Las noches sin dormir y la garganta envenenada por el sabor de su propia sangre no eran nada nuevo. Shiki escupió sangre hacia el suelo de asfalto roto, limpiándose el labio partido con el dorso de la mano. Frente a ella se extendía el callejón oscuro de una ciudad que solo sabía ofrecer el frío de sus esquinas, pero esta vez el dolor físico era incapaz de sofocar la tormenta que le hervía en las entrañas. Un tipo en el suelo, la cara desfigurada, ensagrentado...manchando el suelo con su propio liquido.

Estaba harta. Harta de la piedad barata, de los juicios silenciosos y de la expectativa ajena que pretendía arrastrarla hacia la nada. Durante años la trataron como una causa perdida, un desecho sin nombre condenado a arrastrarse en la sombra. Se equivocaban. Si pensaban que haberla visto tocar fondo la quebraría para siempre, no entendían absolutamente nada. Aquellos que celebraron su caída iban a maldecir el instante preciso en que le permitieron tocar ese nuevo abismo, ese infierno que solamente le hizo comprender...algo.

Porque ella no era el reflejo de nadie. No era la sombra de ningún concepto, de ningún linaje ni de ningún pasado ajeno.

El dolor y la rabia acumulados bajo sus costillas no eran una debilidad; eran el combustible de una presión de dolor, se comprimía y amenazaba con estallar como un agujero negro capaz de devorarlo todo. Cerró los puños ensangrentados y la piel le ardió por la tensión, golpeo el suelo con la derecha, sus nudillos sangraban...no le importaba. Dejo que la rabia consumiera los restos de lo que solía ser en aquel momento.

Si el resto del mundo pretendía cerrarle las salidas y bloquear las puertas para verla caer, que lo intentaran. No iba a gritar otra vez. La miseria y el odio la habían moldeado; las heridas de la edad y sus experiencias la habían construido. Iba a arrastrar al mundo con sus garras, demostrando que ya no estaba dispuesta a hacerse la muerta ante nadie.

Porque de algo estaba segura, se canso de ser la niña buena.

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