Ryden añadido nuevas fotos a
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ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝐈. 𝐋𝐔𝐃𝐈𝐂𝐈𝐔𝐌 𝐒𝐀𝐓𝐀𝐍𝐀𝐄.
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— ¿𝑵𝒐 𝒔𝒐𝒚 𝒅𝒊𝒈𝒏𝒐, 𝑷𝒂𝒅𝒓𝒆?

La superficie de obsidiana, gélida como un cadáver recién ungido, le quema las rótulas a través de la túnica negra, y un silencio sepulcral se abate sobre la estancia tras sus súplicas, dando la impresión de que el vacío mismo ha aprendido a contener el aliento.

Permanece inmóvil sobre sus rodillas, clavado en una postura de sumisión absoluta mientras el aire a su alrededor se vuelve denso, espeso como un líquido invisible que oprime sus pulmones, y un dejo penetrante de azufre se cuela en sus fosas nasales arrastrándose hacia su garganta como un vil recordatorio; la anatema que lo marca es irrevocable, un sello ardiente sobre su piel que ni la devoción ni el dolor podrían redimir.

Su interior guarda una súplica muda, que como hiedra venenosa se enrosca en sus entrañas. Cada espira lo ciñe desde dentro, y al interior de su estómago se abre un pozo cavernoso donde todo valor y toda certeza se fragmentan en cristales afilados bajo una presión invisible; la angustia que lo atraviesa con la crudeza de un juicio inapelable; el de saberse insuficiente ante la mirada de quien él llama Padre, de aquel a quien ha entregado, sin reservas, la totalidad de su existencia.

Lo sofoca la vastedad del templo; un abismo arquitectónico cuyos muros —imposibles de precisar su altitud— se diluyen en una negrura insondable, tan profunda que parece absorber incluso el eco de sus propios pensamientos. Sólo un brillo escarlata, tenue, rompe la oscuridad; emana del trono erigido en el centro, una estructura colosal que se extiende a partir de la misma condensación del abismo.

Ryden alza la cabeza con un temblor involuntario, arrastrado por un amalgama imposible de devoción y terror hacia la entidad que se yergue sobre él.

Sus ojos, esforzándose contra la penumbra, son incapaces de delinear contorno alguno; no hay rostro, no hay silueta, no hay forma que su mente pueda reclamar como tangible. Y, sin embargo, lo reconoce. Sabe, a ciencia cierta, que es aquel ser al que incontables veces ha invocado, ante el cual ha ofrecido sacrificios y plegarias con la esperanza ferviente de honrarlo.

Entonces, la voz llegó; no proviene de aquel trono, sino desde lo más profundo de su cráneo, resonando como un eco arcaico que no pertenece al tiempo ni al lenguaje humano. Una letanía subterránea que parece resurgir desde la raíz misma de su conciencia, como si siempre hubiere estado allí, aguardando el momento exacto para pronunciarse.

— Te elegí, Ryden.

La voz se derrama en su mente, serena y punzante.

— Te di la ilusión de la fuerza, la sombra de mi poder. ¿Y qué me has traído? Polvo. Residuos.

Un silencio denso antecede al juicio y, de pronto, las palabras caen como cenizas, ensombreciéndolo todo a su paso.

— Tus círculos de sal se rompen, tus cálices están manchados no con sangre, sino con duda. Tus seguidores son mendigos con túnicas, no portadores del abismo, no almas forjadas en mi oscuridad. Los has engañado a ellos y te has engañado a ti mismo.

Sus manos tiemblan contra la obsidiana, incapaces de sostener el peso de su propia existencia, mientras un escalofrío se desliza por su espina dorsal.

— ¿𝑵𝒐 𝒔𝒐𝒚 𝒅𝒊𝒈𝒏𝒐, 𝑷𝒂𝒅𝒓𝒆?

Se cuestiona, repitiéndoselo como una sinfonía acibarada.

Su mirada se nubla ante la certeza implacable de su propio fracaso, de ser apenas un vacío tembloroso e insignificante bajo la inmensidad de aquella entidad que lo despoja incluso de la ilusión de valía.

La presencia se revela, y ante Ryden se alza su propio reflejo; una versión distorsionada de sí mismo, coronada de espinas que se hunden en su frente ensangrentada, en tanto sus manos muestran marcas ancestrales, laceraciones que sugieren haber sido atravesadas por un destino cruel.

En sus ojos, Lucifer se deja ver.

— No quería tu poder, Ryden. Quería tu corazón. Lo has quemado, lo has vendido, y ni siquiera el fuego te ha querido.

Cada sílaba es una daga que penetra en su conciencia, arrancándole la ferviente devoción que, hasta entonces, habría jurado inalterable.

— Eres inútil. Insuficiente.

Comenzó a caer. Su ropa se disuelve en sombras, su piel se disgrega como humo, su memoria se fragmenta y se evapora en el aire denso del abismo oscuro, y mientras desciende, no hay suelo que lo sostenga, ni sonido, ni calor, ni nada de lo antaño conocido; sólo el vacío inagotable que lo reclama a perpetuidad.

Lo último que percibió fue el rostro sereno y decepcionado de su reflejo, observándolo descender desde lo alto.

La nada lo envolvió, y con ella, el olvido.

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𝙱𝚛𝚒𝚜𝚝𝚘𝚕, 𝙸𝚗𝚐𝚕𝚊𝚝𝚎𝚛𝚛𝚊. 𝟻:𝟸𝟽 𝚊. 𝚖.

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Ryden se despierta de un sobresalto; su frente está perlada con una fina capa de sudor y su pulso está acelerado.

La madrugada se extiende silenciosa y helada, y es esa misma quietud infernal la que torna imposible permanecer en cama.

Tras unos minutos observando un punto ciego en el techo, se incorpora y se sienta al borde del colchón, sacudiéndose de la sensación de vacío y fracaso que aún lo atormenta.

Con el corazón todavía palpitando embravecido y la visión de su caída repitiéndose en su mente, comienza a vestirse, preparándose para la reunión de Ordo Umbrae.

La secta aguarda, y aunque la noche lo haya marcado, Ryden debe responder.
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Septiembre Amarillo - Tu Vida Importa
? Septiembre Amarillo: Tu vida importa. No estás solo, siempre hay esperanza.