#amnesia02
#apofenia
♤Las flores que no debía cultivar.♤
A los quince años, Vesper descubrió que podía amar.
Y aquello fue, quizá, el primer error verdaderamente suyo.
Hasta entonces había aprendido que el afecto tenía condiciones, que una caricia podía convertirse en una amenaza, que una palabra amable podía ser simplemente el preludio de algo que dolería más. Su padre le había enseñado que el cariño era una debilidad, pero Vesper había decidido no creerle, al menos no a más temprana edad...
Hasta que apareció aquella persona.
Se encontraron lejos de los ojos de su familia, en aquellos pequeños espacios que Vesper comenzaba a robarle al mundo, allí podía dejar de ser el heredero de los Dyand.
Podía reír, esperar un mensaje, sentir miedo de perder a alguien e imaginar que alguien lo elegiría por quien era y no por aquello que podía hacer, fue hermoso y por eso dolió tanto...
Aquella persona no tardó en descubrir lo que Vesper podía ofrecer: su inteligencia, su obediencia, su apellido, sus secretos y su capacidad para resolver problemas. Pero, sobre todo, explotó aquella necesidad desesperada de ser querido.
Las exigencias comenzaron disfrazadas de afecto: Haz esto por mí. No se lo cuentes a nadie. Eres el único en quien confío. Si realmente me quisieras...
Y Vesper obedecía...
Porque a los quince años todavía no sabía que ser necesario no significaba ser amado.
Hasta que dejó de serlo, una tarde comprendió que todo había sido una transacción.
Él había entregado cada pedazo de su alma y la otra persona simplemente había cobrado. Sin culpa, sin remordimiento, ignorando los sollozos de Vesper cuando la verdad lo desgarro por dentro.
○Y he estado esperando el atardecer
Esperando una disculpa
Pero nunca lo sientes, ¿verdad?
No, ni siquiera te importa
¿Cómo puedes quedarte ahí y simplemente mirar? ○
Su primer rechazo no vino acompañado de palabras suaves, sino de un silencio helado que hizo a Vesper arrastrarse, pidiendo una explicación entre lágrimas, devorado por la humillación de rogar por migajas de una calidez que jamás existió.
Entonces sintió la primera flor. Un dolor agudo brotó detrás del esternón, tosió una vez, dos, y a la tercera, un pétalo cayó sobre su mano: perfecto, manchado de sangre.
○Mientras me rompo todos los huesos intentando mantenerte cerca...
Me arranco el corazón directamente del cuerpo...
Me desgarro la piel solo para dejarte entrar.○
La enfermedad avanzó con una crueldad silenciosa, las flores crecieron dentro de él, alimentándose de aquello que no podía decir, cada rechazo producía otra; cada desprecio lo hacía colapsar en el suelo de su habitación, ahogándose en llanto, abrazándose a sí mismo mientras suplica en un susurro desesperado a la nada que esa persona volviera a mirarlo.
○Me tienes de rodillas, ¿acaso tienes piedad?
¿Cada vez que me lastimas, cariño?
Dime, ¿no te he dado lo suficiente?○
Y Vesper seguía regresando...
Sabía que estaba siendo utilizado, pero prefería la asfixia de ser una herramienta a la nada absoluta.
Sangramos para aprender, nos rompemos para construir...
Hasta que una madrugada terminó arrodillado frente al lavabo, incapaz de respirar, tosió hasta expulsar un puñado de pétalos empapados en carmesí, se ahogaba... El pánico lo paralizó mientras la sangre caía sobre la porcelana.
Detrás de él apareció su padre, no preguntó qué había ocurrido. Solo observó los pétalos y después a su hijo moribundo.
—Te advertí que sentir era una imperfección.
Vesper levantó la mirada, con los ojos anegados en lágrimas, el rostro pálido y los labios manchados de rojo. La imagen de la vulnerabilidad absoluta.
—No puedo sacarlas...
sollozó Vesper, quebrándose por completo, agarrando la túnica de su padre con dedos temblorosos.
