—Atención, señores pasajeros, les informamos que el vuelo 1377 con destino a Seúl está próximo a aterrizar. Se estima horario de llegada a las 19:30 horas. Solicitamos que se mantengan en sus asientos, con el cinturón de seguridad puesto, aguardando instrucciones de los tripulantes de cabina. ¡Gracias!
Su mirada se alzó casi de manera automática, intentando buscar aquel parlante que proyectaba la voz del piloto. Suspiró, volviendo la vista a las páginas sobre su regazo, de ese libro que “leía” desde que inició el viaje, —pero al que, inevitablemente, ni siquiera prestó atención cuando todo lo que podía pensar era en su aterrizaje—, volver a Seúl jamás estuvo en sus planes.
¿Cuánto había pasado desde la última vez que decidió estar en su ciudad natal? ¿Cinco, seis años? Probablemente sería más, si no fuera porque el condenado de Dominic Frei.
El teléfono sonó en medio de la madrugada, sobresaltándolo entre gruñidos y maldiciones que parecían querer destruir ese aparatoso ruido.
Extendió su mano para buscar a ciegas en medio de la oscuridad el teléfono, atendiendo:
—¿𝑄𝑢𝑖𝑒́𝑛 ℎ𝑎𝑏𝑙𝑎? —𝑠𝑒 𝑞𝑢𝑒𝑗𝑜́, 𝑎 𝑜𝑗𝑜𝑠 𝑐𝑒𝑟𝑟𝑎𝑑𝑜𝑠.
—𝑀𝑖 𝑣𝑖𝑒𝑗𝑜 𝑎𝑚𝑖𝑔𝑜, ¿𝑎𝑙 𝑓𝑖𝑛 𝑡𝑒 𝑑𝑖𝑔𝑛𝑎𝑠 𝑎 𝑟𝑒𝑠𝑝𝑜𝑛𝑑𝑒𝑟𝑚𝑒?
𝑃𝑜𝑑𝑖́𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑐ℎ𝑎𝑟 𝑒𝑙 𝑡𝑜𝑛𝑜 𝑠𝑜𝑐𝑎𝑟𝑟𝑜́𝑛, 𝑦 𝑡𝑜𝑑𝑜 𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑝𝑢𝑑𝑜 𝑝𝑒𝑛𝑠𝑎𝑟 𝑓𝑢𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑟𝑎 𝑢𝑛 𝑑𝑒𝑠𝑔𝑟𝑎𝑐𝑖𝑎𝑑𝑜.
—¿𝑀𝑒 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒𝑠 𝑑𝑒𝑐𝑖𝑟 𝑞𝑢𝑒́ 𝑐𝑎𝑟𝑎𝑗𝑜𝑠 ℎ𝑎𝑐𝑒𝑠 𝑙𝑙𝑎𝑚𝑎́𝑛𝑑𝑜𝑚𝑒 𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎 ℎ𝑜𝑟𝑎? 𝑆𝑜𝑛 𝑙𝑎𝑠 𝑑𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑚𝑎𝑑𝑟𝑢𝑔𝑎𝑑𝑎.
— 𝑃𝑢𝑒𝑠 𝑙𝑜 𝑙𝑎𝑚𝑒𝑛𝑡𝑜, 𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑝𝑜𝑟 𝑒𝑠𝑡𝑜𝑠 𝑙𝑎𝑑𝑜𝑠 𝑎𝑝𝑒𝑛𝑎𝑠 𝑠𝑜𝑛 𝑙𝑎𝑠 𝑠𝑖𝑒𝑡𝑒 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑡𝑎𝑟𝑑𝑒.
La risa de Dom le inundó los oídos, y aunque Ji-hyun deseaba mandarlo al diablo, ciertamente extrañaba a su buen amigo.
Últimamente la vida parecía volverse más dura en Berlín. Dom lo sabía, sabía que resultaba una fecha difícil para Ji-hyun, aún si intentaba ocultarlo, es por eso que buscaba mantenerse regularmente en contacto con él, aún cuando éste intentaba poner una barrera entre ambos.
La distancia física no sólo era algo que los separó, por bastante tiempo era el silencio de Ji-hyun el que creaba un abismo en medio de ellos, y aunque Baek lo sabía no lo admitiría.
Cuando Dominic le anunció que renovaría sus votos matrimoniales el siguiente mes, casi se vio en la obligación de aceptar ser su testigo.
