[Escrito #1]

La mañana en la herrería empezaba siempre igual: el fuelle, las brasas despertando de a poco, el calor subiendo hasta que el metal empezaba a comportarse y volverse más fácil de manejar. Marzón ya llevaba un rato con las manos ocupadas cuando la campana de la puerta sonó. Una de las pequeñas concesiones que le había otorgado a su hermano mayor, Olric en colocar en su sitio de trabajo.

—¡Buenos días, Marzón! —Reina entró con un fardo de tela envuelto bajo el brazo, sonriendo como siempre parecía hacerlo, incluso a esas horas—. Traje los cuchillos de la posada. Ya casi no cortan ni el pan, así que imagínate cómo estarán con la carne.

—Déjame ver. —Se limpió las manos en el delantal y desenvolvió el fardo sobre el mostrador. Cinco cuchillos, todos con el filo desgastado, uno con una mella cerca de la punta—. Este de aquí está inútil. Los demás se pueden salvar.

—Sabía que dirías eso. Confío en ti para estas cosas, ¿sabes? —Reina se apoyó en el mostrador, sin apuro por irse—. ¿Cuánto tardarías?

—Dame la tarde. Si quieres, te aviso cuando estén listos, así no tienes que venir a cada rato.

—Perfecto. Ah, y si te sobra tiempo... no sé si podrías afilar también el cuchillo de cocina de mamá, el que usa para las verduras. Sé que es pedir mucho...

—No es pedir mucho. Tráelo la próxima vez. —Marzón ya estaba acomodando los cuchillos sobre la mesa de trabajo, ordenándolos de peor a mejor estado—. Es rápido si los traes juntos.

—Eres el mejor, en serio. —Reina se despidió con una sonrisa y salió, dejando la campana sonando tras ella.

Marzón se quedó solo con el trabajo por delante. Tomó el primer cuchillo —el más gastado, después del que estaba para desechar— y lo sostuvo contra la luz de la ventana, entrecerrando los ojos para ver bien el estado del filo. Encendió la piedra de afilar y empezó, con movimientos calculados, sin apuro pero sin desperdiciar tiempo tampoco. El sonido metálico y rítmico llenó la herrería: raspar, girar, revisar el filo con el pulgar —con cuidado—, volver a raspar.

El único sonido en el interior. Olric había salido y no volvería hasta más tarde por lo que durante la madrugada, sólo era él en la herrería.

Uno a uno fueron cayendo en la pila de "terminados". Para cuando llevaba el tercero, ya tenía el ritmo que apenas necesitaba pensar; la mente se le iba a otra parte, a la lista de encargos pendientes, al hierro que le faltaba pedir, a si debía revisar el fuelle antes de que se le rompiera en mitad de una fundición.

La campana sonó de nuevo. Marzón no levantó la vista de inmediato —asumió que sería otro vecino— pero el silencio que siguió, sin ningún saludo, hizo que sus manos se detuvieran solas.

—Ah. Eres tú.

Levantó la vista apenas un segundo antes de volver al cuchillo que tenía entre manos, como si de pronto necesitara concentrarse mucho más de lo normal en algo que ya dominaba de sobra.

—¿Qué se te ofrece? —La voz le salió más cortante de lo que pretendía—. Si es un encargo, dilo. Si no, tengo trabajo que terminar.

El ceño se le frunció de manera inconsciente. Signo de concentración, queriendo eliminar por completo la presencia de la otra persona que ahora se encontraba frente a su espacio de trabajo.

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