Siento el peso en la suspensión cuando ella se coloca detrás de mí. Es ligera, pero eso es algo que ya sé; la he manipulado con mis propias manos alguna que otra vez. Sé lo poco que pesa.

Giro un poco el acelerador. El motor responde.

—Agárrate.

Levanto el caballete, suelto el embrague y dejamos atrás la acera con la suavidad suficiente para no llamar la atención. Durante los primeros metros conduzco despacio. Esta vieja bestia puede ponerse de 0 a 100 en 3 segundos, pero sé que le gusta que la dejen trabajar.

Nos incorporamos al tráfico y dejo que los demás hagan lo que quieran a nuestro alrededor. Un taxi cambia de carril sin avisar. Un todoterreno ocupa dos espacios. Un imbécil decide que el intermitente está de adorno.

Los dejo pasar.

No tengo ninguna intención de competir con ellos. Llevo la mejor compañía que podía desear agarrada a mi cintura, con su mejilla entre mis omoplatos, reconfortándome con su calor y su cercanía.

Le doy gas al salir de una avenida y la R1 responde como si no tuviera veintitantos años de veteranía. El sonido me atraviesa el pecho y durante unos segundos sólo existe eso: el motor, el aire golpeándome la camiseta y las luces pasando a ambos lados.

Miro de reojo el retrovisor para buscar su cara. Sólo alcanzo a distinguir parte de su rostro en mi hombro, con sus ojos azules abiertos mirando la ciudad. Luego la carretera. Después vuelve a mí.

Nos sonreímos.

Dos cómplices dejando todo atrás para estar juntos.

A lomos de una R1 del color de sus ojos.

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