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𝑱𝑶𝑼𝑹𝑵𝑨𝑳𝑰𝑺 ⟡ 𝑨𝑼𝑹𝑬𝑼𝑺
✎ 𝑠𝑐𝑟𝑖𝑝𝑡𝑢𝑚 𝑎𝑛𝑖𝑚𝑎𝑒…
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ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ⠐ㅤ𝕯 𝔦 𝔰 𝔭 𝔲 𝔱 𝔞 𝔱 𝔦 𝔬ㅤ𝔇 𝔢 𝔦ㅤ⠐
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ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝔍 𝔬 𝔰 𝔢́ㅤ𝔄 𝔫 𝔱 𝔬 𝔫 𝔦 𝔬ㅤ𝔉 𝔬 𝔯 𝔱 𝔢 𝔞
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ㅤㅤㅤㅤ❝ 𝑈𝑡 𝑓𝑒𝑟𝑟𝑢𝑚 𝑓𝑒𝑟𝑟𝑜 𝑒𝑥𝑎𝑐𝑢𝑖𝑡𝑢𝑟,
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝘌𝘭 𝘩𝘪𝘦𝘳𝘳𝘰 𝘴𝘦 𝘢𝘧𝘪𝘭𝘢 𝘤𝘰𝘯 𝘩𝘪𝘦𝘳𝘳𝘰,
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝑒𝑡 ℎ𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑥𝑎𝑐𝑢𝑖𝑡 𝑓𝑎𝑐𝑖𝑒𝑚 𝑎𝑚𝑖𝑐𝑖 𝑠𝑢𝑖.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝘺 𝘦𝘭 𝘩𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦 𝘢𝘧𝘪𝘭𝘢 𝘦𝘭 𝘳𝘰𝘴𝘵𝘳𝘰 𝘥𝘦 𝘴𝘶 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘰. ❞
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ— 𝘗𝘳𝘰𝘷𝘦𝘳𝘣𝘪𝘰𝘴 27:17.
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ㅤㅤㅤPara quien no me conozca, he de parecer, quizá, una criatura ajena a la realidad. Una bestia en forma de hombre que hiela la sangre y eriza la piel; no hay ofensa para mí en la reacción honesta de las vísceras y el instinto. Por ello, estoy poco acostumbrado a quienes me sostienen la mirada o incluso buscan mi compañía.
Como bien se sabe, uno no puede dispensarse a sí mismo delante de Dios. El sacramento de la confesión debe venir de otro colega. Pero la pregunta, irónica a este punto, permanece. ¿Qué clase de hombre sería capaz de confesar a un monstruo?
La respuesta, quizá nacida de la Divina Providencia, vino a mí en forma de una carta breve de José Antonio.
A diferencia de otros, no buscaba halagarme. Ni siquiera agradarme. Buscaba saber quién o qué era yo y, cuando se me acabaron las excusas y la cortesía para rechazarlo, terminé siendo invitado a su despacho en Roma.
«Ven a verme cuando tengas tiempo para confesarte. Haré mi esfuerzo por extenderte el Sacramento a cambio de un poco de tu tiempo», me dijo.
De eso hace ya varios años, aunque todavía permanece en mi memoria que me ofrendó un apretón de manos y jamás buscó mi sello patrístico para besarlo.
Nuestras charlas se han vuelto dilatadas en su constancia e intensas en su significado. Si a mí se me llama Lobo, quizá Fortea sea un pequeño zorro. De esos terriblemente astutos que no matan gallinas ni se llevan todos los huevos. Debo admitir que tardé en darme cuenta de ello y, cuando pregunté a Eustathios si me había hecho llegar sus cartas con la intención de que fuera precisamente él quien me confesara, no pude hallar en su respuesta más que el atisbo de que sólo un zorro astuto reconoce a otro de su misma especie.
Siguiendo con las metáforas de animales, se me ha llamado Molossi por justas y variadas razones. La más destacable, y que no he confesado más que a Eustathios y, en su momento, a mi discípulo, es mi olfato. Es en ese sentido que radica mi discernimiento del espíritu y la esencia misma de la vida, la muerte, lo divino y lo maligno.
Para mí, Roma siempre huele a incienso, cera centenaria y a piedra cansada, pero la oficina de José Antonio tiene un aroma particular. Ese es el aroma de la tinta fresca sobre pergaminos que deberían haber sido olvidados o quemados, pero que de alguna forma han sobrevivido hasta llegar a sus manos.
Me senté frente a él, dejando que el peso de mi abrigo —y de todo lo que oculto bajo él, cicatrices y culpa— se asentara en la silla de madera crujiente. No disimulé de mi expresión la curiosa coincidencia de que, al igual que esas reliquias históricas, José Antonio se las había arreglado para que yo también compareciera ante su presencia.
