una botella de whisky entre los dedos y descubría que no tenía a nadie con quien compartir el cansancio. Nadie que pronunciara su nombre sin miedo, respeto o necesidad. Nadie que mirara más allá del mercenario, del berserker, de la criatura que se ocultaba bajo su piel.

Bebía directamente de la botella, aunque sabía que el alcohol no podía borrar nada. Apenas entorpecía los recuerdos lo suficiente para permitirle cerrar los ojos.

Entonces llegaban los rostros.

Personas que había protegido. Personas que no consiguió salvar. Compañeros cuyas voces ya no recordaba con claridad, aunque todavía podía describir exactamente cómo habían muerto.

Kael cargaba cada ausencia como si fuera un arma más: en silencio, sin permitir que nadie notara su peso.

Algunas veces caminaba hasta el lago y se quedaba de pie frente al agua. Su reflejo le devolvía la imagen de un hombre imponente, de hombros anchos y mirada endurecida. Para cualquiera habría parecido invencible.

Él sabía la verdad.

La fuerza servía para levantar cuerpos, romper huesos y sobrevivir guerras. No servía para obligar a alguien a quedarse.

Aquella era una batalla para la que nunca había sido entrenado.

Cuando la luna se elevaba sobre el bosque, el lobo dentro de él se agitaba. No por hambre ni por rabia, sino por una necesidad más antigua: la de pertenecer a algo. Los lobos no estaban hechos para vagar eternamente solos, y quizá los hombres tampoco. Sin embargo, Kael había pasado tanto tiempo construyendo muros que ya no recordaba dónde había dejado la entrada.

Quería compañía, pero desconfiaba de quien se acercaba.

Quería ser comprendido, pero ocultaba todo aquello que podía explicarlo.

Quería que alguien permaneciera a su lado, aunque jamás se atrevía a pedirlo.

Ese era el castigo más cruel de su soledad: una parte de él la detestaba y otra la defendía con los dientes.

Kael observó la luna durante largo rato. Después alzó la botella, bebió un último trago y dejó que el ardor descendiera por su garganta. El viento movió suavemente su cabello negro mientras los sonidos del bosque lo envolvían.

—He sobrevivido a cosas peores —murmuró.

Su voz sonó firme, pero la cabaña no respondió.

Regresó al interior y cerró la puerta. Añadió leña al fuego, dejó la botella sobre la mesa y ocupó su lugar habitual. Frente a él continuaba aquella segunda silla, esperando a alguien que quizá nunca llegaría.

Pudo haberla retirado hacía años.

Nunca lo hizo.

Porque, enterrada bajo el orgullo, la culpa y todas las cicatrices que se negaba a mostrar, todavía permanecía una pequeña esperanza.

La esperanza de que alguna noche alguien encontrara el camino hasta su cabaña, se sentara frente al fuego y decidiera quedarse.

No para salvarlo.

No para domesticar a la bestia.

Solamente para recordarle que hasta un lobo solitario podía volver a tener un hogar.

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