—Gran Maestro.
Llamó el joven, desde el suelo y sobre el muslo del contrario, con voz tranquila, casi traviesa.
Sabía qué estaba provocando en ese pobre hombre. Sabía la tortura que era abstenerse a tomar acción, el deber comportarse por estar en horario comprometido. Lo sabía, y eso le daba más razones para actuar de ese modo.
¡Ah! ¡Qué gratificante era ver el ceño fruncido en su rostro! Sus labios apretados en señal de contención, pensando con cuidado qué decir. ¿Le iba a decir que se detuviera, o que continuara? ¿Qué hará el gran Caballero de Boreas?
Sus dígitos enguantados apenas rozaron la entrepierna frente a él. Rápido, casi imperceptible, pero lo suficiente para ser sentido.
—¿No quería que fuera más obediente? Entonces, dígame: ¿Qué debo hacer?