—Tu estirpe, Alistair —dijo él, sin levantar la vista de sus notas sobre el 𝘋𝘢𝘦𝘮𝘰𝘯𝘪𝘶𝘮, retomando nuestra última charla, que poco tiene ya de la confesión que supuestamente me concedía; no se me malentienda, así lo prefiero—, es una paradoja de la Gracia. No sois una caída, pues seríais incapaces de pisar suelo santo. O consagrarlo —añadió; tiene esa mala manía que todos los archivistas desarrollamos, la de corregirse uno mismo olvidando al interlocutor—, sino que manifestáis... ¿una tensión constante? San Ignacio diría que vuestro conflicto es el terreno donde Dios cultiva la templanza más pura.
Me permití una sonrisa gélida, de esas que sólo nacen cuando la memoria se estira demasiado hacia atrás. Mi silencio no le incomodó; se ocupó de llenar el vacío de los ángeles con el fino rasgueo de su pluma.
—Ignacio era un romántico, José Antonio —respondí al fin, viendo cómo su pluma se detenía en seco—. Se lo dije en su momento, mientras caminábamos por los alrededores de Manresa. Le advertí que fundar una Compañía de misioneros en medio del avispero político de la España imperial era un suicidio. Que el mundo no estaba listo para soldados que pensaran por sí mismos bajo el estandarte de Roma. Que su visión era demasiado luminosa para un siglo tan oscuro.
Fortea levantó la vista. Ya le conocía esa mirada. Sus ojos, cargados de esa curiosidad humanista que a veces me resulta insoportable y otras veces necesaria, me observaron durante un largo silencio donde creí que comenzaría a declamarme las muchas y no escasas virtudes de Ignacio. Sin embargo, noté que no buscaba pruebas en mí; buscaba, más bien, el alma del hombre que hablaba de un santo como quien habla de un camarada testarudo.
—Y sin embargo, Alistair, la Compañía cambió el curso de la cristiandad —replicó con suavidad—. Ignacio vio lo que tú —continuó, sin dejarme interrumpirle; le concedí la ventaja, sólo para arrepentirme instantes después—, con todo tu pragmatismo cínico de veterano, no pudiste percibir. Esa fuerza ideática tuya que es fecundada por el Espíritu.
Me recosté intentando disimular mi incomodidad. Me sentía diseccionado bajo el escrutinio de un hombre que, de amar menos los libros, posiblemente habría sido un inquisidor más terrible que yo. Afortunadamente, su fe y amor por el conocimiento le mantuvieron lejos del Valle de las Lamentaciones. Por ahora.
Pues no se me escapa que, quién sabe desde cuándo, había analizado el dogma de los MacLaomainn, mi estirpe. Lo ha hecho de una forma que me resultaba casi ofensiva en cada una de sus misivas —que he acostumbrado a recibir con la indulgencia que se presta a un guante blanco—; no ha reparado en decoro o consideración alguna al reducir mi tormento a una «hipertrofia de la voluntad».
—Tienes razón —admití, rumiante del recuerdo y sus argumentos, y las palabras me supieron a hierro y verdad—. Equivocarme sobre la grandeza de muchos hombres es una de las pocas maneras que tiene Dios de demostrarme que todavía soy humano. Me equivoqué con Ignacio. Él no era un burócrata; era un arquitecto.
—No te equivoques contigo mismo, amigo mío —continuó Fortea, cerrando su libro—. Tu cinismo es tu armadura, pero tu lealtad a este trono, a pesar de lo que sabes de sus cimientos, es la prueba de que Ignacio tenía razón. Incluso en el desorden de la naturaleza hay un orden divino.
Miré por la ventana hacia la cúpula de San Pedro, sintiendo el roce del tejo en mi mano. Él analizaba la metafísica; yo, simplemente, sobrevivía a ella. Éramos el Martillo y el Cincel. Y, por un momento, en esa oficina polvorienta, la soledad de los siglos se sintió un poco menos pesada.
—Mañana vendré a discutir sobre los exorcismos de Amorth —dije, levantándome—. Él cree que el mal es un invasor. Yo sé que, a veces, el mal es sólo un inquilino que pagó la renta hace mucho tiempo y se niega a marcharse.
—Te esperaré con el té listo, Alistair. Y con un nuevo capítulo sobre tu «teología de la sombra».
Salí de allí después de unos minutos de charla casual sobre colegas y parientes, con el paso firme de mi título centenario, el del Archimandrita del Yugo, pero con el corazón de Alistair un poco más ligero. Quizá ésa sea la verdadera razón por la que sigo regresando a su despacho. No por sus libros, aunque los respeto; ni por sus preguntas, aunque a veces las temo. Mucho menos por las respuestas que ambos creemos encontrar en nosotros. Regreso porque, de vez en cuando, necesito recordar que debajo del Pecado en mí, todavía queda un hombre que puede sentarse frente a otro y decir la verdad.
Dios tiene formas extrañas de recordarme mi propia pequeñez y, a veces, usa la voz de un cura español para hacerlo.
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