En la familia Dyand existían reglas que ningún miembro osaba olvidar.
Un verdadero Alfa jamás alzaba la voz.
Un verdadero Alfa no sucumbía a la vulgaridad de las emociones.
Un verdadero Alfa no desobedecía al patriarca ni traicionaba el apellido.
Y, por encima de todo: un Dyand jamás debía convertirse en el paciente de nadie.
Durante generaciones, la dinastía Dyand había cimentado su prestigio sobre una disciplina tan impecable como macabra. Psicólogos, psiquiatras e investigadores de la conducta humana, no estudiaban la psique por compasión, sino por sed de dominio. Cada avance clínico, cada secreto del cerebro, se transformaba en un arma refinada que transmitían a sus descendientes, moldeando jóvenes Alfas puros de una fortaleza mental y una elegancia aterradoramente peligrosas.
De esa estirpe venía Vesper.
En él, la doctrina familiar no se traducía en la rigidez de un soldado, sino en el arte del engaño absoluto. Vesper era brillante, magnético y dueño de un carisma fluido que desarmaba a cualquiera; su amabilidad parecía sincera y su sentido del humor, casi entrañable. Tenía el don de hacer sentir a los demás en confianza, de ser el centro cálido de cualquier habitación.
Pero debajo de su sonrisa impecable y sus maneras educadas, no había calidez. Había cálculo.
Vesper no necesitaba alzar la voz para dominar ni mostrar las garras para infundir temor; su juego era mucho más refinado. Sonreía mientras medía las grietas emocionales de los demás, encantaba mientras trazaba su siguiente movimiento y utilizaba su carisma deslumbrante como la seda que oculta un bisturí. Era el heredero perfecto del linaje Dyand: un monstruo cubierto de gracia, tan peligroso por lo que ocultaba como por la facilidad con la que hacía que todos se enamoraran de su fachada.