─ 𝐏𝐮𝐞𝐝𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐨𝐲 𝐭𝐮𝐲𝐨
𝑞𝑢𝑒 𝑡𝑒 𝑝𝑒𝑟𝑡𝑒𝑛𝑒𝑧𝑐𝑜
Su recuerdo me atormenta en cuanto abandona la cama, cuando las sábanas pierden su calidez. Entonces la veo detrás de mis párpados; la expresión de placer en su rostro resulta imposible de ignorar. Sus caderas me llaman hasta apresarme en su interior y se mueven como olas, arrastrándome cada vez más profundo.
El calor crece en mi abdomen y se extiende por cada una de mis extremidades con un estremecimiento de placer que me hace impulsar la cadera por mero instinto, buscándola. Aprieto la mano alrededor de mi erección, el único consuelo que encuentro ante su ausencia. Katy, Katy, Katy...
Su aroma permanece intacto entre mis sábanas, el recuerdo de su cuerpo estremeciéndose debajo del mío está grabado a fuego en mi memoria. Y el movimiento se vuelve más rápido, más intenso, incapaz de detenerme.
Cada latido le pertenece. Me envuelve en su interior y me despierta. Me arranca de la realidad solo para sumirme en la semi inconsciencia, me siento hundir entre las sábanas mientras jadeo e inclino la cabeza hacía atrás.
Es cuestión de segundos para que mis dedos se cierren en torno a mi garganta. Mis párpados, incapaces de abrirse, permanecen cerrados, deleitándose de la forma en la que sus labios húmedos se entreabren y de ellos escapan gemidos agudos que hacen perder la cordura a cualquier hombre que tenga la fortuna de escucharla, como una sirena trayendo a su presa, arrastrándolos a la locura con cada movimiento de su cadera.
Un gemido ronco y bajo vibra en mi pecho pero se pierde en el silencio de la habitación, y por un instante todo desaparece. El placer me golpea, se extiende a través de mi piel hasta dejarme exhausto.