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Óceane Side
𝑨𝒚.ᐟ 𝒎𝒊 𝑴𝒆́𝒙𝒊𝒄𝒐
𝐌𝐞́𝐱𝐢𝐜𝐨 ( 𝟐𝟎𝟐𝟔 )
( . . . )
Las manos cuidadosamente enguantadas de Fernando acariciaban los vértices de la herida; era profunda; podía ver las capas de la piel de la mayor, de unos diez centímetros de largo aproximadamente. Frunció los labios por debajo del cubrebocas. ¿Hace cuántos días no le hacían curación?
—Molestia enorme, vale. Voy a meter la gasa para limpiar su herida; duele mucho. Una disculpa.
Fernando recitó el mismo discurso que llevaba doce meses diciendo, cada mañana al puncionar a un paciente, al colocar una sonda, al hacer cualquier procedimiento médico que lo involucrara; había una calma sólida en su voz, como si estuviera seguro de lo que hacía y sí, tal vez lo estaba.
—Nunca me meten la gasa, solo me limpian por encima.
Escuchó la voz rota de la mujer cuando introdujo la gasa, limpiando el tejido con cuidado mas no con suavidad; suspiró. La herida estaba purulenta en los bordes; de nada serviría la fibrina creada si había infección.
Sus movimientos eran robóticos, automáticos. Limpió la herida en silencio, colocó sulfadiazina en la herida, la recubrió por dentro y la cubrió con una gasa estéril antes de juntar el resto de material usado y retirarse los guantes para botarlo todo a la basura.
No había insumos en el centro de salud, y lo poco que había debían administrarlo bien. En el hospital tampoco había un carajo. Los familiares salían a comprar los medicamentos, las suturas, los materiales de curación; todo.
Esa era la medicina basada en existencias, lo que le había tocado a Fernando.
Suspiró otra vez. Ya había perdido la cuenta del número de suspiros.
La citó para el día siguiente; debía revisar esa herida y hacerle curación, porque en el hospital tampoco le hacían gran caso a doña Elena. Haría lo posible.
La mayor sacó de su bolsa de mandado un mazapán de los grandes. Lo dejó en las manos de Fernando y le pellizcó la mejilla. Fernando sonrió cuando ella ya no estaba en el consultorio. Zamboada era frío, tenía poco tacto y era demasiado brusco; eso decían todos, y en algún punto, él también se lo creía.
Los murmullos y los rumores eran pólvora en el mundo hospitalario, y si era sincero, estaba cansado.
La narrativa era diferente a lo que la gente decía. El prejuicio estaba instaurado y esas ideas eran difíciles de borrar, excepto en la clínica; lejos del hospital, lejos de cualquier persona que lo conociera. Donde podía empezar de nuevo.
Abrió el mazapán con cuidado.
Olfateó el cacahuate y estuvo por darle una mordida a la integridad de este; odiaba que se hicieran pedacitos de mazapán. Entonces la voz de Dante resonó en la entrada del lugar; Fernando gruñó, seguro alguna tontería.
⸺¡Fernando!
Gritó Dante con desespero.
El joven médico apenas se levantó de la silla. Iba a golpearlo con el estetoscopio si era alguna de las suyas; entonces, escuchó un alarido y el llanto desesperado de alguien más.
El corazón se le agitó a Fernando y salió rápido a la entrada. Entonces lo vio.
Era mayor que Dante y que él. De unos cuarenta años.
Tenía la piel amoratada, la sangre escurriendo por su labio, la nariz estaba casi rota; lo veía a distancia. Dos hombres que asumió trabajaban con Dante lo ayudaban a caminar; tenía el maquillaje corrido y el vestido desgarrado de algunas partes.
⸺𝑁𝑜 𝑚𝑎𝑚𝑒𝑠, 𝐹𝑒𝑟𝑛𝑎𝑛𝑑𝑜. 𝑆𝑒 𝑙𝑜 𝑚𝑎𝑑𝑟𝑒𝑎𝑟𝑜𝑛.⸺ Murmuró Dante, recalcando lo obvio.
—Cállate, cabrón, pásalo. Hay que revisarlo. —Mientras lo llevaban al consultorio prácticamente cargando, Fernando observó al hombre desde atrás, las heridas profundas de este, los restos de sangre en su cuerpo, los hematomas frescos, su estado de consciencia; todo.
Aquello lo conmovió.
Lo hizo sentir incómodo.
No por el hombre frente a él, más bien por la situación en México.
( . . . )
Tras unas horas, finalmente se retiraron, excepto Dante. El maldito se quedó a colmarle la paciencia a Fernando. Sin embargo, ambos estaban callados, sentados sobre una banca fuera de la clínica; Dante fumaba, Fernando barajeaba sus cartas de bolsillo.
Y ninguno se atrevía a ver al otro.
Hasta que Dante habló finalmente.
—Conozco a Estrella desde morrillo. Me cuidaba cuando mamá salía a chambear, aseaba la casa y me ayudaba con las tareas. —Murmuró el mayor. —Le ayudaba a mamá a preparar tortillas. La conocí cuando todavía era Joaquín; el pueblo nunca la quiso, por eso chambea en lo que chambea en la ciudad.
Fernando guardó silencio. Finalmente, detuvo el barajeo.
—Pinche gente, cabrón. —Azotó la baraja entre los dos; Dante dejó de fumar entonces.⸺Poquito más y no sé qué hubiera pasado. ¿Viste las heridas que traía? —Fernando negó con el estómago revuelto. —La ciudad no es menos indeseable que este lugar. Está peor allá. Conocí a una Estrella en el hospital, de hecho.
Dante le dirigió la mirada al escucharlo, pero permaneció en silencio escuchándolo.
—Se llamaba Melissa, bueno, así le gustaba que le dijeran. Nunca lo hizo oficial. Tenía enfermedad renal; su familia la abandonó cuando se enteraron de su transición.
El mayor dio otra calada a su cigarro.
—¿Qué le pasó?⸺ Cuestionó Dante.
—Falleció en mi guardia. Tuvo una tromboembolia pulmonar. La vi morir; dijeron que si nadie la reclamaba, iba a ir a la fosa común. —Murmuró bajito con la voz entrecortada. Dante lo miró a los ojos antes de desviar la mirada.
—¿En qué hospital anduviste, Fercho?
Fer sonrió. Había visto mucho, sabía mucho; había hecho mucho en todo el año.
También había perdido mucho, pero de eso casi no hablaba.
—Le dicen el infierno. Es un lugar muy jodido, lleno de gente miserable. La decadencia médica está ahí dentro.
Exclamó con suavidad, riéndose él mismo de su propio chiste. A Dante no le hizo gracia.
Fer apretó los labios y desvió la mirada.
—Ya va siendo hora de cerrar la clínica.⸺ Exclamó con suavidad.
—¿Te vas la otra semana, no?
El médico asintió.
—Me regreso a la Ciudad de México. Me voy al servicio. Ojalá llegue alguien bueno al pueblo; la gente necesita buena atención. Les estoy dejando a mis embarazaditas y a mis crónicos actualizados y en control. Espero que no hagan un desmadre.
Dante lo miró a los ojos un segundo y apresuradamente se metió el cigarro a la boca sin atreverse a decir nada; Fernando agradeció en silencio, pues no estaba listo para escucharlo hablar.
Había sido un año agotador.
Y ahora venía un año aún más agotador, luchando con un sistema de salud pobre y denigrante, donde lo único que tenía era su conocimiento y la fe de la gente que quería sanarse.
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