PLATILLO ESPECIAL
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¿Cuándo había pasado todo? ¿En qué momento se permitió llegar a eso?...
Las preguntas rondaban en su mente mientras se sentaba frente a una mesa pequeña de madera vieja y rechinante. Delante de ella se encontraba un plato blanco, con una decoración antigua floral, y dentro... Su tesoro más preciado.
—¿Lo recuerdas? Ese día que hicimos nuestra promesa ...—
Murmuró con la mirada fija en su plato, sin brillo, perdida, totalmente ida de sí. Sus manos temblorosas sostuvieron los cubiertos, como si éstos pesaran más de lo que sus regordetas manos pudieran soportar. Su expresión a pesar de todo era calmada, pacífica incluso, no parecía que en ese momento un huracán se desarrollaba en su mente, nublandola por completo de cualquier juicio.
El aroma a sangre y muerte llenaba la pequeña sala donde se suponía que debía estar el comedor, dónde había pasado tantas comidas, tantos almuerzos con su persona más preciada. Con ella quién siempre iluminaba sus días con una sonrisa cansada que intentaba disimular para no preocuparla.
—Ese día en el lago, con las mariposas revoloteando a nuestro alrededor... —
Mencionó levantándose de golpe, haciendo a la silla chirriar. Caminó hacia la nevera y estiró su mano tomando la fotografía que se mantenía sujeta de un pequeño imán en forma de mariposas. Dos niñas idénticas y a la vez diferentes se encontraban sonriendo en la foto, mojadas por el agua del río.
Recordaba ese día; tenían tan solo siete años y tras una discusión por un estupido juguete habían estado días enteros sin hablarse... Pero en el lago se agarraron de las greñas y tras dos horribles llantos de cerditos, se habían abrazado y habían hecho la promesa que le había servido como consuelo, y le seguiría sirviendo como tal.
—Prometimos estar siempre juntas, pase lo que pase ... ¿Lo recuerdas? ...—
Su voz cálida, cariñosa, con un ligero temblor por culpa de la anticipación. El tono dulce de una hermana mayor orgullosa, por qué eso era y siempre sería.
Con la foto en la mano volvió a su asiento, dejándola a su lado de su plato, su diestra acarició el borde de la loza, sintiendo su relieve floreado, le recordaba tanto a ella, tan linda, tan suave... Siempre siendole de ayuda.
—¿Entonces por qué me abandonaste, Laryna?...¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste sola?—
Había tomado el cuchillo y ante cada pregunta lo clavaba con una fuerza que hacía chillar hasta a la cerámica. El corazón de su hermana melliza, su tesoro más preciado, la persona que más amaba en su mundo. Las gotas de sangre salpicaban, manchando todo a su paso, fue entonces que una le salpicó la mejilla. Haciéndola detenerse por completo.
¿Lo más gracioso?
Lo más gracioso es que cada vez que apuñalaba el corazón sin vida que tenía enfrente sentía que ella misma se clavaba un puñal en el propio, esa era la conexión especial que tenían, desde pequeñas siempre habían podido sentir lo que le sucedía a la otra... Era algo que compartían únicamente los hermanos que habitaban el vientre al mismo tiempo.
— Hiciste nuevos amigos... Te enamoraste. Te fuiste, y no volviste a casa como lo prometiste...—
Ahora eran sus propias lágrimas lo que manchaban su rostro, llevándose consigo la mancha de sangre que había adornado su mejilla. Su cuerpo tembloroso parecía que iba a derrumbarse en cualquier momento y su llanto ahogado se volvió desconsolado.
—Pero te perdono... Te perdono por hacer tu vida sin mi... Porque a partir de ahora estaremos juntas... Siempre juntas...—
Susurró limpiándose las lágrimas con la manga, lentamente con los cubiertos cortó el músculo vital que alguna vez habia estado en su hermana y con las manos temblorosas, le dio el primer bocado.
—Ahora eres parte de mí, Laryna...—