—Por favor... me duele. ¡Papá, por favor, ayúdame! ¡Haz que pare! ¡Ruego por piedad!
El padre tomó uno de los pétalos entre los dedos. Lo examinó como si fuera una pieza defectuosa, observando la desesperación del muchacho no con lástima, sino con cálculo.
—Sí puedo.
respondió con una sonrisa fría.
-Puedo perfeccionarte.
La ética es solo una regla para los débiles...
Aquella noche Vesper fue llevado a una habitación privada, luces blancas, manos enguantadas, instrumentos de metal helado.
No hubo palabras de consuelo ni un abrazo que contuviera su llanto aterrado, solo una orden sencilla:
No te muevas.
○Déjame ir
Te dejaré ir si
Tú me dejas ir
Déjame ir...○
La cirugía comenzó sin anestesia para el alma.
Su padre no pretendía salvarlo; pretendía extirpar la capacidad misma de quebrarse.
Las raíces fueron arrancadas una por una, profundas, enredadas alrededor de los pulmones, adheridas a la garganta, cada extracción era un tormento físico y mental.
Vesper gritó hasta quedarse sin voz, retorciéndose mientras sentía cómo le arrancaban cada recuerdo: la primera sonrisa, la primera espera, la ilusión de ser amado, y la devastadora memoria de ver a esa persona darle la espalda mientras él le lloraba de rodillas.
○ Si alguna vez me amaste déjame ir...○
El dolor era tan masivo que el propio Vesper comprendió la lección en medio de las convulsiones: al ser querido no le había importado destrozarlo, y a su padre tampoco le importaba su agonía; solo le importaba el resultado, y Vesperse rogo a sí mismo soltar su humanidad...
Estaba completamente solo. Ninguno de los dos había visto a un ser humano; solo vieron un objeto que moldear o desechar.
Cuando sacaron la última raíz, una flor entera ensangrentada cayó sobre la bandeja metálica. Vesper dejó escapar un gemido ahogado, el último rastro de su infancia muriendo en esa mesa.
—Ahora sí .
dijo su padre, apartando la bandeja.
—¿Estoy... curado?
susurró Vesper, con la mirada perdida en el techo.
—No, estás corregido.
El padre se inclinó hacia el muchacho desgarrado.
—Nunca volverás a padecer esto, el amor es una vulnerabilidad absoluta.
Fue la primera mentira que Vesper aceptó. Era cierto que nunca volvió a padecerlo, pero tampoco volvió a sentirlo.
La operación no dejó secuelas físicas, pero destruyó el tejido de su empatía. El muchacho que se incorporó de la mesa seguía teniendo quince años, pero los ojos estaban muertos.
Miró la sangre en sus manos y no sintió nada. La tristeza torrencial, la angustia del rechazo y el deseo de compasión se evaporaron, dejando en su lugar un vacío helado y analítico...
—¿Por qué me ayudaste?
preguntó Vesper, con una voz que carecía de cualquier matiz emocional.
Su padre lo miró sin rodeos.
—Porque no pienso permitir que nadie vuelva a utilizarte. Si alguien va a utilizarte, seré yo.
Silencio...
Vesper no se alteró. Comprendió con una claridad matemática la naturaleza de su existencia. No lo había salvado por amor; lo había reclamado como propiedad.
Había visto a su hijo desangrarse y aprovechó la grieta para crear una criatura invulnerable, capaz de deconstruir las emociones ajenas como simples datos, insensible al dolor, incapaz de volver a ser víctima. Vesper se llevó una mano a la garganta.
Ya no había flores...
Tampoco había llanto...
Se había perdido a sí mismo en el proceso, entregando su humanidad a dos verdugos: uno que lo usó por placer y otro que lo mutiló por poder. Y mientras contemplaba las manchas de sangre en el suelo, Vesper entendió la verdadera tragedia: su padre no le había devuelto la vida, solo le había enseñado a convertir el trauma en una herramienta, asegurándose de que jamás volviera a amar... pero garantizando que jamás volviera a ser destruido.