—𝑇𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑜𝑦 𝑑𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑡𝑖𝑒𝑚𝑝𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑝𝑖𝑑𝑎𝑠 𝑡𝑢𝑠 𝑣𝑎𝑐𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑑𝑒 𝑢𝑛𝑎 𝑣𝑒𝑧. ¿𝐶𝑜́𝑚𝑜 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒 𝑣𝑖𝑣𝑖𝑟 𝑐𝑖𝑛𝑐𝑜 𝑎𝑛̃𝑜𝑠 𝑠𝑖𝑛 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑎𝑛𝑠𝑎𝑟? 𝐸𝑠𝑡𝑎́𝑠 𝑑𝑒𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒.
Y tenía razón. Ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que descansó.
El frío de la noche de Seúl le pegó contra el rostro, y aunque Berlín le resultaba tan atractivo, debía reconocer que las noches de primavera en Corea continuaban siendo sus favoritas.
—Buenas noches, señor, ¿dónde va?
—A Dokseodang-ro, distrito Yongsan, por favor.
El viaje hasta su antiguo departamento fue silencioso, al menos por su parte. Todo lo que podía hacer era pasear su vista por los imponentes edificios, divagando perdido entre ellos y esas luces resplandecientes que le iluminaban el rostro cada vez que podían. Se sentía extraño, y no supo identificar la razón concreta, ni siquiera cuando bajó del taxi y frente a él estaba ese mismo edificio que alguna vez llamó su hogar.
El portero del edificio lo saludó, tal y como si jamás se hubiera marchado de ahí.
—Señor Baek, es un verdadero gusto verlo otra vez. Déjeme ayudarlo a llevar eso.
Ji-hyun lo saludó amablemente, asintiendo, mientras le brindaba su maleta para cargarla hasta el ascensor. Cuando la puerta se abrió otra vez en el quinto piso, el portero lo acompañó hasta el ala B, puerta 8, donde se despidió no sin antes devolverle la llave electrónica que guardó durante ese tiempo.
—Todo se encuentra tal y como lo ha dejado, señor —anunció antes de marcharse.
Y sólo tras abrir la puerta comprobó que, efectivamente, nada había cambiado ahí dentro. Dio un paso en el interior, su vista paseó detenidamente por cada rincón; sí, los muebles, las fotografías, cada cosa en la cocina e incluso en el estudio se encontraba “tal y como lo dejó”.
Todo, excepto él.
Él no se sentía igual ahí.
Desanudó su corbata, jalando hacia abajo para aflojarla, y antes de que siquiera pudiera sentarse un momento sobre el sofá de dos cuerpos, su teléfono volvió a vibrar. Era Dom. Suspiró.
—¿𝘋𝘰́𝘯𝘥-
—Hombre, ¿podrías dejarme al menos sentarme dos míseros minutos? Acabo de llegar.
—𝘌𝘴𝘤𝘶𝘤𝘩𝘢, 𝘺𝘢 𝘵𝘦𝘯𝘥𝘳𝘢́𝘴 𝘵𝘪𝘦𝘮𝘱𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘦𝘴𝘰, 𝘢𝘩𝘰𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘯, 𝘮𝘪 𝘦𝘴𝘱𝘰𝘴𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢́ 𝘱𝘳𝘦𝘨𝘶𝘯𝘵𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘤𝘶𝘢́𝘯𝘥𝘰 𝘷𝘦𝘯𝘥𝘳𝘢́𝘴, 𝘦𝘴𝘵𝘶𝘷𝘰 𝘩𝘰𝘳𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘤𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘭𝘢 𝘤𝘦𝘯𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘳𝘦𝘤𝘪𝘣𝘪𝘳𝘵𝘦. 𝘝𝘦𝘯 𝘳𝘢́𝘱𝘪𝘥𝘰, 𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘰𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳𝘢𝘴 𝘷𝘦𝘳𝘭𝘢 𝘩𝘦𝘤𝘩𝘢 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘪𝘦𝘳𝘢.
—¡𝘖𝘪́ 𝘦𝘴𝘰! —del otro lado escuchó cómo Alina le regañaba.
Ji-hyun soltó una risa. “Ese par sigue igual” pensó.
—Estaré allá en 20 minutos.
Colgó la llamada y suspiró, sonriendo levemente.
Regresar a Seúl tal vez no fue mala idea.
Quizás, que algunas cosas no cambien, no significaba que estaba mal.
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Introducción.
Primavera del 2022.